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24/07/2016

Crisis en el fútbol: ¿Cambió algo, acaso?

Armando Pérez padece una trombosis pulmonar. / Telam archivo

Armando Pérez se convirtió en el hombre que todo lo va a arreglar. Pasó de ser el titular del comité de regularización a una especie de mesías.

Por algún extraño mecanismo que no logro descifrar, muchos argentinos somos cultores irracionales –casi infantiles– del personalismo. Nuestros problemas no serán resueltos ni nuestras ilusiones satisfechas ni por ideas ni por equipos de trabajo sino por una especie de ídolo de pies de barro. Entonces, el que creímos que era Papá Noel termina siendo un viejo barbudo y gordo que se disfraza de rojo.

Cuesta asumirlo y hasta da vergüenza. Pero, tarde o temprano, el trazo grueso de nuestra historia nos mostrará tan fanatizados admitiendo que todo lo va a solucionar el General como asintiendo con lógica rabiosa que se designe dueño de todo nuestro dinero a Cavallo, ese señor que, por obra y gracia de esa mezcla de paciencia y cinismo que de tanto en tanto aflora de nuestras almas, sigue explicándole al mundo cómo solucionar aquello que él, lejos de acomodar, destrozó. Jamás asumiremos que permitimos, y hasta aplaudimos, que una misma persona haya atravesado con influencia absoluta una dictadura, un gobierno presumiblemente peronista y un gobierno presumiblemente radical. A Cavallo sólo le faltó convencer a Altamira.

En línea con este culto casi fetichista, hemos convertido a Armando Pérez en el hombre que todo lo va a arreglar dentro de la AFA. Pérez, empresario de largo recorrido, hombre de medios, socio de Santo Biasatti y responsable del único gerenciamiento positivo de nuestro fútbol, pasó rápidamente de ser el titular del comité de regularización a una especie de mesías sanador. Más allá de sus pretensiones, eso asoma cada vez que se lo presenta ante la opinión pública como el señor que se junta con Bauza, el que negocia con el Gobierno –al día siguiente del 38 a 38 ya se lo apuntó como el favorito de Macri para manejar el fútbol–, el que hablará con los otros candidatos, cuantos quieran que ellos sean, y el que convencerá a Messi de volver a ponerse la celeste y blanca lo antes posible.

Pérez es, para mi gusto, uno de los cuatro o cinco dirigentes potables que merodean el área de decisiones importantes de la AFA. Sin embargo, se le hace un flaco favor a su desembarco formal de hombre con poder de decisión cuando se lo expone unipersonal: no sólo esto genera celos casi histéricos en algunos de sus colegas sino que deja a un costado esa necesidad prioritaria que es la de juntar cuantas más almas nobles sea posible. Independientemente de sus ideas, sus pretensiones y los clubes a los que representen. Almas nobles. Parecen demasiado pocas para, encima, dividirlas.

Por otro lado, cuando decimos Armando Pérez y ya no Julio Grondona, tenemos que tener cuidado y no confundir a la gente creyendo que, de golpe y porrazo, todo cambió. Es más, ni siquiera la presencia del presidente de Belgrano al frente de este órgano presuntamente normalizador, diluye aquel asunto de Tinelli contra Moyano, clubes grandes contra los del ascenso o como diablos se quiera llamar a toda la porquería que viene aflorando desde que el fallecimiento de Grondona dejó a la AFA con cajones por abrir llenos de sorpresas.

La sensación es que queremos creer que efectivamente algo está cambiando. Sin embargo, hay decenas de motivos para pensar todo lo contrario.

Sólo para empezar, nadie, ni desde los clubes ni desde el Gobierno, habla abiertamente de buscar una solución al desastre que provocan los barras. La ministra Bullrich habló de que pronto anunciará un plan revolucionario al respecto: sería sano ponerlo en práctica de inmediato ya que, mientras tanto, el presidente de Lanús, Nicolás Russo, dice con su habitual franqueza que “ni soñemos con visitantes en las canchas para el próximo torneo”. Respecto de los violentos, es evidente la imposibilidad de que algo se haga desde el fútbol o desde la política en tanto no hagan al menos un mea culpa aquellos que, desde casi todos los rincones de esos ámbitos, tienen con los mercenarios vínculos que pasan por matices como el rehenazgo, la dependencia, la complicidad y hasta la asociación ilícita. En algún caso, el dirigente político o el deportivo es, en sí mismo, un barra brava.

