La tribuna del equipo visitante parece vacía: clásica postal de un partido del Torneo Argentino A, un campeonato federal que atraviesa el país cada fin de semana. La tribuna del equipo visitante parece vacía, pero no lo está: detrás del alambrado que apenas separa a los hinchas de pisadas, centros, goles, tarjetas y gambetas aprendidas en un potrero se ve una silueta que muta al ritmo del juego. Quieta, atenta por momentos; cabulera, eufórica de a ratos. Durante seis años, en los choques donde Santamarina de Tandil no jugó de local, Mary Zavagno encarnó esa figura. Los viajes de norte a sur con el plantel y su cargo de ayudante de utilería ad honorem terminaron hace algunos meses, pero la pasión por Santa se mantiene intacta. Esta noche, sin ir más lejos, esa pasión la depositará dos horas frente a la pantalla del televisor para vibrar el choque de su querido club serrano contra Boca. Boca, esa palabra que no puede ni pronunciar. Claro, su otro amor, como dice el trapo que lleva de estadio a estadio, es River. Condimentos extra -o pequeñas historias- de un partido de Copa Argentina.
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Seis años completos siguió Mary la campaña de Santamarina. Madryn, Cipoletti, Sunchales, Concepción del Uruguay. “Era la única que estaba en la tribuna. Mi bandera y yo. Cuando entrábamos a la cancha y los de seguridad me preguntaban '¿viene mucha gente?' yo decía que sí. 'Una combi como con veinte', mentía, porque si no me mandaban a la tribuna local. Y yo lo que quería era estar sola para poder gritar...”. Esos seis años, los últimos, acompañó a Santamarina con el único afán de colaborar. “Tenía toda la utilería acá en casa. Yo preparaba los equipos de los jugadores, cargaba todo en la camioneta, lo llevaba al estadio, lo descargábamos con Cristian Pernía, el utilero, traía la camioneta de vuelta, volvía en remís y de ahí salíamos”, repasa, en una charla con 442. Esa ayuda se terminó con la nueva gestión del club por diferencias con la dirigencia. La bronca de Mary, pese a todo, no salpicó su sentimiento de hincha, ese que se metió en su cuerpo de niña, cuando un vecino y ex jugador del club, Andrés Acuña, insistió para que siguiera al equipo y ella cedió, sin más, para atarse de por vida al destino de once jugadores luchando en una cancha por un club de la ciudad bonaerense de Tandil.
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“Soy como uno más. Te digo, no me han pegado por ser mujer”. Mary es hincha, un concepto tan compacto como cerrado que deja fuera de todo plano cualquier gesto dúctil que la sociedad puede esperar de una “dama”. Para explicar eso que en el mundo patriarcal no es propio de una señorita pero encaja a la perfección justo en el límite de las líneas de cal, cuenta que dentro de la cancha se transforma. Y rebobina. “Esto viene de atrás. Cuando era joven y Santamarina perdía siempre le echaba la culpa al referí. Al tuerto Ferreyra un día lo agarré y le dije de todo porque Santa había perdido con Excursionistas. ¡Ay! le eché la culpa. En la calle, acá en la esquina. “¡Ah! -le dije-, caradura ¿estás contento con lo que hiciste con Santamarina? Tenés la cara como el cemento. Yo que vos no salgo a la calle”. Por gritar también una vez vio la roja, esa que deja fuera de juego a los jugadores, pero esa vez iba dirigida a ella: fue contra Figueroa en Cerro Leones. “Dirigía el turco Alí. Yo estaba con Alicia y le empezamos a gritar de todo. Alí paró el partido y nos hizo sacar con la policía. Después entramos otra vez. Pero nos hizo sacar con la policía”.
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Una veleta mitad amarilla y negra mitad roja y blanca gira sobre el techo de su casa e indica la dirección del viento en "la serrana". Su corazón, teñido de esos mismos colores, revela en base al fútbol el destino de su vida. Tal es así que de tener que elegir entre ver a Santa ascender y perder el trabajo prefiere lo primero. Tal es así que por ir a ver al aurinegro a San Juan casi se queda sin empleo, y sin vida. Pasó a fines de diciembre de 2006 por una final contra Desamparados a la que fue sin atender la advertencia de su jefe, que quería que trabajara en la víspera de Navidad. El viaje fue una odisea: gendarmería secuestró la combi de la hinchada a 70 kilómetros de la ciudad y nadie los quiso alojar. En el estadio el clima empeoró. “Nos pegaban. Cuando salíamos de la cancha nos tiraban desde arriba del alambrado con unos fierros así. La policía nos dejó a la buena de dios”. Para la derrota, y la supervivencia, Mary tiene la explicación. “Se metieron los de la barra de ellos al vestuario y les dijeron a los jugadores: “Si ganan no salen de acá”. Tal es así que después fuimos a penales y perdimos. Los erraron a propósito porque si no nos matan. A ellos y a nosotros”. ¿El saldo del desacato? “Mi jefe estuvo como cuatro meses que no me dirigió la palabra”.
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Mary no puede pronunciar Boca, ni xeneize, ni Bombonera. Apenas suelta, después de decir “esa cancha, esa, esa…” dos palabras con los labios apretados, ‘El chiquero’. Una vez estuvo ahí, cuando no le quedó otra que ir a un Superclásico invitada por una amiga "bostera". Tanto es Mary de River que en Tandil los hinchas la eligieron presidenta de la filial del club, ese espacio que ella misma tramitó y que funciona justo debajo de su casa, un inmenso santuario millonario. Con la filial fue a ver el partido que sentenció a River al descenso: una noche más, como en San Juan, de pánico pos partido. “Estuvimos encerrados como hasta las ocho en la tribuna. Sentíamos tiros. Corríamos, no sabíamos para donde ir. Yo creí que no salíamos con vida. Parecía que había pasado la guerra, una destrucción total: gases lacrimógenos, vidrios, butacas, de todo tirado. Tenías que ir esquivando cosas. Hasta que logramos salir. Fue la única vez que pasé tanto miedo en la cancha”.
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A esta altura no queda espacio para poner en duda que esa silueta, flaquita, por momentos quieta, atenta, de a ratos eufórica y cabulera, sigue a River y a Santa a todos lados, de la manera que sea, como sea. Así lo retrata Alicia, su amiga, a quien una vez acompañó al cine porque a ella eso no le gusta para nada. “Estaba en lo mejor de la película y por ahí se escucha un grito: ‘¡Goooool!’ ¿Cómo sabés que es gol de River?, le pregunto. Claro, ¡si se había llevado la radio y estaba escuchando el partido!”. Igual de atenta, pero frente al televisor, estará Mary esta noche esperando ver dos actos, según el cristal de sus ojos, de fanática justicia: que su "Gigante de las Sierras" gane y, por ende, aplaste a su archirrival, ese que no nombra. ¿Pronóstico? “Me conformo con un empate, y después que los eliminemos por penales. Ahí ya está. Ahí voy a festejar”. Una mujer, una hincha, dos amores, la pasión por el fútbol y condimentos extra -o pequeñas historias- de un partido de Copa Argentina.
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(*) De la redacción de 442
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