martes 09 de junio del 2026

El odio y la pasión son un cóctel mortífero

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Hace rato que todos los futboleros del país nos hemos dado cuenta que el clásico rosarino es el más violento de la Argentina. Hace rato que sabemos que una rivalidad centenaria ha llegado a un nivel de intolerancia única entre tantos intolerantes que habitan nuestro suelo.

También conocemos las historias que se cuentan desde la tremenda rivalidad que han forjado Rosario Central y Newell’s Old Boys a través de los años. De las burlas, de las canciones permanentes de hostigamiento y de los peligros que puede tener cualquier adolescente que se calce una remera auriazul o rojinegra en cualquier esquina de la principal ciudad santafesina.

Leemos, preguntamos y nos sorprendemos cada vez menos del crecimiento de los grupos que comercializan la droga en Rosario, de su poderío en la zona sur de la ciudad, de la connivencia con sectores policiales y de la escasa o nula respuesta política del gobierno socialista provincial. No es un caso único en el país ni mucho menos, pero llama la atención. En las propias hinchadas de los clubes anidan muchos de los que trafican y ganan dinero con la ilegalidad. Narcos, motochorros, delincuentes de todo tipo y pelaje, pululan en las tribunas a sus anchas y nadie les pone freno. Lo sabemos.

Newell’s vivió la dictadura de Eduardo López durante 14 años y allí proliferaron grupos de extrema violencia y lumpenaje. Desde hace cuatro años, la nueva dirigencia ha encarrilado la vida del club, pero no ha podido frenar ciertos desbordes tribuneros que también se suceden en Rosario Central, envuelto en una pesadilla en el ascenso que cumple su tercera temporada seguida y desempeños opacos y sospechados de varios dirigentes de los últimos años.

Así las cosas, con peleas familiares encarnizadas, con amigos enemistados por su rivalidad deportiva, el fútbol argentino y una ciudad entera asisten al despedazamiento de la “fiesta” o del “folclore” que existieron en otros tiempos. Como si se tratara de la Guerra Civil Española o de la centenaria lucha entre irlandeses católicos o protestantes o como si fueran habitantes de las zonas irreconciliables de Jerusalén, centralistas y rojinegros, canallas y leprosos han creado un cóctel único en el país: se odian y tienen una pasión desmesurada por su camiseta. Han formado un cóctel explosivo que les ha estallado y no saben cómo apagar tanto fuego irracional.

Los ingenuos o ilusos o torpes empresarios que programaron el partido hablaron por boca de su representante para asegurar que era más fácil organizar un partido entre Inglaterra y la Argentina en las Islas Malvinas que jugar el clásico rosarino. Muchos se rieron con el comentario, incluso se festejó por muy ingenioso, pero estaba en lo cierto. Así, es imposible.

Dicen “los que saben” que cuando Central vuelva a la A, los clásicos se disputarán de nuevo. Aseguran “los entendidos” que como la lucha será por los puntos, la historia será distinta y no se cometerán tantos actos violentos. Mientras tanto, el odio y la pasión siguen unidos y parecen inseparables. Sin respuestas políticas, ni contención social, ni mayor control de los violentos, todo sigue igual. O peor, mejor dicho. Los menos pasionales quedaron como rehenes.

Hace 42 años, jugaron una semifinal en la cancha de River que ganó Central con la famosa palomita de Aldo Pedro Poy. Quien esto escribe, almorzó ese mediodía con sus padres y su hermano en un carrito de la Costanera, tres horas antes del partido, rodeado de hinchas de los dos equipos, que apuraban la parrillada y las papas fritas de turno para irse al Monumental. No había cargadas, apenas algún breve chiste entre una mesa y otra. No había el sin aliento, la OCAL, la hinchada más popular, el 4-0 y te fuiste, el lanzamiento de toalla y toda la larga lista de humoradas que, seguramente con buena intención, se fueron creando durante años. Hoy son anécdotas graciosas de una rivalidad que ha superado todos los límites. Todos.

El país cambió, dirá usted. Seguro: en este caso, en Rosario, nos fuimos al demonio. Literalmente.