Creo fervientemente que el fútbol argentino no tendrá una solución si no empieza por erradicar este fenómeno. Es más, estoy convencido de que, si empezara por ahí, el resto del camino sería mucho menos complicado de lo que parece. Entre otras cosas porque es imposible pedir honradez, responsabilidad y decencia dentro de entidades conducidas por gente que, aun aquella de buena voluntad, es incapaz de vivir fuera de semejante mugre.

Sin embargo, no es el de la violencia el único aspecto que permite suponer que nada de fondo está cambiando.

Un caso es el de la elección del entrenador del seleccionado. Se habla de Bauza, de Russo, de Sampaoli, de Bielsa. El caso de Simeone es más extremo: pensar que la Argentina puede tener entrenador part-time es un mamarracho idéntico a considerar que Atlético Madrid podría permitírselo, que es lo que sucedería si el disparate fuese viable. Hay que buscar en los antecedentes de quienes promocionan esta variante para entender un poco más cómo se les ocurre algo así.

Pero esto no es lo peor de todo, sino creer que cada uno de los nombres mencionados representan una lógica similar para conducir un equipo nacional. O que Bauza y Sampaoli, por ejemplo, utilizarían con idéntico criterio la maravillosa materia prima de la que sigue disponiendo nuestro fútbol. Tal vez este escepticismo tenga que ver con la indignación que me produce comprobar minuto a minuto que a Gerardo Martino hubo dirigentes que le hicieron una cama. Viendo que se tardó 48 horas en habilitarle al Sub 23 los mismos jugadores que se le negaron al Tata hasta el día de la renuncia me impide pensar diferente. Dicho de otro modo: sólo el lodazal hediondo que rodea a la AFA impidió que Martino siga siendo el técnico del equipo.

Otro caso es el del torneo que no será la Superliga pero tampoco sabemos del todo bien qué será. O cómo se jugará, cuándo comenzará, cómo se televisará y si se piensa mantener al día a los árbitros para que al menos haya alguna autoridad a mano.

O la historia del pobre combinado juvenil que se quedó en Europa sin entrenador. Y la ausencia misma de un proyecto para que alguien empiece a trabajar con los pibes cuyas victorias pasadas tanto celebramos de la mano de Pekerman y su equipo.

Por buena voluntad que expresen Armando Pérez y los otros miembros del flamante cuerpo, el predio de Ezeiza sigue siendo el despropósito de la inacción: son muchísimas más las horas en las que nada pasa que en las que se está construyendo algo a favor del juego que más nos apasiona.

Finalmente, ¿qué razones objetivas existen para creer que se está refundando nada si casi todas las piezas alrededor de las cuales se mueve este barullo son preexistentes?

Todos tenemos derecho a equivocarnos y más de una vez hemos agachado la cabeza, incapaces de saber cómo decir que no a un disparate. ¿Qué derecho tendría uno, que tantas veces se equivocó frente a las urnas, de pretender excelencia en gente que, al fin y al cabo, no es tanto más que un vecino del mismo barrio?

Lo que descorazona es no advertir en muchos de los nombres influyentes de nuestro fútbol el empeño suficiente en cambiar las cosas, en admitir los errores y hasta las miserias, en contarnos qué fútbol pretenden.

Es probable que algunos no tengan más idea que la de jugar su partido. Que otros no quieran que nadie cambie demasiado. Y un par crea que ni se han equivocado ni han sido miserables. No debe faltar el que, consciente de todo esto, directamente no considera necesario admitir nada ante nadie. Al fin y al cabo, de eso se trata una parte de nuestra clase dirigente.

Lo realmente triste sería que, entre los que realmente tienen aspiraciones de poder, lo importante no sea modificar la lógica monolítica y nociva que instaló Grondona, sino hacerse dueño de ella. Que nadie cambie el sillón, sino que el sillón cambie de dueño.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil

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