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25/03/2012

Opinión

La muerte del error

“No hay ningún error. Nuestra organización, tal como la conozco y sólo conozco los rangos más bajos, no busca la culpa en la población, sino que, como establece la ley, se ve atraída por la culpa y nos envía a nosotros, los vigilantes. Eso es ley. ¿Dónde podría haber aquí un error?”. De ‘El Proceso’ […]

“No hay ningún error. Nuestra organización, tal como la conozco y sólo conozco los rangos más bajos, no busca la culpa en la población, sino que, como establece la ley, se ve atraída por la culpa y nos envía a nosotros, los vigilantes. Eso es ley. ¿Dónde podría haber aquí un error?”. De ‘El Proceso’ (publicado en 1925 por Max Broad); Franz Kafka (1883-1924)

El lenguaje del fútbol alcanzó un nivel de violencia tan descomunal que, trasladado a cualquier otra actividad –incluída la política–, provocaría un escándalo. “A mí me interesan mucho las palabras, como muy bien puede darse cuenta”, decía Borges. A mí también. Y creo, en contra de lo que afirma la frase mil veces repetida, que una palabra puede valer por mil imágenes.

En el deporte que alguna vez Dante Panzeri definiera como “la dinámica de lo impensado” ya nada sucede por azar, pifies o rebotes caprichosos. Todo es volutivo, parece. Depende del deseo oculto de ciertos protagonistas, de “manos negras” o siniestras conspiraciones que sólo pueden neutralizarse mediante el uso de corruptelas similares. Es decir, eso que todavía se llama “tener peso en AFA”. Y que suele disparar otra frase en clave, críptica, fálica, inescrutable. “Hay que arreglar a los pitos”.

Futbolistas que pierden para echar técnicos; valijas de plata para incentivar o sobornar; árbitros sospechados. El “folklore del fútbol” también se nutre de esas miserias que, por lo visto, entusiasman tanto como el juego mismo. Es la época y todo se define: ascensos, descensos, copas. La historia, circular, se repite, cada vez más violenta.

Hablar de cuestiones reglamentarias es inútil. Nadie repara en esos detalles. La única ley aceptada es “que cobren para nosotros”. De lo contrario “nos perjudican”, como se quejan con fingido candor los protagonistas.

Nietzsche mató a Dios, Foucault al hombre, Barthés al autor, Fukuyama quiso cargarse a la historia y ahora resulta que el fútbol, para no ser menos, ha decidido asesinar al error. Los periodistas no ayudamos nada, lo admito. Apoyados en la infalibilidad de las cámaras, arrojamos nuestro balde de nafta hacia las llamas y juzgamos a partir de la perfección. Así de fácil se crucifica a un tipo que, en un segundo y frente a una multitud fuera de sí, debe decidir si ese pie está o no está diez centímetros adelantado. No hay piedad con nadie. Fulanito no equivoca el pase: “la regala”. Menganito “se hace echar y deja al equipo con 10”. Perenganito “desperdició otro gol”. Aflojemos un poco, colegas.

Los penales no se cobran. Se “dan”. Son, según esa visión, una dádiva que el árbitro administra a su antojo: los ignorará o los inventará. Lo mismo pasa con el off side. La semana pasada le tocó a Diego Abal, que cobró un extraño gol en una jugada donde hasta los jugadores de Colón se relajaron, seguros de que estaba anulada. Todos se hipnotizaron con el línea en lugar de mirar al árbitro, la máxima autoridad que, equivocado o no, ordenó seguir. Los defensores de San Lorenzo rompieron una regla básica en el boxeo: bajaron la guardia en pelea. Y los durmieron.

Pero nadie piensa en eso cuando se consigue al villano ideal. No es mi intención defender a Abal. Puede haber cometido un grave error. Pero lo hizo de buena fe, convencido. Por eso mantuvo su decisión aun prepoteado por los jugadores, insultado por todo el estadio y soportando la implorante mirada de su asistente, que seguro quería que la tierra lo tragara, a él y a su banderín.

Me conmueve Madelón y su lucha por salvar a su equipo. Pero afirmar que “es injusto que por unos pocos que reaccionaron mal paguen 30 mil que no hicieron nada” es tapar el sol con la mano. Porque esa mínima “vanguardia salvaje” que invadió la nave interna del estadio –sean barras o plateístas– provocó un clima aterrador. Si la intención no era linchar al árbitro, pues no se notó.

Abal debió salir de la cancha protegido por los escudos policiales porque un inoportuno desperfecto técnico impidió que funcionara bien la manga. Una fatalidad. Mientras tanto, le tiraban de todo y varios le hicieron el gesto de degüello que, en un inolvidable plano corto, inmortalizara Cecilia Pando, nuestra Videla con polleras. Esperó más de una hora y media para abandonar el estadio en patrullero, custodiado, como un criminal. El pobre Abal era un Lee Oswald nativo, por suerte sin su Jack Ruby. No abusemos de la suerte, compatriotas.

En las redes sociales, una multitud de subnormales comenzó a pasarse la dirección del árbitro, su teléfono, el lugar donde trabaja la mujer y hasta el colegio de sus hijas. Cito uno de esos tweets: @sofiiturrioz: “No estoy a favor de la violencia, pero si fuese de San Lorenzo a Abal le pongo una bomba en la casa”. Difícil ser más imbécil.

Pasó con River. Pasará con San Lorenzo, Independiente o Racing, si les toca descender. No importa si hay promedios o no, si el torneo es corto o largo. Los jueces siempre estarán “condicionados”, dirijan como dirijan. La cosa es grave y empeora. Los barras son profesionales de la violencia, pero los demás hinchas también se desquician, por contagio o enfermedad social. El fútbol se convirtió en una enorme fábrica de Mister Hydes. Como dice la muy citada pero ingeniosa frase adjudicada a Einstein, el que nos saca la lengua con razón: “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy tan seguro”.

Si esto sigue así van a matar a alguien en pleno partido. ¿Cómo no esperar lo peor en un país que juega fútbol a puertas cerradas para que la gente no se mate entre sí? ¡Un espectáculo sin público…! Es más surrealista que ridículo.

Algún día quizá se organicen partidos sin jugadores. Quién sabe. Todo será virtual, sí, pero al menos salvaremos el pellejo.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil

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