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19/06/2016

Los hinchas del fútbol: todólogos del deporte

Sebastián Crismanich no estará en Río de Janeiro pero dejó su huella en Londres en 2012. //CEDOC

Falta poco para que todos seamos judocas, remeros y clavadistas. Es maravilloso que así sea, al menos durante un par de semanas cada cuatro años.

Los deportistas de elite son, entre muchas otras cosas, una especie de embajadores nuestros en el selecto grupo de talentos del cual jamás formaremos parte.

Así hablemos de fútbol, de básquet, de taekwondo o de ajedrez, ellos son todo eso que nosotros jamás pudimos ser, aunque hablamos como si hubiésemos podido serlo por el solo hecho de proponérnoslo.

Tal vez por eso hay algo de patético en nuestra condición de hincha, esa que nos lleva a gritar espantados cuando ese nueve, que si no hace goles no puede ser nueve, remata desviado frente a un arquero indefenso. Nos horroriza que ese señor que logró lo que nosotros jamás hubiéramos podido, de pronto, se nos parezca. El asunto es un poco más brutal: ninguno de nosotros hubiese llegado, ni por estado físico, ni por instinto, ni por comprensión del juego, a estar ahí, frente a un arquero encomendado a un Dios que lo abandonó. Creo que lo más lamentable que puede pasarle a un partido de fútbol es que quienes juegan lo hagan tan mal como el resto de los mortales. Lo extraño es que nos espante ver con nuestros propios ojos la expresión más cercana de lo que nosotros mismos somos haciendo deporte. Es casi tan impropio como Lázaro Báez o Boudou espantándose con el Caso Lopecito.

Más que un talento natural, ese nueve que se pierde un gol imposible recorrió toda una vida para llegar a ese momento. Es como cuando te dicen que, ante un match-point en Wimbledon, Federer está por jugar un tanto que vale tres millones de dólares: ese mismo día, y el anterior y durante los últimos treinta años de su vida, Federer ha jugado un poco de ese punto. Y si fallase, hablaríamos de la presión, las dudas, el ocaso.

Jamás practiqué nada parecido a un deporte de verdad. Las veces que hice algo frente a algo parecido al público fue a modo de absoluto entretenimiento: en esos casos, la audiencia quiere que las cosas las hagas mal; es decir, que seas tan torpe como sos. De todos modos, puedo imaginarme a ese nueve a punto de marcar el gol de su vida y pienso si en esos segundos que tiene entre que la pelota le llega y patea como usted o como yo no habrá pensado en sus orígenes, en sus viejos, en la pobreza, en la tapa de los diarios o en lo fácil que le resultará esa misma noche llevarse al huerto a varias de esas minas que lo ignoraron rotundamente cada vez que pasó por el boliche después de un domingo estéril. Quizá no piense en nada de eso. Pero con sólo imaginarme parado frente al arco, viendo miles de cabezas ansiosas que, desde esa tribuna tan cercana, esperan que yo les dé la felicidad que les niegan la vida y los gobiernos, se me frunce el entrecejo.

Vicio de periodista rebuscado, esta introducción podría resumirse con una frase que, desde hace algunos años, me acompaña cada vez que me toca hablar de los deportistas de alto rendimiento: hay que ser muy bueno para ser muy malo.

Dicho de otro modo. El peor futbolista registrado en la FIFA, el 2000 del ranking mundial de tenis o el antepenúltimo en una maratón olímpica es infinitamente mejor que el mejor de los que practicamos el deporte como asunto recreativo.

Hay quien dice, por ejemplo, que el golf es un entretenimiento que muy pocos seres humanos convierten en deporte. Basta ir ahora mismo a cualquier campo de golf más o menos cercano para corroborar que la mayoría de esos señores y señoras vestidos para la ocasión y cargados con palos último modelo no bajan de 120 golpes para el mismo recorrido que cualquiera de los “de verdad” aborrecería hacer en más de 70. En realidad, creo que esto mismo pasa con cualquier otra disciplina.

No son pocas las subestimaciones que nacen en la ignorancia; o en la soberbia que, para el caso, son la misma cosa.

A dos meses de los Juegos de Río, los hinchas de fútbol comenzarán esa inverosímil mutación que, de a poco, los convertirá en todólogos del deporte, después de cuatro años de despreciar todo aquello que no sea once contra once en dos tiempos de 45. Unos cuantos periodistas con pasaporte al día –para el caso de que sean otra cosa que hinchas de fútbol–, también.

