martes 09 de junio del 2026

El bien, el mal y la guerrita de Caruso

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“Una gran parte de la información que se obtiene en la gue­rra resulta contradictoria, otra parte más grande es falsa, y la mayor parte es, con mucho, un tanto dudosa.” Carl von Clausewitz (1780-1831), De su manuscrito “De la guerra”, editado en 1832 por su viuda.

Manejar el silencio es un arte sutil que pocos dominan. Por eso hacer radio es más difícil de lo que muchos creen. Hugo Guerrero Marthineitz, por ejemplo, era un maestro manejando esos incómodos espacios vacíos, territorio minado para cualquier principiante. El silencio es clave en la música y en el discurso humano, que es pura melodía, tonalidad. Los hay románticos, comprensivos, cobardes, distantes, cómplices, reflexivos, tensos, gélidos, piadosos, agresivos. Pueden ser un signo de profunda sabiduría o de patética ignorancia. El silencio puede decir mucho, o absolutamente nada.

Cuando una persona pública elige callar después de haber hablado demasiado provoca en los demás –lo busque o no– una expectativa, cierta curiosidad. Todos querrán saber cuándo y cómo romperá su mutismo. Y qué dirá.

Caruso Lombardi se llamó a un prudente silencio después de su curioso duelo contra Fabián García, la tarde en la que descubrimos su talento para el retroceso, su astucia para confundir al rival con su parloteo –así fue que Alí destrozó la autoestima de Foreman– y su asombroso gancho zurdo estilo abanico, un golpe al que podríamos bautizar “todo para mí”, el más original desde el bolo punch de Kid Gavilán, en los cincuenta.

Hizo bien.

Pero no podía durar. Era obvio. Está en su naturaleza; como en la del escorpión que igual picó, en medio del río, al cocodrilo que había aceptado llevarlo hasta la otra orilla. Y habló nomás, después de enterarse de que Buffarini no jugaría contra Tigre. Lo hizo a su estilo, sin defraudar a nadie. Ni a los que lo celebran ni a quienes lo detestan.

Como un predicador, definió el partido como una lucha entre el bien y el mal, con él del lado de los buenos, como John Wayne. Gracias a Messi y Ecuador, la cosa se enfrió bastante durante la semana, pero volverá a recalentarse hoy, no lo duden. “Para mí ahora será una guerra entre el bien y el mal. Pero a mis jugadores estas suciedades los van a fortalecer. En la vida todo vuelve. Y los que le están haciendo el mal a San Lorenzo lo van a pagar”, profetizó en C5N. Amén.

No es difícil interpretar a Caruso. Al contrario. Suele ser brutalmente directo en sus acusaciones al voleo: que éste es marica, que aquél toma falopa, que los que lo acusan de coimero o de serruchar pisos hablan por envidia… No es la sutileza una de sus mayores virtudes. Pero esta vez, prudente, eligió ser elíptico sólo para disimular, mal, lo que piensa: que a Tigre lo benefician gracias a la influencia de Sergio Massa, su intendente, ex jefe de Gabinete de Cristina, ex Ucedé en sus años juveniles –igual que Aimée– y “esperanza blanca” del peronismo no kirchnerista.

Es notable la fe que Caruso le debe tener al cuñado del Pato Galmarini, aquel ex funcionario de Menem. No me refiero sólo a su futuro político –al menos en su zona siempre le fue muy bien– sino a su asombrosa capacidad de lobby para salvar un equipo que hace unos meses parecía liquidado. Si es verdad lo que sugiere –con Caruso nunca se sabe: cuando se enoja dice “lo primero que me viene a la cabeza”–, esto probaría la total imparcialidad del kirchnerismo sobre estas cuestiones deportivas; cierta indiferencia... o una insólita impericia si alguien pretendiera beneficiar a los clubes de sus máximas autoridades.

Desde que son poder y pese al fanatismo de Néstor y Máximo, Racing no sólo no ganó nada sino que más de una vez estuvo al borde del descenso. Algo que sí le pasó a Gimnasia, el club de Ofelia, la madre de la Presidenta, y a Quilmes, hoy presidido por Aníbal Fernández.

Señores: en la AFA no les dan bola o –¡horror!– esta gente es mufa.

Quizá la profecía de Caruso no se refiera sólo a la política, sino que involucre también el poder del dinero, que en esta recta final corre como el agua del río de Heráclito, el que siempre está, pero nunca es el mismo. Incentivación, sobornos; en fin: una corruptela que jamás sucedió ni volverá a suceder. Tigre no será Montecarlo, pero también tiene su casino y tal vez maneje más cash que el club del pobre Abdo, que todavía pena por su chanchito roto y los 33 millones que vaya a saber cuándo podrá recuperar.

¡Realidad? ¿Fantasía infantil? ¿Pura estupidez? Esto es fútbol, muchachos. Relax.

Arbitrará Pablo Lunati, el gran actor que se perdió el neorrealismo italiano, que ya avisó que manejará el partido hablando mucho. Wow. Será un show gestual imperdible, un gran aporte al espectáculo. Tigre, lo demuestra la tabla, es más equipo y además juega de local. San Lorenzo no tendrá a Buffarini, su Beckham, y jugará con un plantel tenso, desunido. Tan favorito parece Tigre que bien podría ganar San Lorenzo, fácil. Suele pasar. O quizá no suceda ni una cosa, ni la otra.

Porque Vietnam se convertirá en Disneylandia si les conviene empatar. Es que ambos saldrán a jugar con la enorme ventaja de conocer los resultados de sus rivales directos, Banfield y Rafaela. Una amabilidad de la AFA.

En partidos como éstos, dos más dos nunca suman cuatro, compatriotas. Y en la vida, menos. Por eso son tan dramáticos estos choques a todo o nada, donde lo que está en juego es la supervivencia. Ojalá sean dignos, todos… y no lo arruinen los de siempre.

Seguiré paso a paso esta épica lucha. Y cuando todo acabe brindaré por el que caiga, sólo para imaginarlo de regreso, pronto, con más fuerza todavía.

Me conmueven estas batallas apasionantes, trágicas, heroicas. Las prefiero mil veces a la pompa del título, el brillo de las copas, el banal orgullo de llegar primero y ser uno más en la comparsa.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil