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02/06/2015

#FIFAGate | Todo comenzó en Argentina ‘78

El escándalo en la FIFA tuvo un comienzo en el Mundial de 1978. / Cedoc

El escándalo por corrupción en la entidad madre del fútbol mundial tiene un punto de partida particular y con un gran patrocinador de por medio. La historia.

Los siete dirigentes detenidos en Suiza y los empresarios aún prófugos, en el caso FIFAGATE, no imaginaban que en los Estados Unidos, donde abrían cuentas millonarias y les daban la bienvenida por sus exuberantes inversiones, la ley federal RICO (Racketeer Influenced and Corrupt Organizations Act) contra el tráfico de influencias y las organizaciones corruptas, aprobada en 1970 por el Congreso, pasaría a regir extraterritorialmente desde 2014. Sólo por eso pasó lo que pasó. Sepa el lector que, sin ese cambio, aprobado por el Tribunal de Apelaciones americano a mediados del último año, ni la fiscalía yanqui ni los agentes del FBI hubiesen podido actuar en Suiza como lo hicieron. Estaría todo como estaba en abril o treinta años atrás. Todos estarían libres y en sus lugares y funciones de siempre.

Ayudó también, es cierto, que la CONCACAF, la federación de fútbol de Centro y Norte-América tuviese su sede radicada en Miami. Fue por allí que empezó la investigación hace cuatro años (supongo que la ley RICO ganó poder extraterritorial el año pasado, precisamente para hacerse lo que se hizo en FIFA). Esta ley, que enumera 29 delitos federales y ocho estaduales, como lavado de dinero, dice que cualquier miembro de una organización que haya cometido al menos dos de estos 37 delitos, dentro de un plazo de diez años, puede enfrentar cargos con penas que van desde una multa de 25 mil dólares hasta 20 años de prisión. Si la sede de la CONCACAF estuviese en Santo Domingo o Cancún posiblemente ni se hubiese podido iniciar la investigación. Imagino que en breve se mudará… Y por los 10 años de retroactividad pueden quedarse tranquilos quienes sólo se quedaron con vueltos en mundiales anteriores a Alemania 2006.

Es obvio que donde hay más dinero hay más chances de corrupción. En su último ejercicio, el que cerró antes de las elecciones del último viernes, la FIFA de Joseph Blatter presentó una facturación récord de 5.700 millones de dólares estadounidenses. El lucro FIFA, no obstante, fue de sólo 338 millones de dólares, el 6% de sus ingresos. Un ‘ebitda’ relativamente bajo. Si existiese transparencia no hay dudas de que hubiese sido mayor. Pero… ¿por qué debe ser transparente el flujo de caja de la FIFA si es una entidad privada? Su estatuto la autoriza a que no explique sus actos ni exhiba sus contratos. Es auto-soberana. Vuelvo a insistir sobre la creencia opuesta: la FIFA es un ente privado, tanto o más que, posiblemente, la compañía en la cual usted trabaja. La FIFA no depende de dinero público. Como tampoco dependen las Asociaciones o Federaciones de Fútbol o de cualquier deporte en cualquier país, por ejemplo nuestra AFA.

Legalmente la AFA no le debe explicaciones a los hinchas ni al Estado, por ello es descabellado intervenirla gubernamentalmente como proponen algunos espíritus totalitarios que quieren adueñarse de todo. Eso hicieron las dictaduras en el pasado argentino que nadie quiere repetir. En democracia no corresponde. Insisto: la AFA es una entidad autónoma, con reglas de funcionamiento que están legitimadas por la decisión mayoritaria y unánime de sus miembros, por lo cual le asiste el absoluto derecho de darse las autoridades y poderes que le parezcan mejores y más convenientes para sí, en cumplimiento de lo reglamentado. Lo único que puede discutirse es si deben ser asociaciones con fines de lucro o no. Pero esa es harina de otro costal.