Mientras tanto, es decir durante la mayor parte de esos cuatro años en los que hablar de handball, básquet, canotaje o garrocha es para giles que, como tales, tampoco tienen derecho a hablar de fútbol, desde la mayor parte de los medios la clasificación olímpica de Ana Gallay y Georgina Klug (beach voley) no mereció ese espacio que, a la misma hora, se llevó el anuncio de que Marcelo Barovero volverá a River… dentro de tres años. Y se destacó la sanción por doping de Martín Carrizo, ese nadador santafesino de cuya clasificación olímpica para correr 1.500 metros libre (natación) no se había publicado casi nada. El meritómetro histórico de la prensa argentina que desprecia todo aquello que un par de presuntos eruditos de la edición periodística consideran poco popular ha alcanzado niveles apocalípticos en tiempos de las punto com.

Desde ya que ni el fútbol ni sus protagonistas tienen la culpa de este fenómeno. Del mismo modo, quienes conducen la mayoría de las federaciones olímpicas tampoco son inocentes. Aun en voz baja, no son pocos las mujeres y los hombres del deporte argentino que consideran que casi no hay federación que no tenga su “Grondona”; para peor, sin siquiera haber logrado para su deporte las cosas positivas que Don Julio consiguió para el suyo.

Es decir, no es culpa de Mascherano que haya trascendido el (¿supuesto?) reclamo de entradas para el plantel finalista la noche previa al partido con los alemanes en el Maracaná, mientras muchísimos deportistas argentinos dibujan números inalcanzables para lograr ese sueño incomparable: que sus familiares y amigos los vean competir –quizá triunfar– en los Juegos Olímpicos geográficamente más accesibles que se podían pretender. En este caso, no sólo se trata de una lucha desigual para conseguir las entradas sino de ver cómo digerir los costos de entre dos y cinco veces por encima del valor original.

Queda claro que falta poco tiempo para que todos seamos judocas, remeros y clavadistas. Y es maravilloso que así sea, al menos durante un par de semanas cada cuatro años. Es más, es probable que algo de eso suceda aun antes de que arranquen los Juegos, en un país que ni siquiera puede asegurar que el presidente actual vaya a estar, con cargo o sin él, en la ceremonia inaugural. Apenas termine la Copa América –domingo próximo–, el calendario futbolero apenas abrirá la canilla para la Copa Argentina y la continuidad del Boca de los Mellizos en la Libertadores; no es poca cosa, por cierto, pero dejará algo de aire para que nos colguemos los anillos del cogote y empecemos a elucubrar sobre medallas como si Beijing, Texas, Moscú y Munich quedasen en el Conurbano.

Sin embargo, ése será el tiempo de recordar lo poco que nos importó ese tremendo recorrido que hace cada atleta para tener una cama en la Villa Olímpica. Todos sueñan con un podio. Tanto como saben que, a veces, cuesta tanto clasificarse como ganar una medalla. Le pasó al fútbol, que estuvo a un minuto de quedarse afuera de Beijing –gol de Lautaro Acosta en tiempo de descuento en el cierre del Sudamericano Sub 20– y después se floreó con ese combo insuperable que incluyó a Riquelme, Messi, Agüero y Mascherano, uno de los dos argentinos con dos medallas doradas ganadas en la historia. Y le pasó al básquet, que camino a la gloria absoluta de Atenas estuvo a una derrota de no superar los cuartos de final en el Preolímpico de San Juan, Puerto Rico.

Tan difícil es todo, tanto cuesta ganar una medalla, que da un poco de pena que el fútbol en general desprecie tanto el valor de una medalla olímpica. No se la computan a Messi, fue dicho hace una semana. La ignoran en Bielsa e importa poco que tengan una Carlitos Tevez, el Piojo López y los deudos de Domingo Tarasconi.

A nosotros, hinchas de fútbol, nos parece un disparate prestarle al olimpismo a Messi, “ese pecho frío que todavía no ganó nada”. Ni siquiera nos importa habernos guardado inútilmente a Dybala, a quien la Juventus no presta así como, dicen, Boca hará con Cristian Pavón.

La Argentina salió de pobre gracias al fútbol después de 52 años sin medallas doradas. Y cada vez que el fútbol se clasifica, la cantidad de cronistas que cubren los Juegos crece de manera exponencial. Entonces, todos somos olímpicos.

Antes y después, el olimpismo sólo será asunto de esas personas extrañas que lloran de emoción cuando pegan un bronce y se cuelgan con orgullo esa plateada que premia al segundo. Gente ridícula que no entiende que lo único que importa es salir primero.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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