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11/01/2016

Muchos países en uno

Sebastián Crismanich fue medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Londres, en 2012. // AFP

Repase los cuatro temas incluidos en esta nota. Y piense para sí sobre cuáles escuchó o leyó algo en los últimos tiempos. En qué nos detenemos a pensar y en qué no.

Hay días y momentos en los que parece que hay tantas Argentinas como argentinos vivimos en este suelo bendito. Con lógica de mutante, cada uno de nosotros se aferra a aquello que más le importa. Sea porque lo alivie. Sea porque lo aflige.

Entonces, el bochorno de la triple fuga deja de cotizar a manos de la muerte de un chiquito en cuatri, y del lodazal en que han convertido a la Provincia de Buenos Aires pasamos al Indice Big Mac argentino, que ha quedado por debajo de los valores del de Sri Lanka.

La inevitable –necesaria– depuración del desborde militante de la administración pública sostiene la grieta y los “medios hegemónicos” nos quieren hacer creer que nada importa más que el Chapo Guzman, como si no tuviéramos suficiente con nuestros propios y abundantes narcos.

Hay para todos. Tal vez, sos de los que pudo irse de vacaciones. Quizás estás en Mar de Ajó. Quizás, en Florianópolis. Por ahí sos de los que no tiene luz desde 2015 o sos uno de los que encontró en el arbolito de Navidad el mejor regalo de tu vida. Como la Xipolitakis. Si sos de los que padecés el ajuste –ése que algunos empresarios afines al gobierno saliente hicieron antes de que llegara Macri– sólo te importa retener tu laburo o, en el mejor de los casos, cobrar una indemnización; al menos, que te paguen el aguinaldo o el mes de octubre. Y si sos uno de los millones de desocupados que jamás figuró en ninguna estadística, estarás a la espera de pegar un trabajo que te alcance para algo más que comprar esas chapas que, igualmente, se llueven al primer chubasco.

La única verdad es la realidad. Sólo faltó que nos aclarasen que esa realidad se multiplica y diversifica por millones.

Cuando miramos la realidad de otro desde la nuestra solemos verla exagerada; a veces, incomprensible. Sin embargo, es un buen ejercicio intentarlo. Tal vez comprendamos que ni lo nuestro es tan profundo ni lo de los otros es tan trivial. Y que la injusticia asoma como moneda corriente.

El deporte argentino –como el de todo el mundo, claro– vivirá en 2016 algo tan relevante como los Juegos Olímpicos. Tan relevante que, a medio año del certamen, a la mayor parte de la opinión pública lo que sea de nuestros atletas les importa un bledo. Los hay preparándose. Los hay esperando estar en la lista final. Los hay, como Las Panteras del voleibol, intentando ganarse un lugar.

Son temas menores. Para giles del generalismo del deporte. De los deportes raros, como decían los vivos del fútbol de la década del 70 mientras gastaban a mi viejo. A la larga, aquellos visionarios de mirada corta la están pasando un tanto peor que el Abuelo Diego: a veces, vivir como millonario de manos del Estado cuesta caro.

Nosotros, como opinión pública, estamos acostumbrados a que la vuelta de Osvaldo, la muy extraña negociación por Calleri o las confesiones de un futbolista acusando a sus dirigentes de comprar un árbitro que, al final, los perjudicó, importen infinitamente más que un centenar y medio de musculosos y musculosas que se desviven por desfilar detrás de la bandera celeste y blanca en agosto próximo. Dentro de ocho meses, todos hablaremos sobre ellos. Y muchos de ustedes llorarán frente a la tele si alguno ganase una medalla dorada y sintamos que esa bandera y ese himno son más nuestros que nunca. En ese momento serán el ejemplo de argentinidad que nunca tuvimos y representarán la hija o el hijo que quisiéramos tener. Mientras tanto, nos importarán un carajo. Y si no les va bien, recordaremos que no somos ni China ni los Estados Unidos. Les voy avisando: no lo somos. Tampoco somos Etiopía, Kazajistán, Colombia o Corea del Norte, que figuraron entre los 41 que nos superaron en el medallero de Londres 2012.

Algún día nos haremos cargo de esto de pretender ganar medallas en deportes que acabamos de descubrir frente al televisor. Que no sabíamos ni que existían ni que se practicaban en el país.

Esa lucha desigual entre lo que consumimos desesperadamente y lo que pelea por tener una ventanita en una punto com de segundo orden no es nueva y está vigente aun en estos días de ojota y helados de agua a 40 pesos.