FIFA, como el Comité Olímpico Internacional, son entidades privadas de actuación internacional, cuyo business es la venta y organización de eventos de su exclusiva propiedad. Ellos negocian del modo que lo desean y con quien se les antoja. Por eso, hasta hoy y sin esa ley RICO con poderes extraterritoriales, nunca se los investigó. Si los corruptos hubiesen depositado su dinero en las Islas Caimán, en vez de Miami, tampoco habría pasado nada. Entonces, para que quede claro, a los investigados –por ahora– no se les acusa de nada contra FIFA sino de cuestiones que en tesis perjudican, principalmente, a la AFIP americana y se definen, en su ley, como delitos punibles. El resto es ético y no encarcela a nadie.

FIFA y COI, además, son entidades profesionales. Mezclo el COI con la FIFA, aunque por el momento no exista nada contra los señores del olimpismo, porque funcionan de manera semejante y, no me extrañaría que la venta de sus derechos de televisación, mañana, obliguen al FBI americano a aprehender a algunos de sus directivos si depositó su dinero en Miami. FIFA fue quien mejor explotó el tema comercial con sus eventos, pero el COI sutilmente fue quien dio los primeros pasos en sus objetivos escritos, como viendo en cual dirección se encaminaba el futuro. Ya en la Carta Olímpica de 1973 establece abiertamente sus principios recaudatorios. Allí dice que el uso de su marca/emblema será comercializada. Empezó por allí. Dos años después, en 1975, no se despide de su incumbencia en deportes amateurs, pero a ellos le agrega que actuará también en deportes profesionales: “encouraging the organization and development of amateur sport and sport competitions” (sic).
Y casi enseguida, en 1978, desaparece cualquier mención al amateurismo… como para que nadie se confunda hacia dónde iba el COI. Ese mismo año, por primera vez, en el artículo 49, establece las reglas de comercialización de los derechos televisivos, dejando claro que los atletas que participen de los Juegos Olímpicos automáticamente ceden sus derechos de imagen, etc. al COI que podrá venderlos. Cuatro años antes había incluido la cláusula por la que obliga a los países organizadores a cederle al COJO (Comité Organizador de los Juegos Olímpicos) estatus legal, permitiéndole así organizar sus eventos con absurda potestad. Es en esa misma Carta Olímpica de 1974 que el COI incluye a la FIFA.

A partir de ese momento FIFA y COI comienzan a tener autonomía jurídica y por lo tanto a hacer y deshacer a piacere en territorios que, de modo escrito y firmado por sus gobiernos, le conceden atribuciones extremas y se someten a sus reglas y caprichos, muchas veces contradictorios a las leyes del país. Un ejemplo reciente: el 6 de junio de 2012, la presidente de Brasil Dilma Roussef firmó (Diario Oficial da União) la ley exigida por FIFA para que durante el Mundial de 2014 se autorizase la venta de cerveza en los estadios, lo que estaba y está prohibido en Brasil; en ese momento generó gran polémica: los brasileños cuestionaban la pérdida de su soberanía. Tenían razón pero… FIFA no aceptó resignar su contrato con Budweiser.

La llamada Ley General de la Copa del Mundo, redactada por FIFA, pasó por encima del Estatuto do Torcedor – Estatuto del Hincha – que veta la comercialización de alcohol en las canchas. ¿Hace falta decir que la única cerveza autorizada a en los estadios fue la patrocinadora oficial Burdweiser? Cálculos de la empresa apuntaron que el Mundial brasileño impulsó la venta de un volumen incremental de 1,4 millones de hectolitros de cerveza en el país sede, esto es cerca de 1,7% más que el vendido en el mismo período de 2013.

Pero todo tiene un inicio. Cuando João Havelange asume la presidencia de FIFA en 1975 encuentra en caja un dólar, simbólico. La FIFA era pobre porque hasta entonces la televisión hacía el negocio por su cuenta y los patrocinios eran pocos (se hablaba de monedas). Lo mismo sucede cuando el catalán Juan Antonio Samaranch asume la presidencia del COI en 1980. Son ellos los que advierten que hay un opíparo negocio que no es de ellos y debiese ser de ellos. Havelange estuvo 23 años al frente de FIFA y Samaranch 21 mandando en el Comité Olímpico Internacional. A partir de allí y gracias a los derechos de televisión y la venta de patrocinios, las dos entidades comenzaron a manejar millones, después decenas de millones y hoy miles de millones.

