La última vez que un británico ganó Wimbledon vestía pantalones largos. Fred Perry, la raqueta más importante que gestó Gran Bretaña, se imponía al alemán Gottfried Von Cramm en el court central del All England. Corría el año 1936. Ni el británico más pesimista imaginó aquel día que esa sería la última postal de uno de los suyos mostrando con orgullo el trofeo del tradicional torneo. Su torneo, el que se juega en las entrañas de su isla y que hace 76 años le resulta esquivo. Aunque evite sostener sobre sus hombros toneladas de presión por expectativas ajenas, Andy Murray sabe que el peso de la historia estará presente mañana en la final que jugará ante Roger Federer.
La falta de glorias locales en Wimbledon congestionó la ansiedad de gran cantidad de ingleses, que acumulan los gritos de victoria por un singlista propio desde mucho antes que comenzara la era abierta. Murray, el hombre que puede romper semejante racha negativa, genera en ellos una reacción particular: su grado de “britanicidad” se mide según los resultados que obtenga. Si hay que ostentarlo, es británico. En cambio si pierde, se lo menciona como escocés. La expectativa es tan grande porque la corona quede en casa que incluso existe un andymurrayometer.com, una página en internet para medir cuán británico es el escocés. Es simple: se lo vota británico o se lo vota escocés. Hoy, con el logro de ser el primero en la isla en meterse en la final luego de 72 años -el último que disputó el partido decisivo fue Bunny Austin en el 38- “Andy Murray es 97% británico”, sentencia el sitio.
Dos retos distintos. El encuentro de mañana en el court central del All England no será uno más en la carrera de ninguno de los protagonistas: mientras el suizo buscará recuperar el primer puesto del ranking y alcanzar a Pete Sampras en el récord de siete títulos en Wimbledon, Murray intentará, además de darle un título a Gran Bretaña, coronarse por primera vez en un Grand Slam. Los “grandes” son una gran deuda interna del número cuatro del mundo. De las tres finales que jugó no logró arañar ni siquiera un solo set: perdió dos veces contra Federer -en el US Open 2008 y Australia 2010- y una contra Djokovic -Australia 2011-. “Será uno de los partidos más grandes de mi vida”, anticipó después de ganarle a Jo-Wilfred Tsonga. “Necesitaré la ayuda de todos el domingo, porque es un gran reto ganarle a Roger en la final de un Slam, en Wimbledon. Espero que todo el público me respalde”.
El más duro rival. Murray sabe que es muy complicado batir a Federer, mucho más sobre césped. Sin embargo, también sabe lo que es ganarle al reloj suizo y confía. Se siente más maduro, preparado y con mayor fortaleza mental que en el pasado. En el historia, el británico corre con ventaja: de las 15 veces que se enfrentaron, le ganó ocho. Sin embargo, nada se compara con un torneo a cinco sets, menos aún para los que creen que Andy nació en una época equivocada y que siempre será opacado por los tres primeros del ranking mundial. El joven tenista no comparte esa idea, y pese a que sabe que compite con los dos mejores jugadores de la historia del tenis, convierte la desventaja en desafío. “La gente me compadece porque me tocó jugar en esta era pero creo que me ha hecho un mejor jugador, porque cada año la vara se levanta. Es como ser el Real Madrid o el Manchester United detrás del Barcelona. Tal vez los equipos que vienen en segundo lugar no serán recordados pero ¿qué pueden hacer más que poner todo su empeño?”, explicó Andy en una entrevista que concedió en 2011 al diario inglés Daily Mail.
Déficit local. Que Murray imante en su metro noventa todas las expectativas locales responde también a la falta de tenistas con esa bandera en el circuito. Es más, entre el joven que nació hace 25 años en la pequeña ciudad escocesa de Dunblane y el siguiente británico en el escalafón de la ATP hay 169 lugares. El londinense James Ward recién aparece en el puesto 173. En la charla con el periodista del Daily Mail, Andy retomó sus comienzos para analizar por qué su tierra no es fecunda en tenistas y contó que todas las competencias que disputó de chico se jugaban a por lo menos seis horas de distancia de su casa porque en Escocia no había ni torneos ni jugadores. “Eso es muy inusual en el tenis, tener a alguien que viene de un lugar sin pedigrí”, graficó.
Sin estructura en su país, Murray emigró a España a los 15 años, donde pudo ver cómo a todos los jugadores, mejores o peores, se le enseñaba con la misma técnica y dedicación, a diferencia de lo que sucede en Gran Bretaña, donde todos se entrenan de forma diferente y ante la falta de resultados aparece el pánico y el cambio de dirección. “No hay confianza en nuestra técnica, no se aferra a una idea, a una identidad, ni a una coherencia a la hora de enseñar por lo que, naturalmente, no hay un estilo británico”, reconoció. “No somos como España, no tenemos seis tipos en el Top 30, y uno nota eso cuando hay una multitud de jugadores españoles o franceses y vos estás solo sentado en un rincón”. El solitario camino de Andy al puesto número cuatro y su lugar entre los Cuatro Fantásticos, entonces, se refleja con mérito doble.
Murray se sacude la presión de los hombros con delicadeza y esquiva la responsabilidad que buscan endilgarle al señalarlo como el hombre que va romper con la desgracia que silenció al tenis local durante 76 años. El shock de emoción que causó en Londres la posibilidad de añadir a la lista a un nuevo héroe deportivo obnubiló incluso a algunos extranjeros. Tan fue el caso de un periodista italiano quien quizá con la intención de dimensionar el logro disparó una pregunta llamativa ayer en la conferencia de prensa post-partido. “¿Creés que Fred Perry tiene buenas posibilidades de que no se lo vuelva a mencionar el año próximo? ¿Creés que el domingo a la noche bendecirá tu victoria?“. “¡Pero si no está vivo!”, respondió Murray, el hombre que el domingo tendrá la posibilidad de detener ese obsesivo reloj que cuenta años, meses, días, horas, minutos y segundos debajo de la pregunta crucial: ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que un británico ganó los singles masculinos de Wimbledon?
(*) Redactora de 442.









Escocia es parte de Gran Bretaña. Y Gran Bretaña es parte del Reino Unido.