Somos raros. No nos entendemos ni a nosotros mismos. Nos vamos a dormir de un modo y amanecemos de otro. La mujer nacional institucionalizó el no cuando quiere decir sí. Los hombres vivimos reclamando de la esposa que elegimos aunque siga siendo una diosa. Cuando nos va mal decimos que estamos fenómeno y cuando nos va bien alejamos a los amigos con nuestras quejas. Según nosotros mismos somos muy racionales pero seguimos creyendo en la tormenta de Santa Rosa los 30 de agosto. Volvemos del exterior hablando loas porque viajamos en un tren bala, pero aquí le queremos meter balas a los que hablan de un tren rápido. Nuestros políticos gritan en sus plataformas electorales que los argentinos podemos, pero intentando ganar en las urnas contratan asesores ecuatorianos, brasileños, americanos y uruguayos. Y a la hora de votarlos parecemos decir “porque te odio te voto”.
Aquí se suicida Favaloro y se resucita a los Shocklender. Maradona y Messi no suman dos, sino que dividen a 40 millones. No es casual que tengamos el más alto índice de psicólogos per cápita. La histeria es el pan nuestro de cada día y la esquizofrenia una gripe mental y crónica que nos dura todo el año. Nos unen la desunión y las crisis extremas. Y nos separa el éxito, propio o ajeno. No somos simplemente raros, somos muy raros…
Si fuera por el discurso del entorno que me rodea cuando estoy en Argentina, juro que Cristina no alcanzaría el 1,5% mínimo necesario para competir en octubre. Después, en las Primarias, cosecha un demoledor 50%. Con Julio H. Grondona pasa lo mismo. Grondona es Cristina en el fútbol y en pantalones. O Cristina es Grondona de polleras en el país. Uno habla con dirigentes de clubes o los escucha y lee en entrevistas en los medios y cree que ‘El Padrino’ vive sus últimos dias en la AFA. Que nadie más lo va a votar. Da hasta pena tanta orfandad… Después gana con un solo voto en contra, el del candidato opositor, como le sucedió al ex árbitro Teodoro Nitti en la última elección. Y esto no es nuevo, ya era así en los ochenta, se prolongó a los noventa “porque ganó el Mundial del ‘86”, según se justificaban sus electores; pero ya estamos una década adentro del siglo XXI y el hombre sigue allí, en el sillón más envidiado y codiciado por todos los hombres de la Argentina. ¿O a usted no le gustaría presidir la AFA? Armar los torneos, decidir la cantidad de descensos, cuántos clasifican para la Libertadores y elegir el DT de la selección es el sueño de todos, pero es placer de pocos. En realidad de uno sólo: el que todos dicen odiar y el que todos aman votar…
¿Por qué no hacemos lo que decimos? Un sociólogo amigo me explica que “frente a tantas opciones y tantos discursos -como siempre hay en el menú nacional- no sólo no hacemos lo que decimos sino que, si nos consultaran una semana más tarde, diríamos otra cosa, distinta a la que dijimos antes y diferente de la que finalmente haremos”. Ya un psicólogo conocido me da vuelta la pregunta, como es lacaniano invierte la cuestión para revalorizar ‘el decir’ por sobre ‘el hacer’: ¿Por qué no decimos lo que hacemos? Y llega a la conclusión que “en ‘el decir’ expresamos deseo, mientras que en ‘el hacer’ manifestamos necesidad”. Según él, uno casi nunca hace lo que le gustaría o quiere.
Por último (necesitaba la voz femenina) una psicóloga de confianza me explica la tercera posición: “Creo que a estas preguntas habría que agregarle ¿por qué no hacemos lo que sentimos? La mayoría de las veces estas tres variables no coinciden, básicamente porque se produce un conflicto que ejemplifico: ‘si hacemos lo que decimos o decimos lo que hacemos, una parte de nuestro sentir va a estar satisfecha, pero la otra parte, que quizás siente otra cosa como ser miedo, inseguridad, culpa, etc., no nos permite manejarnos con coherencia”.
Resumiendo: para el sociólogo las muchas opciones nos tornan indecisos (funcionamos apenas para detonar a los encuestadores). Para el psicólogo somos prisioneros de nuestras urgencias; aunque sepamos que hay algo mejor a largo plazo, necesitamos resolver el ahora. Entonces, no hacemos lo que queremos sino ‘lo que debemos’. Ya la psicóloga, como ‘Jack el descuartizador’, nos divide en partes e incluye el ‘sentir’ que se debate entre ‘decir’ y ‘hacer’. Entiendo que los argentinos, entonces, somos varios a la vez y como todo lo que es mucho terminamos siendo nada. Traduciendo esto a nombres propios los argentinos no queremos ni a Grondona ni a Cristina, pero los elegimos porque ‘son lo mejor que tenemos a mano’. Aquí sirve aquello de “más vale pájaro en mano que cien volando”. Suena lógico, por lo menos para intentar entender nuestra incoherencia que mucho confunde a los observadores foráneos y que a tantos errores ya nos condujo.
Risas de octubre. Son las que voy a regalarme cuando Cristina y Grondona ganen, despiadadamente, ante sus inexpresivos rivales y ante el espanto (inclusive) de quienes los votaron. Además de reír, también me alegraré porque -sinceramente- hoy para esta AFA, no hay nadie mejor que Grondona; ni nadie mejor que Cristina, al menos entre los que aparecen en las carteleras opositoras, para la Argentina actual -que no es la histórica ni la romanceada que creemos fue-.
Los adversarios de Grondona no tienen el apoyo de sus pares y por algo no lo consiguen. Vila, por poseer medios de comunicación no puede presidir la AFA, ni siquiera hay que discutir otros méritos. Está out. ¡Sólo falta que la presida Magneto! Gobiernos y Medios son una de las peores aleaciones para cualquier órgano democrático. Y a Gámez (por referirme a los dos auto-pre-candidatos más expuestos), su pasado lo condena. Los otros presidentes de clubes saben que fue jefe de la barra de Vélez y todos sabemos que en Liniers el único que hizo algo distinto fue Amalfitani sesenta años atrás. Después, sus continuadores -es cierto- tuvieron el mérito de no destrozar lo que don Pepe había iniciado, pero no inventaron nada nuevo, más allá de tener la fortuna de encontrar dos DTs (Giúdice y Bianchi) que los transformaron deportivamente, en momentos claves, convirtiendo a Vélez en un club -también- ganador; fuerte en lo social lo fue siempre. Pero eso es todo y no hay mucho más.
El único columnista deportivo (¿deportivo?) que uno no puede dejar de leer nunca, Hugo Asch, escribió la semana pasada a propósito de Grondona: “Señores, una vez más, el viejo alquimista convirtió el defecto en virtud. Armó una realidad paralela, como Alex con su mamá. Acá tampoco se cayó ningún muro. Al contrario. El negocio se amplió y ahora ofrece dos torneos federales, con elenco renovado y emoción garantizada. Genial. De paso, Don Julio se dio el lujo de felicitar a su ultra enemigo Daniel Vila, por su audacia en permitir el acceso de público “neutral” en Mendoza. Glup. Es inútil. Tarde o temprano, tenga hambre o no, el tipo te engulle, con papas”. Todo dicho.
Los adversarios de Cristina no corren ni vuelan. El único que podría sustituirla y tal vez hacerlo mejor, es Alberto Rodriguez Saá. El archi-gobernador de San Luis. Sinceramente lo que hizo en su provincia es cosa de suizos y si le erro es de suecos. Pero la gente no lo conoce. No sabe quién es y muuuuucho menos qué hizo. Este es un país de gente que lee los diarios pero vive desinformada. Los argentinos sabemos quien estuvo en el caño de Tinelli pero no quien nos va a mandar a vivir a los caños. Macri pudo haber sido bueno para la AFA. Hoy ya no. Duhalde perdió el bondi. Ricardo Alfonsín parece más hijo de De la Rúa que de su papá Raúl y Carrió sólo le sirve a los medios para tener buenos títulos todos los días. El resto toca de oído.
Hice un pequeño ejercicio para ver cuáles eran las chances de victoria de Rodriguez Saá. No hace falta ser encuestador profesional para ciertas prácticas. Compré un mapa de la República Argentina con división política y, en un shopping de Pilar, le pedí a 27 personas -de todas las edades y sexos- que ubiquen la provincia de San Luis. Sólo nueve la localizaron correctamente, dos lo hicieron en segunda tentativa y otra por descarte: después de, primero, ubicar a Córdoba y a Mendoza. Sólo una de ellas tenía cierta noción de su gestión, que “hizo algo bueno para la gente con internet”. Así El Alberto no puede ganar. Por otro lado un tipo que sólo tiene novias famosas muy bien de la azotea no debe andar. Eso es lo que hay.
Todos trabajan para Grondona y para Cristina. Ninguno de los dos representa el ideal, quiero dejarlo claro, especialmente por cuestiones de continuismo que nunca es saludable, pero -pruebas al canto- surgen como las mejores opciones que ofrecen las crujientes estanterías de este supermercado desabastecido, llamado Argentina, y por eso son y serán los elegidos. Si queremos un país sin Cristina y una AFA sin Grondona habrá que esforzarse para encontrar contendientes (mínimamente) a la altura. Pero no creo que esto ocurra porque, como dije antes, somos muy raros. Tan raros que no queremos dejar de serlo. Pues, si un día acertamos, estaremos sepultando nuestro deporte favorito: quejarnos, avanzar un casillero y retroceder dos, reclamar, mudar las reglas del juego, aniquilar al ganador, endiosar al perdedor, amar a los que aparecen en la tele, descalificar a los que no aparecen y desandar nuestros propios pasos. Los argentinos somos eso, aunque eso nos muestre como auténticos idiotas. Sí, somos muy raros.
(*) Director asociado, Diario Perfil/primera época.






