El primer contrato de este tipo que ambos presidentes suscribieron fue con Host Dassler, el heredero de Adidas fallecido en 1987, que pretendía vestir a todas las selecciones mundialistas y atletas olímpicos con su ropa de las tres tiras. No son pocos quienes sostienen que Dassler fue quien llevó, en su momento, a Michael Payne al COI y a Joseph Blatter a FIFA (ingresó en 1975 de la mano de João Havelange como director del Programa de Desenvolvimiento Técnico y sin que fuese consultado quien sería su jefe directo el secretario general Helmut Käser, a quien seis años más tarde substituyó… Havelange era buen amigo de Dassler).

Dassler se hace fuerte en el deporte en 1970, cuando contrata a la agencia de publicidad West Nally, de Patrick Nally y Peter West, principal detentora de los, por entonces, pocos patrocinadores deportivos en gran escala. Son ellos quienes, luego, lanzan nuevos eventos como el Campeonato Mundial de Atletismo y la Copa Mundial de Rugby. Pero, como veremos más adelante, es el jugoso contrato de FIFA con la gigantesca Coca Cola el que cambia el rumbo de la historia.

Nally y su socio West son los verdaderos autores de la arquitectura reglamentaria y la ingeniería contractual de los Juegos Olímpicos y, especialmente, de los mundiales de fútbol para enriquecimiento de las entidades organizadoras. Nally, en 2011, declaró que ningún gobierno puede reclamar de las exigencias de la FIFA porque todos los países, antes de candidatearse para ser anfitriones, lee todas las exigencias y firma su conformidad. Tiene razón. “Quien no concuerde que no se candidatee” dice a quien desee escucharlo. Ya expresó que difícilmente los Estados Unidos vuelvan a ser sede olímpica, porque, por ley, ningún gobierno puede extender las garantías financieras que el COI exige.

A los negocios del COI y la FIFA no los inflaron los dirigentes, sino los compradores de derechos y de patrocinios. Los dirigentes los pusieron a la venta en una especie de remate que se renueva cada cuatro años. En la carrera por no quedarse afuera, los interesados fueron subiendo la apuesta hasta llegar a los absurdos valores de la actualidad. Hay un momento en que, para no pagar 100 millones más comienzan a ofrecerse 10 o 20 millones por debajo de la mesa. Parece, aunque maloliente, un mejor acuerdo para todas las partes. Como se hace en tantos y tantos lados, especialmente con dinero público, y con gente que hoy mira lo que está pasando en Zúrich con asombro fingido.

El segundo capítulo del libro Oro Olímpico del mismísimo Michael Payne (fue director de Marketing y de Derechos Audiovisuales del COI durante los 21 años de la gestión Samaranch), titulado La Guerra de los Escorpiones, cuenta con detalle como, por ejemplo, Robert Mulholand y Roone Arledge, representantes de las cadenas de televisión americana NBC e ABC respectivamente, en el salón 2 del Hotel Palace de Lausana, Suiza, trabaron lucha para transmitir con exclusividad las olimpíadas invernales de Calgary en 1984.

Incrementaron el precio un 337%, convirtiéndolo así en el evento más caro de la historia hasta entonces: u$s 217,5 millones por sobre la edición anterior, los Juegos Olímpicos de Invierno de Sarajevo en 1980 donde habían pagado u$s 91,5 millones. Fue allí cuando se decidió extender los días de Juegos de 14 a 16, para tener un fin de semana más de transmisión y no por razones deportivas como muchos creen. La televisión, posiblemente el invento más fantástico que exista, siempre tuvo su lado dañino.

Lo que sigue es lo dicho por Nally a la revista brasileña Época, cuatro años atrás: “João Havelange fue electo presidente de la FIFA con la promesa de globalizar el fútbol. Para eso, Coca Cola financió un programa para enseñar el deporte en África y Asia. A cambio, pregunté si yo podría asegurarle a Coca Cola los derechos para el Mundial de Argentina, en 1978. Pero FIFA no tenía dominio sobre el Mundial. Los derechos de trasmisión eran de un grupo europeo de emisoras y los estadios eran controlados por sus dueños. En ese momento todo era confuso, porque había un nuevo gobierno, ahora militar, que había sucedido a Isabelita Perón. Al renegociar los contratos con el nuevo gobierno quedó claro que precisábamos acomodar todas las normas y derechos bajo el control de la FIFA. Allí comenzamos a escribir reglas que contemplaban hasta la limpieza de los estadios, las condiciones de los accesos, las áreas VIP y, claro, la exposición de marcas. Para ello, por ejemplo, precisábamos impedirles a los fotógrafos que se parasen por delante de las placas de publicidad, lo que hicimos por primera vez en Argentina 1978. Eso le sirvió a FIFA para ver cómo podría asegurarse los derechos para las competiciones futuras, en vez de dejar los Mundiales a cargo de los organizadores locales”. No hay mención a que Lacoste o el tridente Videla, Massera, Agosti hayan embolsado nada indebido.

