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21/05/2015

Yésica Bopp, mucho más que una campeona

Yésica Bopp, campeona dentro y fuera del ring. / Cabal

La otra cara de una de las mejores boxeadoras del mundo, que estuvo en la reinauguración de un gimnasio municipal. «Trabajar en el Cenard sería hermoso», dijo la Tutti.

De chiquita, Yésica Bopp se dio cuenta de que era “una polvorita” a la que no le gustaban los clásicos juegos de niñas como vestir y bañar a las muñecas. “Prefería ir con mi hermano y sus amigos, a saltar, correr o andar en bici. Y sí, era algo machona”, confiesa. Pero, claro, de ahí a terminar en un gimnasio de boxeo a los 16 años hay un largo trecho. “Siempre me gustaron los deportes. Hice handball y vóley. Pero luego quise buscar otra cosa y un amigo me dijo de ir a un gym en Wilde. Yo creí que eran todos varones, pero no fue así. Empecé con gimnasia hasta terminar con los guantes puestos. No conocía nada de boxeo, pero se ve que tenía un don porque aprendí muy rápido”, cuenta ya 15 años después.

La Tuti, apodo que le puso su hermano y luego adoptó el ambiente, tuvo que luchar contra los prejuicios de un ambiente machista y, a la vez, de una familia que no quería que la nena fuera boxeadora. “A mi vieja no le gustaba nada, pero la convencí por el lado de los buenos hábitos. Yo hasta ahí iba a bailar, tomaba alcohol, fumaba… Y dejé todo por el boxeo. Siempre quise hacerlo de forma muy profesional y eso me ayudó a convencer a todos”, explica Bopp, quien trabajó de camarera y cajera antes de empezar a ganar dinero con sus puños.

“Del boxeo primero me atrajo la parte física porque me encanta entrenarme y luego el poder boxear casi sin que me peguen. La típica boxeadora sale a tirar trompadas, yo soy distinta. Aprendí a pegar rápido pero también a elegir cuándo atacar y cuándo defenderme”, comenta. Hoy, a los 31 años, tras haber ganado dos títulos de minimosca de la AMB y el mosca de la OMB en el 2014, Bopp se ha convertido en una de las mejores cinco boxeadoras libra por libra del mundo (27 triunfos, una derrota). “Yo me dediqué a ser la mejor, no a ganar dinero porque en este deporte las mujeres ganamos un 80% menos que los hombres”, asegura.

Hoy la campeona está en receso por su reciente maternidad (Ariadna tiene dos meses), pero ya tiene el alta y piensa regresar al gym, de a poco, “al menos tres veces por semana”. El problema son las rivales. “No hay en mi peso. En mi última pelea, ante Daniela Bermúdez, ella bajó una categoría y yo subí dos. Peleé con siete kilos menos que ella. Gané, pero no es sencillo encontrar oponentes. Yo quiero a la alemana Susy Kentikián (NdeR: récord de 34-2, apodada la Reina Asesina), pero hasta ahora no se ha dado…”, cuenta.

Si hay una característica que define a la Tuti es su inquietud. Le gusta aprovechar los contactos que le dio el boxeo para prepararse y aprender para el futuro. “Esta carrera es corta y no quiero que, cuando me retire, no sepa qué hacer y tenga ese vacío que muchos llenan con la droga o el alcohol. Para eso me preparo para no ser sólo una boxeadora”, explica. Este año, Bopp se recibirá de psicóloga social en la Escuela Superior en Flores. “Me encanta conocer sobre el manejo de grupos y sería bueno aplicarlo al deporte, con adolescentes, sobre todo a los más humildes, para aconsejarlos y cambiarles sus hábitos. Trabajar en el Cenard sería hermoso”, admite.

Bopp tampoco es, desde lo estético, una boxeadora típica. De 1m50 y 48 kilos, sin músculos exagerados y con un cuerpo contorneado, levanta suspiros y piropos a donde va. “Se puede ser boxeadora sin perder femineidad. Soy una mujer que hace un deporte de hombres, pero una mujer al fin, que cuida mucho su imagen, que le gusta la ropa, pintarse incluso para una pelea y que sólo en el gimnasio se convierte en lo más parecido a un hombre. También es cierto que hay un estereotipo de boxeadora, que parece que tiene que ser niata, machona y lesbiana. Hay muchas chicas lindas que no son así”, analiza.

Por su carisma y belleza no sería descabellado pensar en un futuro como vedette. “He bailado en carnavales y me gustaría, pero no creo que para meterme ahora porque me sacaría el enfoque de mi carrera”, explica. Tampoco en la política, pese a que le nace ayudar a la gente. Por ahora lo hace con charlas para los más chicos (“Para contarles mi historia y hacerles saber que se puede”, cuenta) y gracias a su sponsor Weber St Gobain, a través de su programa Huella Weber. “Me gustó porque no sólo es un apoyo para mí sino que me ayuda a ayudar. Me dieron a elegir dos lugares y yo seleccioné dos gimnasios, uno en Concordia, que es mi ciudad adoptiva, y otro en Avellaneda”, cuenta quien el viernes estuvo en la ciudad para la reinauguración de la Escuela Municipal de boxeo. “Weber me dio los materiales y eso generó que otras empresas y organismos ayudaran a completar la obra”, explica.

Mujer bella y solidaria, madre, esposa y psicóloga social. La Tuti Bopp, mucho más que una boxeadora exitosa.

Fuente: Prensa Weber

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