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21/07/2013

Opinión

Un artista del hambre

El extraño caso de Rogelio Funes Mori y su sequía goleadora. / Télam

“Decir inferioridad es decir todo lo que no ha llegado a su  plenitud. Cuando se es joven, se es inferior a uno mismo, a lo que puede ser, pongamos, al cabo de un año, o dos…” Witold Grombowicz (1926-1969);de su último reportaje para el programa ‘La Biblithoèque de Poché’, de la Cadena 2 francesa. El proceso fue lento y los síntomas, […]

“Decir inferioridad es decir todo lo que no ha llegado a su  plenitud. Cuando se es joven, se es inferior a uno mismo, a lo que puede ser, pongamos, al cabo de un año, o dos…”

Witold Grombowicz (1926-1969);de su último reportaje para el programa ‘La Biblithoèque de Poché’, de la Cadena 2 francesa.

El proceso fue lento y los síntomas, en principio, pasaron desapercibidos. Hasta que un día, los 9 de área, esos tipos grandes como un mundo, se fueron marchitando, llenos de tedio, abrumados por su quietud. La cosa empezó con Guardiola y su idea: “el 9 es el vacío”; alguien que surge de la nada como un fantasma y define, implacable. El asesino es Messi, en busca de su espacio; que es el todo.

La primera víctima fue Eto’o, desplazado a una banda hasta que, harto, se fue al Inter para que llegue Ibrahimovic, a quién no le fue mejor. Jugar rodeado de enanos inasibles que invadían su hábitat se le hizo intolerable y huyó al año, furioso. David Villa se apagó de a poco y fue cedido a precio de remate al Aleti de Simeone. Con Neymar no habrá problemas de posición. Veremos cómo acomoda su ego.

El fenómeno, en Argentina, fue arrasador. Sand, en Racing, empezó mal y terminó peor. Tal vez en Tigre recupere instinto, velocidad, y retome su vieja costumbre: hacerle goles a su flamante ex club. Vietto es su opuesto. Juega a ser Messi. Entra, sale, pica, sorprende; define. Virtud de pocos. Scocco es así. Martino lo rodeó con extremos y barcelonizó a su Newell’s.

Silva, “el 9 ideal para Boca”, perdió la alegría –sus festejos eran un show aparte– y gritó con bronca los que hizo. Se fue por la puerta de atrás. Como Viatri, sucesor natural de Palermo y bendecido por Riquelme. Blandi, el último de la fila, se quedó con un puesto que peleará con Gigliotti, artesano del área con rachas buenas y de las otras. ¿Serán solución para Bianchi? Mmm… Como sostiene Borges, mi técnico favorito: “Todas las teorías son legítimas y ninguna tiene importancia. Lo interesante es lo que se hace con ellas”.

Lo de Farías en Independiente fue un misterio que solo se explica a partir de falencias físicas o psíquicas. ¿Puede un profesional con 200 goles en el lomo, olvidar, a los 33 años, los secretos de su oficio? Imposible o no, sucedió. Y fue reemplazarlo por Adrián Fernández, un chico de la Reserva. Como Straqualursi, un gigantón con promedio de gol inferior al de Fabbiani que llegó a San Lorenzo desde el Everton y perdió la titularidad con chicos de las inferiores más veloces, hábiles, inquietos. Otro síntoma. Trezeguet, paradigma del 9 clásico, fue cesanteado por Ramón Díaz, que nunca lo quiso.

Y por fin llegamos al caso más curioso. Rogelio Funes Mori, eterna promesa, el 9 del futuro que se niega al presente.

Fue asombroso el destrato que recibió desde su debut, por propios y extraños. Después de que Passarella rechazó los 8.500.000 de euros que el Benfica ofertó por él en enero de 2011 y le advirtió al mundo que por menos de 15 millones ni lo molestaran, comenzó la sequía. Tres meses después Miguel, su padre, cometió un sincericidio que poco debe haber ayudado a  levantar el ánimo del pobre Rogelio, relegado por Pavone en el equipo de J.J. López que iniciaba su lenta agonía. “Rechazaron millones y ahora mi hijo no vale ni 200 pesos”, maldijo, despiadado.

Funes Mori parece tenerlo todo. Sabe cómo moverse en los últimos metros, no es un negado con la pelota, soporta la marca, mete diagonales, crea espacios, desborda. Pero no hace goles. Los erra con estilo operístico, sobreactuado, como un actor de cine mudo. Primero explotó la bronca. Después, algo peor: fue resignación y burla.

Le dieron chances. Lo mostraron. Pero como ninguna oferta llegó por su pase –que gracias a una técnica contable de notable optimismo figura como activo en el último balance–, el club decidió separarlo del plantel, aún con contrato hasta 2014. De remate, con su hermano. Los diarios ya habían publicado una foto suya en una playa con su novia, saltando, tomados de la mano –intuyo que impulsados por una cama elástica– en una pose, digamos, desafortunada; más cercana a Flavio Mendoza que a Balotelli. Para colmo, un tal Nanhu Romano rompió récords de visitas en Internet con su irónico Himno a Funes Mori, una melodía pegadiza con estribillo demoledor: “¡Y Funes Mori lo erró…!”. ¿Algo más? Sí. Un nenito de 5 años le explica cómo jugar. Y un aviso de Mercado Libre lo ofrece “con precio a convenir”. Nuestra creatividad es infinita –el mundo lo sabe– y más a la hora de patear al caído.

Funes Mori, más allá de su juego, carece de aquello que, por ejemplo, le sobra a Tevez. Carisma, ángel, seducción. Por alguna razón, asocio su figura –rostro enjuto, nariz afilada, pómulos marcados, cuerpo magro, piernas como juncos– con el personaje de Un artista del hambre, el cuento de Kafka sobre un ayunador que se exhibía en una jaula hasta que un día la gente, cansada de su arte inmóvil, empezó a hostigarlo. ¿Cuál era la razón del su eterno ayuno? El hombre lo confiesa, con un hilo de voz, al final del relato: “…porque no encontré comida que me gustara”. Muy kafkiano, claro.

Esa puede ser la clave. Quizá, lejos de esa jaula que lo martiriza, nuestro artista del hambre recupere su deseo, la confianza, la pasión por el juego; el gol. Repasemos la frase de Grombowicz, en el acápite. Confío en ella más que en el propio Funes Mori.

La juventud tiene cura, por suerte y por desgracia. Crecerá; y pronto sabremos si lo suyo es bloqueo o falta de vuelo. Pero ya está muchachos, déjenlo en paz. Si Maxi López lo hizo, ¿por qué no él?

Parece un caso menor y debe serlo, nomás. Pero sirve como espejo. Refleja nuestro placer cínico ante la desgracia ajena, la insólita confusión entre picardía y genialidad, la hipocresía, la imposibilidad de debatir ideas, el rejunte como fórmula de supervivencia; todo eso que vemos a diario y ya a nadie asombra.

(*) Esta nota fue publicada en la edición impresa del Diario Perfil

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