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14/12/2017

Por esas lágrimas de Ariel Holan

Ariel Holan y su emoción a flor de piel tras el título conseguido con Independiente. / AFP

La noche previa a la final que se jugó en Avellaneda pasé por el hotel donde concentra el plantel de Independiente y tuve la suerte de cruzarme con Ariel Holan. Hablamos del equipo, del Maracaná, del sueño copero. Hasta que en un momento me contó una anécdota: cuando era pibe, a los cuatro o cinco años, un abuelo le había regalado un grabador de cinta y él lo usaba para registrar sus propios relatos de partidos, pero no de partidos intrascendentes o amistosos insulsos, el niño Holan grababa una final, una súper final, una finalísima entre Independiente y una Selección Mundial integrada solo por los tres o cuatro jugadores europeos que conocía. Con leves variantes, el partido era siempre el mismo: el Rojo empezaba perdiendo, la pasaba mal y a duras penas conseguía empatar, entonces el entrenador se la jugaba y metía un cambio. ¿Quién entraba? Holan, por supuesto. Y ocurría: el jugador Holan convertía el gol del triunfo que el niño Holan relataba con alaridos durante las siestas en Lomas de Zamora.

Holan, el técnico, me contó esta historia con los ojos vidriosos, y me mostró los pelos erizados del brazo, como si necesitara una prueba para demostrar que su historia con Independiente es auténtica. Y algo más: me hizo escuchar un audio de WhatsApp con la voz de su nieto de apenas dos años que canta “señores dejo todo, me voy a ver al Rojo, porque los jugadores, me van a demostrar, que salen a ganar, quieren salir campeón, que lo llevan adentro, como lo llevo yo”. Y me explicó: “Ves, esto es Independiente para mí y para mi familia”.

En ese momento quise más que nunca que el Rojo saliera campeón. Por el club, por los hinchas y también por el técnico.

Hace una semana que estoy de vacaciones con mi familia a siete mil kilómetros del Maracaná, en una ciudad donde no se enganchan ni con los partidos de los mundiales. Tuve que mirar la final en una tablet prestada y a través de un streaming trucho. Como recuerdo de esta Copa Sudamericana me quedan esos noventa minutos con la vista clavada en una pantalla diminuta, el festejo en soledad y el llanto de Holan, ese desahogo furioso, pasional y emotivo de aquel pibe que a los cuatro años soñaba con sacar campeón a Independiente.

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