De un lado, los torneos de verano. Ese engendro cada vez menos atractivo en el cual las grandes estrellas que tanto se promocionan brillan por su ausencia. Consumiremos las previas como si se tratase de la semifinal con Holanda y luego justificaremos los bodrios entrevistando a especialistas en gimnasia en los médanos. Desde ya, dedicaremos un capítulo clave a nuestros entrañables barras, esos que ya de movida condicionan la realización del San Lorenzo-Huracán seguramente inviable para una provincia que, hace un año, obligó a cerrar las estaciones de servicio de la Ruta 2 para garantizarse que no las saquearan los bondis infectados de mercenarios camino a un River-Boca. Deberíamos ser más condescendientes con nuestros barras. Entendamos que algunos de ellos abandonaran su carpa en el parador más exclusivo de Cariló para asistir a un partido que les importa tanto como todos los demás a los que van… y miran de espaldas a la cancha.

Del otro, los muchachos del taekwondo, que aún pelean por ganarse un lugar en Río. Eso incluye al enorme Sebastián Crismanich, única medalla dorada argentina en Londres, que se está deslomando para ponerse a tiro para el preolímpico de Aguascalientes luego de una tremenda fractura de tibia y peroné que le destrozó el 2015. Tanto él como el resto de los aspirantes encabezados por Lucas Guzman –casi clasificado– terminaron el año esperando que dejasen entrar en el país las pecheras compradas por el mismo Estado que las retuvo en la Aduana. Estas pecheras no son un capricho. Son las que se usarán en Río, de fabricación española, a las cuales necesitan adaptarse urgentemente camino a los Juegos. Los que entienden del tema explican que los sensores que establecen si la patada o golpe de puño dado ameritan adjudicarle un punto a quien lo pegó obligan a un impacto más neto y firme que los anteriores. Dicho en bruto. Las necesitan para practicar ni más ni menos que la forma de hacer goles en su deporte.

De un lado, el Rally Dakar. Admito que no soy un fanático de los deportes mecánicos y que los hay por millones en la Argentina. Por eso tienen tanto arraigo las categorías más tradicionales como el TC y sus parientes directos. De tal modo, aprendí a admirar a Fangio y a Reutemann, a Oscar Gálvez y al Flaco Traverso, a Mouras y a Matías Rossi. Nada malo con esa maravilla que alguna vez me tuvo en vilo en la puerta de La Solana, en tiempos en los que el Gran Premio de TC pasaba por la tranquera ubicada a metros de la Ruta Provincial 12, que une Cavanagh con Corral de Bustos. Sin embargo, nunca entendí demasiado el encanto de que una competencia que nació como una extravagancia en el desierto y que se caracterizó por atravesar varias de las locaciones más pobres del planeta sea un orgullo que pase por nuestras tierras. Mucho menos, que en nombre del espectáculo se dañen lugares históricos protegidos por la Unesco, como denuncia una editorial del sábado de La Nación. No veo nada gracioso que hayan elegido a mi país para reemplazar a Senegal o Mauritania, con respeto y solidaridad por cualquier nación hermana. Nunca me olvidaría de que la competencia abandonó su recorrido original en 2008 cuando el gobierno francés advirtió de posibles atentados. Es decir, no la trajeron acá de onda, sino huyendo de Al Qaeda. Como sea, con sus vidas y sus muertes, el safari se lleva en los medios todo aquellos títulos que no ocupa el fútbol.

Del otro, la historia de un esgrimista argentino. Medallista panamericano en Toronto en la especialidad de sable, cometió la tropelía de aclarar ante las cámaras que él no tenía demasiado que agradecer y que tanto él como su familia habían hecho un esfuerzo enorme para instalarse a competir y prepararse en Europa. A fin del año que acaba de terminar, Ricardo se enteró de que no le facilitarían el pasaje de regreso a Europa, pese a la gestión que hizo ante su federación. Después de que la entidad intentara sacarse de encima el fardo y adjudicárselo al Enard, se supo que jamás los dirigentes de su deporte hicieron el pedido formal. Y que ahora estaban por demás enojados porque, además, había dado a conocer su tema a un sector de la prensa.

En una Argentina en la cual desde varios sectores de las nuevas administraciones se horrorizan por los años que llevan ciertos intendentes y gobernadores atornillados a sus tronos, es bueno que revisen ciertas organizaciones deportivas. En algunos casos, los Barones del Conurbano parecerían los Reyes de la Alternancia.

Repase los cuatro temas. Y piense para sí sobre cuáles escuchó o leyó algo en los últimos tiempos. Y de cuáles acaba de enterarse.

No pretendo que deje de ser hincha de fútbol –lo soy– ni que abandone su condición de fierrero apasionado –no lo soy–; simplemente, con una mano en el corazón, piense para sí cuáles son los asuntos primordiales.

Una vez concluido el proceso, usted y yo volveremos, sin culpa, a nuestras respectivas banalidades.

Esta columna fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil

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