martes 09 de junio del 2026

El Divino Quilombo

442

“... Mas dime la razón que no te impide descender aquí abajo y a este centro, desde el lugar al que volver ansías. ‘Lo que quieres saber tan por entero, te diré brevemente –me repuso­, por qué razón no temo haber bajado.’” “La Divina Comedia”; Infierno, tercetos del Canto II (1305); Dante Alighieri (1265-1321).

No hay caso. La gente no cree en este nuevo campeonato con cuarenta equipos. Sonríen irónicamente, insultan al aire, piensan que es injusto, que hay demasiados intereses creados, que todo se hizo mal, de un día para el otro y para salvar el pellejo de los poderosos. Elevan hacia el infinito el último índice de asco fitopaeziano. Un desastre.

Se ha instalado en el país una profunda crisis de confianza, y más ahora que Tinelli dejó de creer en Fort. Ojo con eso, compatriotas. Es nuestro deber luchar contra el escepticismo. No todo es así y, si no me creen, vean la tele, donde han aparecido nuevas cadenas de fe que renuevan la esperanza. Emocionan. Francisco cree en Ricardo, Ricardo cree en Francisco, Scioli cree en nosotros... y todos le creemos a Cherquis. Sea.

Por cierto, organizar un torneo federal en un país históricamente pensado desde Buenos Aires por unitarios nacidos en provincias y donde llaman “interior” a todo lo que se sitúe más allá del puerto no me parece una mala idea. Al contrario. Pero... para que una idea funcione, antes alguien debería pensarla. Madurarla. Discutirla. Enriquecerla. Y no es el caso, colegas. Acá lo que se ve son puros manotazos de ahogado para conservar el Grand Sillón o alcanzarlo, a pura demagogia barata. Un currito. Un parche para enmendar el enorme “error” de haber dejado caer a una de las patas que sostiene el negocio.

Ernesto Cherquis Bialo, un gran profesional al que le sobra paño como para ayudar a terminar la nocturna a más de uno que hoy lo mira con sorna, se dejó llevar. Fatalmente distraído, harto de hacer equilibrio o quizá poseído por ese espíritu furioso que ningún periodista pierde, haga lo que haga, la dijo. Brutal, incómoda, casi obscena. La verdad. Todo este “quilombo” se hizo por River y es lógico que aquel que pone la plata quiera a los mejores. Nunca es triste; lo que no tiene es remedio.

Pero que nadie mate al mensajero, aunque se equivoque de carta. Acá los culpables son otros: los invictos de escritorio. Si alguien piensa que nuestra clase política es medio berreta, lo de ciertos dirigentes del fútbol es algo... asombroso. Piensan como hinchas, obedecen como pajes y actúan como aves de rapiña. Unos buscan el billete. A otros les alcanza con menos: algún viajecito, viáticos, auto nuevo, entradas, camisetas, fotos con famosos, salir por los medios, alguna botinera en baja, esas cosas. Son patéticos.

Por cada Amalfitani, hay diez de éstos. Grondona los conoce bien, los maneja como quiere y en 32 años ya se devoró a tres generaciones de ellos. El tipo no habla inglés ni seduce con sus formas, pero tiene algo que deslumbraría a Nietzsche: una descomunal voluntad de poder. Y sabe cómo ejercerlo. Su anillo del “todo pasa” es el río de Heráclito que, sabemos, fluye, nunca es el mismo. Lo que perdura es él, mucho más un Papa que El Padrino. No se trata de tiros al aire ni aprietes obvios. El suyo es un poder más sofisticado, créanme.

Si la Iglesia tardó 350 años en perdonar a Galileo, Don Julio se tomará su tiempito para acomodar las cosas y esta mala copia del Brasileirao se aprobará. Quizá renuncie después de ganar por enésima vez, o algún día se vaya como Perón y nos deje a su Isabel sentadita en la AFA. Quién sabe. El siempre supo que para hacer una tortilla hay que romper algunos huevos. Y vaya si los ha roto.

En fin. Si hay que copiar, copiemos lo bueno, muchachos. No sé en Brasil, pero al menos en La Divina Comedia las cosas sí están bien hechas. Todos pelean por algo, el interés nunca decae y los ascensos y los descensos se deciden mediante la virtud, no gracias al vil promedio.

A ver. Bien abajo están los Nueve Círculos del Infierno, televisados por la contra, donde cada infiel es flagelado y sólo los más fuertes pasan a la siguiente fase: el Antepurgatorio. Entonces sí, los mejores clasificados en ese Purgatorio B acceden al Purgatorio A, la famosa Zona Competencia dividida en siete grupos: 1) Soberbios. 2) Envidiosos. 3) Cegados por la ira. 4) Perezosos. 5) Avaros. 6) Enfermos de gula. 7) Lujuriosos. Wow. ¡Ningún dirigente se sentirá afuera!

Finalmente, quienes ganan sus finales alcanzarán... ¡el Edén para todos! Las Nueve Esferas Celestes. El Paraíso. La Zona Campeonato que reparte oro, gloria y clasifica a las copas. Y allí vivirán por siempre los puros, los que tienen votos, historia y peso en AFA. Los que mueven multitudes y rompen el rating, minga de Deportivo Merlo.

Un capo el Dante, que llamó comedia a su obra monumental –dicho esto sin ánimos de chicanear a nadie– sólo porque carecía de un final trágico. Mmm... Lo siento, pero no parece ser ése nuestro caso.

Acá, creo, se viene más bien una tragedia shakespeareana. Con Hamlet, el fantasma del padre que tortura al príncipe, una feroz pelea por el trono... y todo lo que sigue podrido en Dinamarca.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil

En esta Nota