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02/12/2018

Es el negocio, man

Los dueños de la pelota. Angelici y D’Onofrio, en una disputa que no se sabe cuándo termina. //Telam

Por Sergio Olguín (*) | La final se mudó a Madrid y el show debe continuar. En España deben creer que los libertadores de América son Washington y Jefferson.

Cuando la Copa Libertadores pasó a llamarse Copa Toyota Libertadores tendríamos que haber desconfiado. Algo había comenzado a andar mal y, cumpliendo el postulado de Murphy y de cualquier persona sensata, siguió funcionando mal. Un torneo que vende su nombre al mejor postor pasa a ser un programa televisivo, un espectáculo donde lo que importa es la facturación y que el show siga, siga. Solo así se entiende que la Conmebol y dos de sus secuaces, Boca y River, hayan decidido jugar la final en Madrid.

Ya saldrán los defensores de ricos y poderosos a decir que Boca y River “solo” aceptaron lo que la Conmebol decidió. No, señores. Ellos aceptaron ser parte de este circo. Si no, que saquen un documento en conjunto, que salgan sus jugadores a repudiar el hecho, que realicen alguna protesta. Si solo van a hacer pucheritos frente a cámaras es porque son cómplices. Al fin y al cabo jugar en el Bernabéu les garantiza mejor vidriera para vender a sus jugadores.

Es la plata, gil. Avivate. No les interesa, ni los hinchas de River (que se sienten enojados porque le quitaron la localía), ni los de Boca (traicionados por segunda vez en tres años por la Conmebol, más la inoperancia/complicidad de su dirigencia), ni los amantes del fútbol que todavía creen que la Copa (Toyota) Libertadores es un torneo continental serio.

Después del criminal ataque de los hinchas de River al micro de Boca, después del mal manejo de la seguridad realizado por el Gobierno de la Ciudad, el superclásico se tenía que jugar. Había que esperar un tiempo prudencial para que los jugadores de Boca se recuperaran y que el Gobierno de la Ciudad explicara su nuevo plan de seguridad. Se debería jugar en el Monumental y con público local. La hinchada de River demostró un excelente comportamiento el día de la suspensión, incluso luego de haber estado cuatro horas de rehenes de las conspiraciones de sus dirigentes, de los de Boca y del órgano sudamericano.

¿Pero cómo esta dirigencia marcada por la corrupción y los negocios no iba a aprovechar la locura de unos estúpidos para hacer un gran negocio? Y no tuvieron ningún reparo de llevar la Copa Libertadores a España. Total esos dirigentes no saben lo que significa el nombre. Deben creer que los libertadores de América son Washington y Jefferson. La única preocupación es que el estadio no se llame Hyundai o alguna otra marca que le pueda hacer sombra a Toyota, que es la parte importante del nombre.

Si ahora las hinchadas se matan en los aviones rumbo a España, en los albergues y hoteles de Madrid, en el Obelisco o en cualquier calle de la Argentina, a la Conmebol no le importa. Puede haber muertos, heridos, destrozos y, lo que multiplica la gravedad del asunto, artículos periodísticos hablando de lo mal que estamos como sociedad.

Lo único bueno que tuvo las idas y vueltas posteriores a la barbarie es lo que se generó en los hinchas de River. Ellos sintieron toda la furia, el miedo, el desprecio que despierta que el equipo contrario gane en un escritorio. Se burlaron con saña justificada de la posibilidad de que a Boca lo declarasen ganador de una serie, tal como ocurrió en el 2015 con River. Ahora los hinchas millonarios entendieron algo: no hay nada más despreciable que ganar en un escritorio, nada menos digno que un presidente que sale a reclamar los puntos entre gallos y medianoche, nada más vergonzoso que sentirse campeón cuando se tiene la mancha de  un partido regalado.

Ahora sí, juguemos. El negocio de los dirigentes ya está hecho, la estupidez de los violentos también. Que al menos por 90 o 120 minutos estos jugadores magníficos (por algo llegaron a finalistas) nos brinden lo que siempre quisimos: fútbol.

*Escritor.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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