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25/04/2011

Opinión

Caruso Lombardi, el dueño del cricket

No tiene el vocabulario de Marcelo Bielsa, la dureza de Daniel Passarella, la ironía de Carlos Bianchi ni la locura de Carlos Bilardo. Tampoco el pensamiento de Ángel Cappa o César Menotti, la practicidad de Miguel Ángel Russo o Alejandro Sabella, ni la simpatía de Antonio Mohamed ni el vozarrón del Coco Basile. Sin embargo, […]

No tiene el vocabulario de Marcelo Bielsa, la dureza de Daniel Passarella, la ironía de Carlos Bianchi ni la locura de Carlos Bilardo. Tampoco el pensamiento de Ángel Cappa o César Menotti, la practicidad de Miguel Ángel Russo o Alejandro Sabella, ni la simpatía de Antonio Mohamed ni el vozarrón del Coco Basile.

Sin embargo, uno no descubre la pólvora diciendo que Caruso Lombardi tiene un poco de todos. Algo que lo coloca claramente a la vanguardia de aquellos entrenadores que pueden tomar un plantel descorazonado, destruido anímicamente, al que no le sale ninguna bien y convertirlo en un grupo duro, bien parado en el campo y sobre todo, con una dosis de fútbol que lo transforma en candidato a ganarle al rival que sea. No para salir campeón sino para pelearle a cualquiera desde la nada misma.

El sábado lo hizo otra vez. Bajó a Vélez en su mejor momento, cuando se había apoderado del torneo Clausura, había ganado la clasificación en la Copa Libertadores y se ubicaba primero en la tabla general de la temporada. Le metió tres pepas en el mismísimo Fortín. Y jugando bien, atacando al equipo que tiene a Moralez, el Burrito Martínez y el Tanque Silva, el mejor trío ofensivo argentino.

Quilmes ha renacido. Recién suma 28 puntos, producto de un torneo Apertura muy flojo y de un inicio de Clausura aun peor. Caruso Lombardi llegó para la quinta fecha, de la misma forma que había llegado a Racing, cuando Juan Manuel Llop dejaba el equipo sin puntos en tres partidos. Con Quilmes ha construido un barco y se metió derechito en el Canal de Beagle: le ganó a Newell’s y a Vélez, Arsenal le empató sobre la hora en Sarandí, se llevó un punto de La Paternal y le arrancó su primera unidad al discontinuo Independiente.

El técnico metió mano, habló, habló y convenció: aparecieron Garnier en otra posición, el chico Corvalán, el grandote Vázquez y el uruguayo Cauteruccio compartiendo delantera, si hasta resucitó a Bernie Romeo que le metió dos goles a Newell’s, se soltaron Kalinski y Caneo, Gerlo ya es el de años atrás. Evidentemente, algo tiene.

En aquel Racing desahuciado con Llop, produjo el fenómeno de lograr 30 puntos en 16 partidos y colocarlo quinto, algo que no pasaba desde hacía ocho torneos cortos. Habia puesto a Migliore por Campagnuolo y rearmado la defensa. La misma recuperación consiguió en Newell’s, cuando sustituyó a Pablo Marini (apretado por los barra bravas de Eduardo López) y lo puso octavo, con 29 puntos, mejorando la campaña anterior, a salvo de la Promoción. Con el bonus track de haber vencido a Rosario Central en Arroyito.

También lo consiguió con Argentinos Juniors, superando por nueve puntos la campaña que había hecho Adrián Domenech con el mismo plantel y también lo hizo en Tigre, logrando 24 unidades contra los escuálidos 8 puntos del último torneo con Diego Cagna.

Son los cinco equipos que dirigió en Primera A, tras muchísimo tiempo trajinando en el Ascenso, donde se consagró con Tigre y Sportivo Italiano. Charlatán, carismático, franelero cuando la ocasión es propicia, durísimo con quienes lo critican, conocedor como casi ningún entrenador de hoy de las gemas y figuritas que aparecen en el fútbol de los sábados, su estilo no le gusta a muchos, pero rinde y es ideal para levantar ánimos. El famoso “cricket” que te ayuda a seguir vivo, a pelearla, a creer que nadie es más fuerte que vos. A que con inteligencia, capacidad y mucho, mucho sacrificio, algunas veces se puede dar vuelta la tortilla.

Es hora de aceptar que llegó a Primera A para quedarse por mérito propio. Con un pasado que lo condene. O no.

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