martes 09 de junio del 2026

Respiración artificial y cháchara deportiva

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“La habladuría, que está al alcance de cualquiera, no sólo exime de la tarea de una comprensión auténtica, sino que desarrolla una comprensibilidad indiferente, a la que ya nada está cerrado.” Martín Heidegger (1889-1976); “Ser y tiempo” (1927); del capítulo 35: “La habladuría”.

Hablo con los diarios. Hablo solo, quiero decir, cuando los leo a la mañana. De pronto un título o un texto me indigna, hago gestos, levanto la voz sin darme cuenta y si me olvido que estoy en un lugar público, paso papelones. Como ya a nadie le importa si Messi canta o no el Himno y todos se limitan a admirar su genio, leí en paz las crónicas sobre la Selección, el partidazo de Di María, el máster en definición que aporta Higuain. Faltaba el resto. Y allí estaba yo, en el Lobby Bar del Sheraton, parloteando frente a cinco diarios que parecían editados en cinco países distintos.

—Tranquilo, Asch. No se agite. Lo noto estresado. Usted no respira bien. Vamos. Inhale, uhhhm… Ahora exhale, fhhhs… Armonícese. Ayer estuve con Falcioni y con este simple ejercicio superó todo su estrés y recuperó la sonrisa. Y eso que la distancia entre sus fosas nasales y su boca es bastante estrecha como para que el aire fluya con fuerza. El amor reina en ese club. ¡Serán campeones! Boca es luz y armonía. Como Buenos Aires…

De pronto tenía al tipo hablándome casi al oído, mientras apoyaba su mano sobre mi hombro sin abandonar jamás su sonrisa con dientes de teclado de Steinway. Vestía una túnica blanca y su rostro era una extraña mezcla entre Daniel Grinbank, el Negro Astrada y Carlos Fren. Barba, melena azabache sin canas, doble Carmela. Sí: Ravi Shankar.

—Oiga, ¿cómo me conoció? Si algo bueno le queda al periodismo gráfico es que nos protege de las infinitas incomodidades de la fama.

—No se ofenda, pero mi saber va más allá de lo que su mente escéptica puede comprender. Se lo digo con toda humildad…

—Y yo le creo. Soy por completo ajeno a lo divino. No sé levantar imperios millonarios, ni cómo organizar Woodstocks pulmonares como el de hoy. Se nota que usted, Ravi, fuma abajo del agua, como Guillote. Mis respetos. Eso sí: no pienso tomarme en serio eso de convertir Buenos Aires en “la capital mundial del amor”. ¿No será que a usted lo trajo Macri sólo para que Riquelme le firmara ese papelito a Angelici y así, al menos por un tiempo, todos puedan volver a respirar?

—Me ofende, Asch. Riquelme es un buen hombre y medité largas horas con él en completo silencio, tomando mate en Don Torcuato. Nada de lo que dice es verdad. Tampoco ese rumor que afirma que el presidente se come las eses porque es una técnica de oxigenación que le enseñé yo. Por favor, desmiéntalo. Y no llame más Enganche Melancólico a Román, Defensores de Macri a Boca y Rey del Bingo a Angelici. Basta. Abandone la agresión y su alma recuperará la paz.

—No es agresión. Es ironía. Escribo así, no lo puedo evitar. Es un estilo. ¿Tanta sonrisa y perdiste el sentido del humor, Sri Sri? Vamos, que no es tan grave. Sobre todo siendo un producto de la escuela pública, esos antros de donde surgen –le advertiste al mundo–, tantos terroristas. Mirame: ¡al lado de Di Zeo y Mauro, soy Bambi!

Me miró mal. No le gustó nada que lo tuteara. “Si las puertas se cierran, la única opción es la militar”, recordé que dijo, alguna vez, hablando sobre Siria. La cosa se puso muy tensa. El duelo era inevitable. Frente a frente, a matar o morir como en el Viejo Oeste, pero en lugar de usar viejas Colt 45 nos baleamos con retórica berreta.

Ravi disparó esas simpáticas frases que después uno lee en los sobrecitos de azúcar. Yo respondí con una selección local de aquello que en un ensayo de 1969, Umberto Eco llamó “la cháchara deportiva”. Fue una masacre. Empezó él.

—Si sucede, conviene.

—El fútbol siempre da revancha.

—Hay un lugar para cada persona en el corazón de la Divinidad.

—Prevalecieron las individualidades.

—La corrupción empieza cuando no hay sentimiento de correspondencia con el otro.

—Olvidate del pito; vos dame a los líneas.

—La vida es un paquete lleno de obsequios, de sorpresas para ti.

—El peor resultado es el 2 a 0.

—Si el “Yo, Mi, Mío” están ausentes; cuando ellos se disuelven, eso es liberación.

—Acá no hay figuras, lo más importante es el grupo.

—Cuando meditas y te entregas, la divinidad puede darte lo que necesitas.

—Tenemos que ser inteligentes y aprender a cerrar los partidos.

—Analiza los motivos que existen detrás de cada una de tus acciones…

—Dos cabezazos en el área es gol.

—La manera de involucrarte con lo que “ves”, el perderte en las visiones externas… ¡Eso es lo que causa las ataduras!

—¡Vos no jugás, pero el 10 de ellos tampoco!

—Limpiás tus ventanas, limpiás tu mesa, lavás tu ropa. Pero olvidás lavar tu mente…

—El jugador llegó con el pase en su poder y con todos los papeles en orden.

—Todo esto es transitorio. Todo cambia. Todo se acaba.

—Todo pasa.

Shankar, algo perplejo, revisó su anillo. Ya era suficiente. Agotados pero satisfechos, nos saludamos como caballeros. Shankar balbuceó algo sobre Messi y la humildad de los grandes, ironizó sobre la tristeza del soberbio Rolando y alguna obviedad más. Estaba furioso, eso sí, con quien le programó la meditación masiva en Figueroa Alcorta y Dorrego a la misma hora en que jugaba Boca. “Auriculares”, le susurré. “Aahh”, dijo, mientras mostraba sus teclas Steinway por última vez, inclinaba su cabeza y se zambullía en un ascensor, con sus guardaespaldas.

Yo volví a los diarios, lamentando haberme topado con el fundador de El Arte de Vivir y no con su homónimo, el maestro del sitar, a quien vi tocar en los setenta en el Gran Rex, con Alla Rakha en tabla, en un inolvidable concierto que duró casi cuatro horas. El verdadero Ravi Shankar; el que vivió con arte sus 92 años.

Suena parecido, pero no. No es lo mismo, compatriotas. Ni ahí.

Esta columna fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil