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21/05/2017

Lo tácito y los abrojos chinos

Jorge Sampaoli todavía con el buzo de DT del Sevilla pero ya mandó a confeccionar el de la Selección. //CEDOC

Sin ser oficializado Jorge Sampaoli entregó su primera lista de convocados. En China, Mauricio Macri debió firmar lo que quería vetar antes de asumir.

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“Y aunque –así me lo asegura el recuerdo– la actualidad hablaba por boca del pordiosero, todos movían la cabeza, reían y rehusaban escuchar más. Tan inclinado está nuestro pueblo a ignorar el presente”

Franz Kafka (1883-1924); de “La muralla china”. 1: “De la construcción” (1919).

El 2 del equipo blanco espera tranquilo, las manos en jarra, mientras el equipo rosa arma la barrera. El tiro libre, del medio hacia la izquierda y a metros del área, es ideal para un diestro. El arquero, apoyado en su vertical izquierdo, intenta ubicar a sus jugadores. “¡No veo, no veoo…!”, protesta. Pero el vallado humano parece clavado en el césped. Se desespera. No ve. Ni la pelota, ni el árbitro que pita y da la orden con el cieguito indefenso, a siete metros del otro palo.

El shoteador apunta hacia ese vacío. Sin tomar carrera da uno, dos pasos y le pega, suave, como empujándola, con cara interna y bien abajo para que tome altura. El movimiento corporal es rústico. La cintura tiesa, el pie de apoyo desacomodado respecto al punto de impacto, piernas rectas, equilibrio precario. El balón vuela, manso, hacia lo inhabitado y cae cerca del ángulo derecho mientras el arquero vuelve titubeante, resignado, con el dolor del amante que llega tarde a la cita. Gol. El 2 aprieta los puños, gira y trota hacia su campo, solo, con el pecho inflado. Hay festejos en la canchita de la quinta Los Abrojos, en Los Polvorines.

En el Palacio del Pueblo de Beijing, Mauricio Macri, orgulloso, le mostró el video de su tiro libre a Xi Jinping, presidente chino desde 2013, líder de la segunda mayor economía del mundo, ingeniero como él, doctorado en Ciencias Jurídicas y Teoría Marxista, hijo del histórico Xi Zhongxun, uno de los Ocho Inmortales de la Revolución Comunista.

Antes, le había regalado una camiseta de la selección argentina con el número 8 que, para los chinos, es símbolo de buena suerte. “Lo impresioné con mi gol de tiro libre. ¡Me dijo que parecía Messi!”, se entusiasmó el primer mandatario. Frente a los empresarios chinos, habló en mandarín. “Ni hao”, dijo. Hola, en español. Lo aplaudieron. Liu Quitao, el poderoso presidente de la China Communications Construction Company, le dio su tarjeta y prometió encuentros futuros. En Shanghai, su siguiente parada, lo esperaba Carlitos Tevez y, ya en Tokio, posaría con Shinzo Abe, primer ministro japonés, y Naohiro Takahara, ex delantero de Boca. Un hombre feliz.

Xi Jinping no es indiferente al fútbol. En octubre de 2015, en visita oficial a Inglaterra, pasó por Manchester y, pese a su simpatía por el United, se dio el gusto de hacer jueguito y patear el balón en el Etihad Stadium, la casa del City. Allí, rodeado de cracks de ambos clubes y Kevin Moore, director del Museo Nacional Británico de Fútbol, hizo algo de historia. Y contó que los chinos, además de inventar el papel, la seda, la imprenta, el sismógrafo, la brújula, la pólvora, el ábaco, la porcelana y las pastas, en el siglo II a.C. crearon el cuju –ts’u chü–, el deporte más popular durante varias dinastías. “Cu” significa patear y “ju”, pelota.

El cuju se jugaba en una cancha de 15 metros por 10, con un balón de cuero relleno con raíces y plumas que debía dominarse con los pies, evitando el pique en el suelo. Toque y toque hasta alcanzar la meta, una red sostenida por dos cañas de bambú con un agujero de 30 centímetros en el centro: el gol. Cada equipo tenía un líder asistidor y un pateador; lo que prueba que el puesto de enganche… es otro invento chino.

Había fútbol, nomás, 2 mil años antes del nacimiento oficial en Sheffield, 1860. Xi Jinping disfrutó mucho aquel día en Manchester. Tanto que, al mes de su visita, dos empresas estatales chinas compraron el 13% del City en 400 millones de dólares. ¿Su plan? Elevar el nivel de la liga con superstars a cualquier costo, ser sede del Mundial 2030 y ganar uno. En eso están.

En la AFA existe una vieja superstición que nadie cumple: “Los clubes con deuda no podrán incorporar futbolistas”. Je. Los chinos, se ve, entienden poco de excepciones perpetuas, políticas laxas o pagadiós por cambio de firma. Tan amable como firme, Xi Jinping dejó en claro que, para que las inversiones lleguen, el Estado argentino debe poner en marcha las obras acordadas con el anterior gobierno. ¡Ops! El artillero de Los Abrojos celebró con sonrisa y firma lo que quería vetar antes de asumir. Cosas del fútbol.

Dura semana. Dólar, Arribas, Temergate, Rozitchner (ay), crisis en Boca; Guillermo y los tres deditos de la chica de la Fundación Favaloro, Cubero y los dos dedos de Nicole; interna entre rojos y camioneros y la frutilla del postre: Saint Paoli, técnico tácito de la Selección que, desde algún lugar de Sevilla, entregó su primera lista de convocados.

La mayor audacia fue citar a Icardi y terminar con la estúpida idea de que alguien puede robarse una mujer como si fuese un paquete, dicho esto con todo respeto. La gran sorpresa, Guido Rodríguez, un 5 que asomó y se fue de River, de buena actualidad en el Tijuana, la embajada de Bragarnik en México.

Mascherano, inoxidable, persiste. Como Biglia, Banega, Romero, Di María e Higuaín. Pero no están Lavezzi ni Agüero, dos amiguísimos de Messi. Detrás de Dybala asoman varios. Leandro Paredes, manija en la Roma; Lanzini, el 10 del West Ham; Joaquín Correa, ex pincha, hoy en el Sevilla, y Mammana, ex River, central del Lyon. Con 27 años y ocho temporadas europeas vuelve Salvio, campeón con Benfica; y con 29, Papu Gómez, líder y capitán del Atalanta, la revelación del Calcio.

El debut, en Melbourne, tiene poco de amistoso. Saint Paoli se las verá con el Brasil de Tité, nada menos. Una de las pocas cosas que aún pueden darle alegría a ese pueblo desangrado en tanto golpe blando, ajuste duro, batallas mediáticas y corrupción.

La historia es cíclica, fatal. Una película de terror que aquí conocemos muy bien, por desgracia.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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