Nally enseguida aclara que si no hubiese existido el primer gran contrato de patrocinio con Coca Cola, que les generaba una responsabilidad que nunca antes habían tenido, no habrían dado ese paso que fue el génesis de todo esto que, a esta altura, llevó siete dirigentes a una prisión suiza. Escucharlo a Nally es entender por qué el número de países participantes creció primero, en 1982, a 24 y más tarde a 32. Eso, que le servía a Havelange para globalizar y democratizar el fútbol, aumentaba la rentabilidad del negocio: “La Copa de España, disputada por 24 selecciones, en vez de 16, nos llevó de explotar comercialmente cuatro estadios a dieciséis, con lo que también creció la cantidad de partidos a televisar y la necesidad de los países para recibir las imágenes también aumentó. Fue por eso que ampliamos los centros de prensa. Y fue Havelange quien pidió que la principal recaudación viniese de los patrocinios y de la venta de derechos de televisión. Allí cambió todo. El español Juan Antonio Samaranch vio de cerco lo que pasó en la Copa de 1982, porque se jugó en España y adoptó el modelo de negocio para la olimpíada siguiente, la de Los Ángeles, en 1984. FIFA y COI siguieron un camino similar”. Coca Cola, vale aclararlo, jamás se vio envuelta en ningún escándalo de este tenor.

Así de millonarias las cosas, los dirigentes ahora presos actuaban en consecuencia, como propietarios de un negocio, o en rangos menores, como ejecutivos de una firma comercial privada. Antiguamente no había tanto dinero, era más fácil ser honesto… Pero la FIFA, tal vez no en su inicio (fundada en 1904), siempre fue movida a intereses. De diversos tipos, según las épocas. Aunque Figo, el ex jugador portugués que ahora quiere ser dirigente, sin ‘piné’ para ello, diga en su cuenta de Facebook que el suizo Joseph Blatter no fue electo para su quinto mandato democráticamente. Figo distorsiona los hechos. Lo único que puede decirse con todas las letras es lo contrario, que Blatter fue elegido democráticamente. Lo eligió la mayoría de quienes figuraban en el padrón electoral. Y punto. Tan democráticamente fue que los supuestos bloques de voto conjunto, se disolvieron. Tal vez esta haya sido la más democrática de todas las elecciones que ya hubo en la FIFA.

La prensa reproduce lo que ese papanatas dice sin analizar, no comenta, sólo alimenta lo que la gente común, ávida de sangre, quiere oír. Si se compraron votos o no es relativo. Cada dirigente vota interesadamente siempre, porque a cada país le conviene algo en particular, sea un cupo mundialista más para su continente o un caché mayor para su selección. Tal como la gente vota a Cristina, Perón o a De la Rúa, pensando en si es mejor o peor para él. El uno por cien mil vota pensando en qué es mejor para el país aunque lo perjudique en lo personal. No nos mintamos.

A Figo no hay que creerle nada, es un mesnadero. Figo es el mismo que, híper millonario e ídolo del Barcelona, se fue a jugar al Real Madrid por unos pocos euros más (la diferencia de contratos no le cambiaría el estilo de vida a él ni a su familia). La traición cometida sólo puede justificarla un mercenario. Ya mostró, entonces, que su prioridad es el dinero. Por otro lado, cuando lanzó su candidatura, sin ton ni son, prometió que al próximo Mundial, si lo elegían, lo disputarían más de 50 países. Eso da para sospechar por un siglo. Obviamente no llegó ni a las elecciones. Las mismas en las que el príncipe de Jordania Ali Bin Al Hussein fue humillado, en las urnas, por el atacado Blatter. Tan humillado fue el príncipe que se retiró del ballotage, con un discurso de 21 segundos, cuando la dignidad indicaba que debía luchar no por el triunfo, sino por una causa, un ideal, un cambio. No; prefirió tirar la toalla, como se escribe ahora, sin ‘h’.

