“Los alemanes son más inasibles, más amplios, más contradictorios, más desconocidos, más incalculables, más sorprendentes, incluso más terribles de lo que otros pueblos son para sí mismos.” De ‘Más allá del bien y del mal’ (1886), Friedrich Nietzsche.
Nueva York, una ciudad donde los balones son ovalados o pequeños, fue su refugio: un lugar donde vivir tranquilo junto a su mujer y sus tres hijos, sin el acoso de la prensa y de los fanáticos. Guardiola, un quiet man, jura que no extraña nada del ambiente que rodea al fútbol. Pero, admite, lo desespera estar alejado de lo que ama: el juego. Pasó medio año disfrutando, viviendo por fin, una vida de familia. Hasta que llegaron los alemanes.
Todos lo imaginaban en la Premier, un fútbol dominado por la verticalidad, el vértigo, casi lo opuesto a su propuesta. Pero fue el Bayern Munich el club que lo fue a buscar para que dirija a su equipo, a partir de julio. Sorpresa.
Es gracioso. Esta propuesta del Bayern sumará una nueva víctima al karma que ya sufre el Madrid, postergado por el infalible Barcelona, que con Pep ganó 14 títulos de 19 en juego, y Cristiano Ronaldo, resignado a ser la sombra de Messi. Gracias a un contrato de 17 millones de euros por temporada, Pep también dejará segundo a Mourinho, que cobra 15,3 en el Madrid. Maldita suerte la de los talentosos que comparten época con estos genios desmesurados. Lo sufrieron muchos en la historia: Clerc con Vilas, Stirling Moss con Fangio, Bioy con Borges, Tony Bennet con Sinatra, Guerra con Bocca y, claro, Salieri con Mozart.
¿Podrá Pep imponer en territorio bávaro su estilo de presión constante, posesión, toque, triangulaciones y cambios de ritmo que ejecutaban sus geniecillos de La Masía? ¿Quién será su Xavi? ¿Y su Iniesta? Y lo más importante: ¿es tan diferente su propuesta al estilo alemán? Respuesta: no.
La mancha de Hitler –y el implacable maniqueísmo del cine de posguerra norteamericano– estigmatizó a un país que le dio a la humanidad muchos de sus mejores pensadores, artistas y científicos. Y durante años fueron percibidos como gente tosca, metódica hasta lo ridículo, que hablaba un idioma duro, como ladrado. Absurdo.
A pesar de que Gary Lineker inmortalizó su frase (“El fútbol es un deporte donde juegan once contra once y al final ganan los alemanes”) luego de que Inglaterra perdiera contra ellos las semis de Italia 90, la mayoría seguía creyendo que si ganaban, era gracias a la irresistible potencia de sus tanques. “La magnífica bestia rubia, que vagabundea codiciosa de botín y de victoria”, escribía Nietzsche, el pensador de la tardía unificación alemana, producida luego de la victoria en la guerra franco-prusiana en 1871 y liderada por Von Bismark.
Hay tópicos que son verdades indiscutibles: a) Nunca se dan por vencidos. b) Físicamente te matan. Pero también es cierto que son una máquina de producir cracks. Lo sabe quien haya visto la elegancia de Beckenbauer, que tanto admiraba Heidegger, al zurdo Overath, Netzer, Breitner, Schuster o Matthäus. Su estilo nunca fue sólo fuerza física.
¿Qué tiene Alemania para ofrecerle a Guardiola? Antes que nada, un club dirigido por celebridades del fútbol. Lo preside Beckenbauer; el director es Rummenigge, el Consejo de Administración está a cargo de Uli Hoeness –todas glorias del club–, y el director deportivo es Matthias Sammer, que brilló en el Dortmund y en la Selección. Y, además, la intención de terminar con los prejuicios. Se vio en Sudáfrica, con la selección de Low. “No parece Alemania”, dijeron muchos. Lejos de las triangulaciones a mil por hora y de arco a arco, cruzando el medio campo como un tren furioso, ese equipo buscaba por abajo a Özil, tocaba y sumaba al talentoso Müller creando, sin tanto vértigo, manejando los tiempos, generando la sorpresa para ahí, sí, imponer su demoledor rush final. Lo sufrió Argentina: Maradona dejó solo a Mascherano en el medio y pretendió dirimir el partido de tú a tú. Cuatro nos comimos.
El Bayern hoy, más allá de lo que incorpore, ya tiene jugadores como para que Pep piense en un equipo a su estilo, que sume técnica y potencia, sutileza y contundencia. El arquero Neuer y la defensa –liderada por el capitán Lahm– son una garantía. En el medio, el vasco Javi Martínez –dirigido por Bielsa en el Athletic– puede ser su Mascherano, en el medio o atrás. Schweinsteiger es un volante completo, que marca, presiona, toca y llega al arco rival. Müller es un mediapunta que crea y define. Tiene dos extremos brillantes, filosos como puñales –el francés Ríbery y el holandés Robben– y un punta goleador que no es, justamente, el vacío: Mario Gómez, 1,89 de puro músculo; una torre como Ibrahimovic, pero sin su asombrosa habilidad. ¿Insistirá con su “el 9 es el vacío” o mantendrá a Gómez como referencia de área?
Mmm… Imagino que sus cambios serán graduales. Guardiola es demasiado inteligente como para saltar etapas, no percibir los límites o estrellarse contra muros culturales. Se adaptará. Poco a poco, impondrá su idea. A su favor tiene a un equipo que, pese a lo que muchos creen, no está tan lejos de su filosofía. Y en contra… que no está Messi, el dueño de todos los espacios.
Un problema no menor, pero también una oportunidad para crecer. Que es, seguro, lo que busca Pep Guardiola; el hombre que se desafía a sí mismo, el que ahora quiere saber qué se siente al ganar sin tener un as en la manga.
Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil