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08/08/2015

Un baño millonario de humildad

El plantel de River que disputó la final de la Copa Libertadores. // AFP (Archivo)

El fútbol boutique del River campeón de América. Análisis y comparación con el Boca de Bianchi.

River siempre fue algo especial. El fútbol boutique, la distinción, los millonarios. Como cuervo, la solidaridad aviar con las gallinas siempre fue nula. Más bien, siempre me dieron bronca, una bronca profunda, de esas que sólo pueden tener origen en la envidia. Porque encima nos tenían de hijo.

Boca tuvo momentos grandiosos, pero era distinto. El Boca de Bianchi era contundente, pero no era un equipo tan lindo, tan vistoso, como el River de Ramón o el del Bambino. Y, sobre todo, a Boca más o menos podíamos ganarles. Costó, pero pudimos salvar los trapos de una paternidad que continúa hasta hoy. Con River, en cambio, eso era imposible. Cuando yo era chico, jugar con River era perder con River. Y un empate se festejaba.

Con el tiempo, las cosas cambiaron. Hasta que el 8 de mayo de 2008 vi cómo cayó el Muro de Berlín. Cuando eliminamos a River de octavos de final de la Libertadores, con ocho jugadores, en el Monumental, y con Ramón Díaz en el banco (¡pero en nuestro banco!) me di cuenta que estaba asistiendo a un cambio de paradigma.

River se volvía vulnerable. Podía ser un equipo más, podíamos ganarle. Claro que ni en mis sueños más delirantes podía imaginar que la caída podía ser tan profunda. De repente, River se volvía Racing. El equipo de Labruna pasaba a ser el del Tano Pasman. Y lo que había sido un semillero de cracks de exportación se transformaba en una máquina devoradora de ídolos. A propósito, ¿por dónde andará en estos momentos J.J. López?

Todo se transformó en una ironía venenosa cuando le tocó jugar, en la B Nacional, con Boca… pero con Boca Unidos. Cruel, muy cruel. Por eso hoy, este River campeón de la Copa Libertadores de América, este muy justo campeón, es un equipo que hasta me cae simpático. Obviamente, no soy gallina, ni festejé, ni nada por el estilo. Pero es un equipo digno, con la dignidad que tienen quienes sufrieron de verdad.

Odiaba a River cuando se paseaba inmaculado como el chaboncito millonario y lindo por el que todas las chicas se vuelven locas. Este River, en cambio, es el pibe de barrio, no muy agraciado, que cuenta las monedas, y sin embargo la rema con chamuyo y buena onda. No hablo del equipo, un buen equipo. Hablo de su historia, de sus hinchas, de su gente.

Si hasta siente aún el dolor de algunas espinas. Porque claro, Gallardo, el gran Marcelo Gallardo, el único que ganó la Copa como jugador y como técnico. Pero se tuvieron que cargar a un par de ídolos como Ramón Díaz y el pobre Pelado Almeyda, el único que dio la cara cuando tuvieron que remarla (¡y cómo!) en las tórridas aguas del ascenso.

Por último, un detalle: la foto de los reporteros gráficos argentinos posando con el cartel “Basta de genocidio en México”, por el asesinato del fotógrafo mexicano Rubén Espinosa Becerril tuvo como escenario un Monumental repleto de banderas de River. Lógico, el partido era contra Tigres, un equipo mexicano. Y sirvió como grito de justicia y expresión de solidaridad profunda. Pero sirvió, también, para darle al Monumental una revancha política histórica. En el mismo estadio en el que 37 años atrás, Videla, Massera y Agosti habían gritado los goles de Argentina, ahora los reporteros gráficos pedían “basta de genocidio”. Todo un avance.

Sí, gallinas, de todo abismo se vuelve. Y así, después de haber sufrido tanto, la victoria se disfruta un poco más. Festejen, se lo merecen. La copa, una vez más, está en buenas manos. Felicitaciones, River. Salud, campeón.

(*) Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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