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31/07/2015

Águilas, chimangos y la ancha avenida del doping

La luchadora argentina Luz Vázquez dio positivo en los Panamericanos. Brian Fernández en el torneo local y la Copa Libertadores. // CEDOC.

El valor de la pólvora no se compensa con la obtención de la presa. Con los controles actuales, se enjaulan chimangos mientras las águilas siguen volando.

Como ocurre de tanto en tanto, por casos puntuales, el doping fue nuevamente noticia. La superposición de titulares en tan corto tiempo, llevó confusión a un tema que amerita una reflexión más profunda que el mero desarrollo de la noticia. Sea un futbolista de Racing como Brian Fernández o una luchadora panamericana como Luz Vázquez, sea una droga social o una hormona sintética, un resultado “no negativo” en un control antidoping es asunto relevante y plausible de condena. El asunto está en sopesar correctamente el fin del consumo y contemplar el medio que rodea al atleta.

En una entrevista reciente con la BBC, el director general de la Agencia Mundial Antidopaje (WADA) deslizó que el 10% de los deportistas estarían utilizando drogas o procedimientos ilícitos para mejorar su rendimiento. O sea, según palabras de David Howman, uno de cada diez atletas se estaría dopando para competir. La consternación aumenta al momento de analizar la situación en categorías juveniles. Allí, donde hay menor cantidad de controles y la población es más vulnerable a la tentación de una carrera deportiva exitosa e híper rentable, se estima que hay más casos: los “beneficios” son más perceptibles en el rendimiento y las chances de detección son más bajas.

La problemática en torno al doping y sus sanciones se ha complejizado en los últimos años. Un estudio de la Universidad de Oslo, dirigido por el Dr. Kristian Gundersen y publicado en diciembre de 2013 en el “Journal of Physiology” (A cellular memory mechanism aids overload hypertrophy in muscle long after an episodic exposure to anabolic steroids), asevera que los beneficios musculares del consumo de sustancias prohibidas pueden perdurar en el tiempo por encima de los dos años de suspensión aplicados a los deportistas tramposos. Para Gundersen “incluso cuatro años de exclusión, es un período demasiado corto.”

El caso emblemático es el del velocista estadounidense Justin Gatlin. Medallista olímpico en 100 metros en Atenas 2004 y doble campeón del mundo (100 y 200 mts) en 2005, fue sancionado por uso reincidente de sustancias prohibidas. En 2001, se le había detectado efedrina en un control y, en 2006, hormona esteroidea. Según los lineamientos de WADA, la sanción debería haber sido la exclusión de por vida, pero como “colaboró aportando datos” en la investigación (y tiene la ventaja encubierta de ser norteamericano), terminaron reduciéndole la pena a sólo cuatro años (2006-10). Hoy, con 33 años de edad, Gatlin es uno de los hombres más rápidos del mundo. En marzo de 2015, en la Diamond League en Doha, corrió los 100 mts en 9,74 segundos, igualando de esta forma la sexta mejor marca de la historia y sentando un precedente absolutamente inesperado en un velocista treintañero.

En este contexto extraño, los Juegos Panamericanos de “Toronto 2015” fueron récord en cuanto a casos de dopaje en la historia de la competencia, desde sus inicios en “Buenos Aires 1951” y sus primeros dos registros positivos en ciclismo en “Winnipeg 1967”: Sabas Cervantes de México y Oscar García de Argentina. Curiosamente, los diecisiete casos en Toronto son de países en vías de desarrollo: dos oriundos de Colombia, Chile, Nicaragua y Puerto Rico; y uno por Venezuela, Perú, Argentina, Brasil, Dominicana, Honduras, México, Guatemala y Paraguay.

En América hay muchas aves falconiformes. Está el cóndor en el hemisferio sur y las águilas calvas en el Norte, con sus cabezas blancas y su espíritu cazador. También hay otras aves rapaces más comunes y menos agraciadas, como el chimango que suele alimentarse de carroña, de animales pequeños o desprevenidos. A este último, el refranero popular lo tiene presente en una frase “no hay que gastar pólvora en chimango”, que apunta a no malgastar dinero. Estas aves no resultan muy provechosas para el humano, no están bien vistas, su carne no sirve como alimento y acostumbran a estar muy cerca de la tierra. El punto es que el valor de la pólvora no se compensa con la obtención de la presa.

El mundo del deporte, también sabe de águilas calvas y chimangos, de atletas tramposos que pasan controles sin ser detectados y de pobres perejiles que se fumaron un porro en la esquina para no ser menos que sus amigos. Hace un par de años atrás, Dick Pound (abogado canadiense y ex presidente de WADA, desde 1999 a 2007) hizo un balance de su gestión y dejó una frase memorable: “Se han hecho cosas pero aún hay mucho por hacer porque, en promedio, cuatro de cada cinco tramposos no están siendo capturados”. Al fin de cuentas, con los controles actuales se enjaulan chimangos mientras las águilas siguen volando.

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2 pensamientos en “Águilas, chimangos y la ancha avenida del doping”

  1. “Hace un par de años atrás, Dick Pound…”

    Se dice “Un par de añis atrás” o “Hace un par de años”.

    Esta modalidad redundante se está convirtiendo en una plaga.

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