“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis
esperanzas. Y entonces dijo
el pájaro: ‘Nunca más’.”
Edgar Allan Poe (1809-1849); de su poema “El cuervo” (1845)
Pensé que San Lorenzo no había descendido. Me equivoqué yo, se equivocan los diarios, los documentos de la AFA y el fixture del nuevo Apertura 2012. San Lorenzo descendió, y muchísimo más que sólo una categoría.
Thelma y Louise no frenaron su descapotable y aceleraron a mil, con la trompa apuntando al abismo. El descenso hubiese sido una tristeza enorme, un problema de ingresos importante, seguro, pero también un nuevo desafío, una necesidad de revancha, de gesta heroica como la protagonizada en 1983. Nada, si lo comparamos con el insólito y vergonzoso sainete que hoy vive el club.
Seis candidatos a presidente se presentaron el 12 de diciembre de 2010. Seis proyectos. Había para elegir, parece, y la gente eligió a Abdo, empresario exitoso y buen tipo que, me cuentan, ni idea tenía de dónde se metía. Se notó enseguida. Salió, sin helicóptero, pero igual que De la Rúa. Se lo recordará por su pelo platinado, su bronceado, sus dichosos 33 millones y lo poco que le duró su propia lista: a los nueve meses, un parto: le renunciaron Carlos Datria y su gente, el secretario, el prosecretario, el protesorero y un vocal. Un récord.
El resto huyó esta semana, en lo que la historia recordará como “la noche del jarrazo de Pombo”. Rubén Pombo, asambleísta por el oficialismo, ya había gozado las mieles de una fama fugaz después de haber increpado cara a cara y con dureza a Papu Gómez, después de un indecoroso 0-3 contra Independiente, para reprocharle ciertos gestos “irrespetuosos” hacia la tribuna que ardía en insultos.
La crisis, freudianamente hablando, la provocó la muerte del padre. Marcelo Tinelli, el gran salvador, decidió –con más que comprensible prudencia– no ser candidato ni meterse en la política del club. Y ahí nomás explotó todo.
Pombo, a lo Tejero en el 23-F español de 1981, interrumpió la reunión de Comisión Directiva, le arrancó de las manos el micrófono al vice Jorge Aldrey al grito de “¡Dejá de mentirle a la gente, hijo de remilputas!” y después, teatralmente, señaló a cada uno de los que integraban la mesa. Los trató, en el mejor de los casos, de “traidores” y “mentirosos”. Después volcó la jarra de agua y les exigió la renuncia, a todos. “¡Y si no se van ya mismo, acá se pudre todo, eh!”.
Se pudrió todo nomás, aun con renuncias orales, escritas y juradas con los deditos en cruz con tal de que les permitieran salir sanos y salvos. Hoy Pombo se muestra algo arrepentido por las formas de su “Putsch de la Jarra”, pero no por su contenido. Se autodefine como “la voz del hincha”, indignado por la ineptitud de quienes ellos mismo votaron. “¡Chorros! ¡Corruptos! ¡Putos…!”. Ningún clásico de tribuna faltó aquella noche. Tampoco el “¡Que se vayan todosssss…!”.
El problema es que de verdad se fueron todos. No quedó nadie.
Sólo quedó Caruso, como piloto de tormentas, tarea para la cual parece haber nacido. Un amigo de humor ácido suele comparar a Caruso con un médico de guardia de un hospital: lo querés abrazar cuando ya te curó el dolor, pero después no querés volver a verlo nunca más. Junto a él, entre empleados en paro por falta de pago, hace lo que puede un grupo de futbolistas profesionales que ni siquiera juntaron 11 para jugarle a Huracán. Un desastre.
“El equipo que insiste en ser Racing”, llamé a River en los últimos años. Y lo lograron. Racing fue saqueado por propios y ajenos; quebrado, vaciado. Si aún vive es por su gente, como San Lorenzo. River volvió, Racing resucitó luego de que lo declararan oficialmente muerto, y lo mismo hará San Lorenzo, espero, y con gente que tenga algo más que tintura en la cabeza. Los veremos, dignos como cuando eran camboyanos y se le animaban a cualquiera, o cuando, sin cancha, copaban los barrios del ascenso bailando en medio del desastre, como Zorba en el final de la película.
Duele, eso sí. Porque el fútbol no es más que un espejo. Del otro lado estamos nosotros. Es lo que hay, dirían en Madrid. A bancarse este espantoso retrato de Dorian Gray, compatriotas.
¿Cómo caímos tan bajo? ¿A qué edad mental nos retrotrae esta pasión por el fútbol? ¿Diez, doce, catorce años en el mejor de los casos? ¿Por qué renunciamos con tanta facilidad a la cordura? ¿Y a la honestidad? ¿Qué fuerza indomable nos impone un discurso necio, violento, que en otras circunstancias nos avergonzaría? ¿Qué nos impulsa a celebrar la trampa si sirve para ganar? ¿En qué nos convierte el triunfo? ¿Y la derrota? ¿Hasta dónde es inocente la broma sobre el vencido, el afiche ingenioso pero cruel, humillante? ¿Cuán estúpida suena la vieja frase “lo importante es competir”? ¿Estarán los tachos de basura del mundo llenos de medallas de plata y bronce ganadas en Juegos Olímpicos? ¿Ser segundo es vergonzoso? ¿Deben inmolarse el tercero y el resto de la fila? ¿Seremos todos primeros en nuestras vidas, muchachos? ¿No son los excluidos que llenan las tribunas los primeros en gritarle “no existís” al caído? ¿Seguro que seguimos siendo de la A? Y si es así, ¿qué hacemos con los de la B, además de reírnos de su desgracia? ¿Instituto “no existe” porque perdió su ascenso? ¿San Lorenzo sí existe? ¿Eso que hicieron sus dirigentes también se llama “política”? ¿De verdad Pombo se imagina “la voz del pueblo”? ¿Será el mismo pueblo que describió Tim Rice en el febril guión de su ópera Evita: “Militar carismático dominado por prostituta ambiciosa domina a pueblo de inocentes primitivos mediante el uso de políticas populistas y demagógicas”?
Mmm… Todo esto que nos pasa debe ser algo un poco más complejo que eso.
Podés estar bien seguro de eso, dear Tim.
Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil





















Este sr. sabra que cuando el ciclon se fue a la b, estaba quebrado economicamente, durante y su estadia en
la b lleno todas las canchas y levanto su patrimonio destruido, menos mal que se van todos estos ineptos dirigentes, que nos estan haciendo demasiado daño. Hasch somos más grande de lo que pensas, no rompimos nada como los de nuñez.