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13/09/2017

Cuando la decisión pende de un resultado

Integrantes del cuerpo técnico de Perú recorrieron la Bombonera. Allí jugará la Selección. / @FPF

En un deporte cargado de superstición, la elección de la Bombonera para enfrentar a Perú en un partido clave parece, cuanto menos, osada.

Después de un sinfín de dimes y diretes, aparentemente se definió la sede para el partido de Eliminatorias del 5 de octubre, donde Argentina y Perú dirimirán gran parte de sus chances de llegar a la Copa del Mundo “Rusia 2018”. A diferencia de lo que venía ocurriendo en los últimos ciclos e igual que cómo ocurrió hace cuarenta y ocho años: el epicentro de la definición será la mismísima Bombonera.

Nadie ha explicado formalmente cuáles son los motivos del cambio, pero es vox populi que es producto de un ferviente deseo de la dirigencia y no por una solicitud de los jugadores o del cuerpo técnico. Por el momento, no hubo un comunicado oficial desde la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) pero fue la Federación Peruana de Fútbol (FPF), la que terminó anunciando la determinación en sus redes sociales, con una foto alegórica de sus directivos en el medio del campo de juego: “Delegación peruana en el estadio de Boca Juniors, preparando el @Argentina – @SeleccionPeru”

Curiosamente, hace un par de días, la propia FPF había expresado formalmente, a través de un comunicado oficial a la Federación Internacional de Fútbol (FIFA), su oposición a disputar el partido en el estadio de Boca, argumentando los antecedentes de suspensión por los incidentes en el Superclásico por Copa Libertadores y el poco tiempo de notificación.

Es cierto que cada partido es una historia nueva pero hay deportes donde la cábala “tiene injerencia”, donde los historiales cuentan y las rachas condicionan las decisiones: entre esos deportes, uno es el fútbol. Quien lo vive de adentro ve cómo se mezclan todas las creencias, desde el peregrinar a Luján en grupo para salvarse del descenso hasta un túnel lleno de granos de choclo, supuestamente del que se alimentaron las gallinas sacrificadas. Por momentos puede ir mermando la exposición, pero la procesión va por dentro. Son conocidas las historias de rituales chamanísticos y de polvos mágicos, de brujas maldicientes y protecciones sagradas, de entrenadores pendientes de no alterar el recorrido al estadio y de camisetas que no se cambian mientras ganan u otras que caen en desgracia si debutan y caen derrotadas.

“No elegiría la cancha de Boca para el partido de la selección por cábala: yo estaba en el estadio de Boca cuando en 1969 nos dejaron afuera. Quizás en otro partido podría ser, pero no con los peruanos: no vaya a ser que pase lo mismo”, esgrimió Rodolfo D’Onofrio, presidente de River, depositando una pesada mochila sobre la decisión. En un entorno como el fútbol, cargado de supersticiones, podría decirse que la decisión dirigencial es cuanto menos osada. Se puede aplaudir la voluntad de no aferrarse a las cábalas pero no por eso desaparece el argumento.

En la historia sudamericana, Perú se ha caracterizado por ser un duro rival para Argentina en instancias definitivas de la clasificación. Los números fríos indican que, en partidos dicotómicos, solamente se impuso en la eliminatoria de México70 (con un empate 2 a 2 en la Bombonera) mientras que en la de México 86 y en la de Sudáfrica 2010 (ambas en el Monumental) el sufrimiento local perduró hasta el último suspiro: en la primera fue una “patriada” de Daniel Passarella que terminó definiendo Ricardo Gareca y, la más reciente, fue el recordado gol de Martín Palermo con la palomita acuática de Maradona.

La pregunta del millón es si el triste desempeño del equipo tiene que ver con el escenario. ¿Realmente tiene tanta injerencia la fría disposición de la gente con la distancia existente entre las tribunas y el campo de juego en la cancha de River? ¿El hincha cambiará su forma de obrar si cambia el estadio? “Sabemos que la Bombonera es un escenario único, por cómo se siente la gente cuando juega Boca, pero hay que ver si se genera lo mismo con la Selección”, declaró sabiamente Guillermo Barros Schelotto.

El cambio de sede, a priori, suena más a oportunismo que a necesidad. La Selección está en una situación complicada. La presión es gigantesca. El titánico el esfuerzo que demanda el peso de una camiseta virgen de festejos en casi 25 años. Inmersa en zona de repechaje tras empatar de local con el último de la tabla, difícilmente necesite de escenarios desconocidos: donde lo que inicialmente se piensa como apoyo fácilmente puede transformarse en tensión. En pocos días se sabrá si la decisión es acertada. El resultado manda.

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