Sin la ‘h’ de hito. El abrumador triunfo de Blatter marca un hito en la historia del fútbol mundial. Que el heredero del longevo trono de João Havelange haya triunfado, del modo que lo hizo, 133 a 73 votos, demuestra cómo son las cosas en el reino de los hombres: ‘Mejor malo conocido que bueno por conocer’. Es tan remota la chance de que aparezca un bueno de verdad, que todos quieren quedarse con el malo conocido. Además, aunque sea llamativo, por lo menos en la primera leva de detenciones, Blatter no fue siquiera indiciado. El FBI no lo busca. Entonces, paremos con ese vicio, tan nuestro, de condenar ‘porque nos parece’. Yo no le creo nada a nadie, menos a Blatter, pero parto del principio de que todo el mundo es inocente hasta que la Justicia demuestre lo contrario.

Havelange, probablemente, no me consta, puede haber sido todo lo pérfido que se dice fue, pero democratizó al fútbol mundial y eso hay que agradecérselo aunque le haya servido para otros fines. Quienes conocemos la historia (conocida) de la FIFA y de las Copas del Mundo sabemos que hasta el arribo del brasileño a la presidencia de la entidad, todo se cocinaba entre europeos. Cuando Havelange asume en 1974 termina ese despótico reinado rubio.

Hasta entonces, los mundiales estaban más próximos a la vergüenza que a la hidalguía deportiva. La Copa de Italia de 1934 es un descaro que no debiese ser convalidada oficialmente. La gana Italia por orden del dictador Benito Mussolini y la silenciosa complicidad de Jules Rimet, entonces presidente de la FIFA. El periodo del inglés antecesor de Havelange, Sir Stanley Rouss, es también de desprecio a lo no europeo. Se lo conocía como ‘El Pirata’. Inglaterra gana su Mundial porque no podía perderlo, entiéndase esto del modo que se quiera, aún cuando su selección estaba capacitada para coronarse campeona. Fueron tiempos en que se jugaba por invitación o se establecían cupos nada más que discriminatorios. Esa FIFA xenófoba acabó con Havelange.

África, Asia y Centroamérica existen en la FIFA, sin desdén ni desaire, desde Havelange. Y Blatter supo entender eso. Por ello (además de todo lo que usted sospecha y yo también pero a mí no me consta y la Justicia aún no demostró lo opuesto), el ex director de Relaciones Públicas y Cronometraje Deportivo de la relojería Longines S.A ganó por demolición su quinto mandato, contra la feroz guerra que le planteó Michel Platini y su UEFA. La misma UEFA que siguió jugando su final en Heysel, Bélgica, hace exactos 30 años, mientras en las tribunas se mataban 32 italianos hinchas de Juventus, cuatro belgas, dos franceses y un británico del Liverpool, además de dejar un tendal de 600 heridos. El mismísimo Platini jugó ese partido, hizo el gol que le dio el título a la Juve de Torino y… levantó la Copa como si nada hubiese pasado junto al capitán Gaetano Scirea. ¡Por favor! No hay nadie que pueda tirar la primera piedra…

IN TEMPORE: a) Argentina, sin Grondona en FIFA, va a pagar caro su voto contra Blatter. b) ¿Por qué siempre hay argentinos donde hay ropa sucia para lavar? c) ¿Nunca antes y a nadie le llamó la atención que FIFA, cuando comenzó a negociar suculentos contratos por derecho de televisación, se mudara de Paris a Zúrich, a la Suiza del secreto bancario?; lo mismo vale para el COI. Y d) La Copa América, que comenzará en pocos días, no debiese televisarse: el contrato de esos derechos mínimamente está manchado, probablemente sucio. Pero… así somos. Una cosa de la boca para afuera y otra muy distinta a la hora de demostrarlo. Nos merecemos nuestras desgracias.

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