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11/10/2017

Messi ya no está entre nosotros

Messi festeja el pase de la Argentina al Mundial de Rusia. / AFP

La Selección argentina era el lado humano de Leo, pero con lo demostrado ante Ecuador, eso ya es parte del pasado. Le queda el Mundial de Rusia.

Messi en el Barcelona es inmaculado: es el mejor jugador del mundo, colecciona títulos de Liga y copas internacionales, bate un récord por semana, gana balones de oro cuando se le antoja, acumula fortunas y cada mañana se despierta al lado de Antonella Roccuzzo.

El escenario es perfecto. Demasiado perfecto. Obscenamente perfecto. Esa perfección extrema que lo aleja de los mortales, que lo eleva por encima de lo imaginable. Pero en esta historia hay, o había, una grieta. Instantes en los que esa excelencia se derrumbaba. Porque si es necesario un elemento para arruinar algo impecable, ahí aparece la Argentina. Entonces ocurría: se ponía la camiseta celeste y blanca y era perfectible.

La Selección argentina era el lado humano de Messi, ese territorio donde algunas cosas podían fallar. Era el único momento que demostraba que podía ser vulnerable. A veces ocurría que no, que por encima de la camiseta se calzaba la capa de superhéroe y entonces era tan inmortal e invencible como en España; pero en otras ocasiones pasaba lo inevitable: se revelaba como un ser indefenso, con puntos débiles, tan humano como cualquiera de sus compañeros. Eso: humano. Podía pasar inadvertido durante un partido completo y hasta errar un penal en una final. Era uno de los nuestros, con errores y fallas. Terrenal. Pero esta interpretación ya es parte del pasado.

Esa historia se terminó el martes a la noche. Fue en el Estadio Olímpico Atahualpa, en Quito. Ahí, a casi tres mil metros de altura, Messi abandonó su lado humano. Mostró su mejor versión y llevó a la Argentina al Mundial de Rusia. Hizo tres goles, pero, sobre todo, hizo lo que le faltaba hacer: maradoneó.

Ahora, con la Selección también es perfecto, infalible, sin fisuras. El mismo que vemos los sábados por ESPN con una casaca azul y roja. Le queda un Mundial, el último. Y la esperanza de que cuando la pelota ruede en Rusia el 10 en la espalda lo llevará un jugador que ocho meses antes renunció a su versión terrenal.

(*) Especial para 442

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