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06/12/2018

Superclásico en Madrid: Rebélense, jugadores

Boca y River jugarán la final de la Copa Libertadores en Madrid. / Fotobaires

En estos días de Superfinal recargada, de despojos colonialistas, barrabravas viajeros y circo mediático, vale recuperar –es imprescindible recuperar- lo que decía Sócrates. No el filósofo griego, sino el futbolista brasileño, aquel exquisito mediocampista que brilló en los ochenta y que fue símbolo de la Democracia Corinthiana en tiempos de dictadura. Cada vez que lo entrevistaban, Sócrates contaba que quería promover una “reforma constitucional” o formular un proyecto para que los jugadores de Brasil estuvieran obligados a formarse. No porque quisiera que hablaran lindo o citaran a Sartre, sino porque consideraba que los futbolistas podían ayudar a visibilizar algunas injusticias, justamente por la gran repercusión que tienen. “El futbolista es muy importante para las futuras generaciones en un país como el mío. Es la persona más oída. Es la referencia de muchos chicos y de mucha gente”, decía Sócrates. Algo así como el poder del fútbol aplicado a la pedagogía y a la educación.

Sócrates –que además de mediocampista era médico y gran lector de filosofía (“Estoy aquí para leer a Gramsci en su lengua original”, dijo en 1984 cuando lo fichó Fiorentina)– no se hubiese quedado callado si su Corinthians jugaba una final de Copa Libertadores en Europa. Como tampoco se hubiesen quedado callados Juan Román Riquelme o Diego Maradona, por citar dos ejemplos argentinos y no necesariamente idénticos. De Sócrates lo intuimos. De Riquelme y Maradona lo sabemos, porque hablaron en estos días, luego de la suspensión por los piedrazos y agresiones al micro de Boca en una zona liberada.

“Hay pocas cosas que son nuestras. El asado, el mate, el dulce de leche y el Superclásico. Nos acaban de quitar este último. Era nuestra fiesta en nuestro país. Es triste que se juegue en otro país. La final ya no es lo mismo. Va a ser el amistoso más caro de la historia”, dijo Román.

El domingo, el técnico de River, Marcelo Gallardo, también mostró su fastidio y su enojo por la decisión de la Conmebol: “La Copa Libertadores de América muchachos, jugar a 10.000 kilómetros…Alguna vez nos vamos a replantear lo que acaba de suceder. Tal vez vamos a recordar esto como una vergüenza total. Hoy fuimos nosotros, tal vez mañana sea otro, no importa. Pero al hincha de River le robaron una posibilidad única”, remarcó. Su colega del otro lado, Guillermo Barros Schelotto, no quiso entrar en polémicas: “Hay que acatar la decisión de Conmebol”.

Pero desde que se suspendió el partido y empezó el triste show dirigencial de idas y vueltas, los jugadores de River y los jugadores de Boca no dijeron ni mu. Nada. La mayoría calló. Y los que hablaron, dijeron lugares comunes como “son decisiones que no tomamos nosotros” (Benedetto). Recién hoy, ya en Madrid, el capitán de River, Leonardo Ponzio, salió a decir algo más o menos sólido. Aunque se centró más en la solidaridad con los jugadores de Boca el día de la suspensión, que en el despojo al que sometieron a la mayoría de las 67 mil personas que querían disfrutar el partido de sus vidas en el Monumental. “Mucho de lo que se dijo no fue verdad porque nosotros actuamos de la mejor manera. Hubo jugadores de nuestro plantel que se comunicaron con algunos jugadores de Boca”, teledirigió Ponzio a Tevez y compañía, que en medio del bochorno dijeron que no habían recibido ninguna muestra de solidaridad por parte de los jugadores de River.

Más allá de ese mensaje, ¿no hubiese sido necesario que Ponzio –o Armani, o Pratto, o Gago, o Ábila– salieran a cuestionar este viaje absurdo que quedará como una mancha por los siglos de los siglos? ¿No hubiese sido necesaria la prédica de Sócrates, y que los futbolistas –que en definitiva son los dientes del negocio y los únicos capaces de detener el engranaje– se opusieran a esta ridiculez de definir la mayor copa sudamericana en otro continente?

La Conmebol se vende al mejor postor, ya lo sabemos.

Los dirigentes sólo están interesados en quedar bien parados y piensan más en ellos que en los clubes, ya lo sabemos.

La AFA está pintada, ya lo sabemos.

Los funcionarios no tienen ni aptitudes ni sensibilidad social, ya lo sabemos.

Los barras gozan de impunidad y se ríen de nosotros todo el tiempo, ya lo sabemos.

Los periodistas –los deportivos y los otros– son en su mayoría una desgracia, ya lo sabemos.

¿Pero los jugadores? Alguna vez deberían asumir su responsabilidad y guiar el destino de un barco a la deriva. En definitiva por ellos los hinchas sostienen este meganegocio.

Quizás estén preparando algo inesperado. Un grito emancipador que legitime el nombre de la Copa y que se oponga a este robo para la corona. Soñemos, imaginemos, total no cuesta nada: llega la hora del partido, el Santiago Bernabéu esté lleno, las barras paradas en las butacas, pero los equipos no salen. Pasan uno, dos, cinco, diez minutos, y nada. Ni River, ni Boca. Sólo los árbitros. Hasta que aparecen los dos capitanes y comunican que no van a jugar. Que la Conmebol le de el partido ganado al Real Madrid o a quién quiera.

Sería, además de necesario, un momento mágico: el momento en que de verdad podríamos hablar de una reconstrucción. Soñemos. Que por algo se empieza.

(*) Especial para 442

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