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13/04/2015

Eduardo Galeano, “un mendigo del buen fútbol”

Galeano era un fanático del fútbol. // CEDOC

El uruguayo, autor de las obras “Su majestad, el fútbol” y “El fútbol a sol y sombra”, murió hoy a los 74 años. Su pasión por la pelota y la extraña teoría sobre Messi.

“En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de fútbol”, aseguraba Eduardo Galeano el gran escritor uruguayo que falleció hoy a los 74 años en Montevideo. Dentro de su maravillosa obra, se destacan dos libros relacionados a la pelota: “Su majestad, el fútbol” (1968) y “El fútbol a sol y sombra” (1995).

Hincha de Nacional de Montevideo, pero no “enemigo” de Peñarol, Galeano era fanático de la número cinco. “Me gusta el fútbol, la guerra y la fiesta del fútbol, y me gusta compartir euforias y tristezas en las tribunas con millares de personas que no conozco y con las que me identifico fugazmente en la pasión de un domingo de tarde”, escribía Galeano en su primer libro dedicado a la pelota.

“El fútbol es la única religión que no tiene ateos”, definía el escritor. Y recordaba en un ciclo que emitió el Canal Encuentro: “Como todo los uruguayos, yo nací gritando gol. Y quise ser jugador de fútbol. Jugaba muy bien. Era una maravilla. Pero sólo de noche, mientras dormía. Durante el día supe ser el peor pata de palo de la historia de mi país. Soy un mendigo del buen fútbol”.

Hace casi dos años, Galeano le dio una entrevista a la Garganta Poderosa. En esa nota, el uruguayo aseguró que Lionel Messi “es el único jugador que me hace soñar y amar” y aseguró aseguraba tener una teoría sobre La Pulga, pero “sin base científica”.

Galeano: “El fútbol es la única religión que no tiene ateos”

“Creo que Messi es como un caso único en la historia de la humanidad, porque es alguien capaz de tener una pelota adentro del pie. Siempre se dice que Maradona la llevaba atada, pero Messi la tiene adentro del pie, y eso científicamente es inexplicable, pero vos ves que lo persiguen 7, 11, 22 rivales para sacarle la pelota y no hay manera de sacársela. ¿Porqué? Porque la buscan afuera del pie, y está adentro. Ahora ¿cómo puede caber una pelota adentro del pie? Es un fenómeno inentendible, pero es la verdad, él lleva la pelota adentro, no afuera”, describió.

Las definiciones de Galeano sobre Diego Maradona:

Algunas definiciones que se pueden encontrar en su exitosa obra “El fútbol a sol y sombra”:

El jugador

Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina. El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar. Los empresarios lo compran, lo venden, los prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo. En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:- Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.- ¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero. O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.

El Hincha

Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio. Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno. Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos. Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música. Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.

El gol

El gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna. Hace medio siglo, era raro que un partido terminara sin goles: 0 a 0, dos bocas abiertas, dos bostezos. Ahora, los once jugadores se pasan todo el partido colgados del travesaño, dedicados a evitar los goles y sin tiempo para hacerlos. El entusiasmo que se desata cada vez que la bala blanca sacude la red puede parecer misterio o locura, pero hay que tener en cuenta que el milagro se da poco. El gol, aunque sea un golecito, resulta siempre gooooooooooooooooooooooool en la garganta de los relatores de radio, un do de pecho capaz de dejar a Caruso mudo para siempre, y la multitud delira y el estadio se olvida de que es de cemento y se desprende de la tierra y se va al aire.

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