martes 09 de junio del 2026

A disfrutar con los dorados

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Uno no puede evitar emocionarse. Es que son jugadores que tienen una trayectoria impecable, que mantienen una conducta profesional intachable, que priorizan el esfuerzo colectivo antes que el lucimiento individual. Son un grupo de basquetbolistas que esperaban el momento propicio para volver a reunirse, para ponerse la camiseta celeste y blanca, entrenarse con dedicación y llegar a este torneo Preolímpico de Mar del Plata que les permitirá prolongar la fiesta el año próximo en los Juegos Olímpicos de Londres.

La cita está pautada a las 18 o a las 20.30 de cada jornada, para ver a la Selección Argentina de Básquetbol, televisada por TyC Sports y la Televisión Pública. Todos aquellos que puedan, que amen el deporte y fundamentalmente el baloncesto tendrían que sentir como una obligación acompañar el esfuerzos de estos jugadores para obtener el pasaje a Londres 2012. Es un pedido casi ridículo a esta altura, pero un grito necesario de este periodista que se conmueve con esta Generación Dorada, el mejor grupo de basquetbolistas argentinos de todos los tiempos, que se está despidiendo del público argentino y lo hace de la mejor manera posible: jugando.

Tanta admiración está justificada en los espectaculares rendimientos y la armoniosa convivencia de un plantel conformado por estrellas consagradas (Manu Ginóbili, Fabricio Oberto, Luis Scola, Chapu Nocioni, Carlos Delfino, Pablo Prigioni, Leo Gutiérrez aunque hoy no pueda jugar), el retorno del gran Pepe Sánchez, la vigencia de Paolo Quinteros, de Juan Gutiérrez, Kammerichs, Leiva y Jasen. Ya no están Montecchia ni Sconochini, pero es como si lo hicieran. Ayer mismo, el trotamundos nacido en Cañada de Gómez ratificaba su emoción y compartía su ansiedad desde Piacenza, donde sigue despuntando el vicio del básquetbol a los 40 años. Sconochini, se notó en la charla, mantiene ese fuego sagrado y sólo la barrera biológica le evitó seguir formando parte del grupo.

Ejemplos hay muchos. Desde actuaciones memorables como la victoria ante el poderoso seleccionado de Estados Unidos en el Mundial de Indianápolis de 2002, cuando el famoso Dream Team mordió el polvo por primera vez en la historia mundialista con jugadores exclusivamente NBA que no podían creer la capacidad y jerarquía de los osados argentinos. Después hubo medalla dorada en Atenas 2004 con otro triunfo ante los estadounidenses y final con paseo ante los atribulados italianos. Previamente, victoria y estupor de la multitud de griegos, que habían creído el favoritismo de su selección. Enseguida llegó la pelea hasta las semifinales en el mundial de 2006 y poco después, la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Beijing, en 2008.

Aquella noche del choque en semifinales contra un poderoso Estados Unidos liderado por Kobe Bryant, la Argentina perdió a Ginóbili y Nocioni, lesionados. No quedó más remedio que enfrentar a Lituania, único verdugo argentino en la etapa clasificatoria. Manu sufrió un fuerte esguince de tobillo y quedó imposibilitado de jugar. Así y todo, aguantando el dolor y la terrible frustración de no poder terminar los Juegos, acompañó al plantel para disputar el partido contra Lituania al día siguiente. El plantel estaba amargado y tan dolorido como su mayor figura.

Una vez llegados al rectángulo, casi sin hablar, los jugadores se miraron asombrados cuando Manu Ginóbili le pidió a los auxiliares la ropa para cambiarse. Casi no podía moverse y no se entendía muy bien qué quería. Ginóbili se cambió en silencio, ante las miradas interrogadoras de sus compañeros. Pidió una pelota y camino hacia el rectángulo. Hizo apenas dos o tres movimientos y volvió a resentirse de su lesión. Inmediatamente regresó al camarín y se sentó, abrumado por el dolor, la bronca y la frustración.

En ese momento ocurrió algo inesperado. Manu Ginóbili, el guerrero de mil batallas, el jugador distinto que fue líder en cada equipo donde estuvo, se fue sacando la ropa y las lágrimas empezaron a bajar por su rostro. Tanta era su impotencia. Sus compañeros y el entrenador Sergio Hernández no necesitaron una charla técnica ni ninguna sesión de motivación para rendirle su homenaje deportivo al gran Manu. Salieron hechos unas fieras al gimnasio y demolieron a los anodadados lituanos. Verlo a Ginóbili arengando a sus compañeros desde el banco, como si fuera uno más, festejando cada punto y cada acción defensiva, emocionó

a los más duros en soltar el afecto.

Ese clima se mantiene hoy. Esa comunión entre los jugadores, esas ganas de defender la camiseta argentina desde las tripas, de entender que el básquetbol es colectivo y necesita del esfuerzo común para defender y atacar como ningún otro deporte. Con Ginóbili, Scola, Nocioni y compañía. Con su historia, su presente y el futuro que -suponemos- se terminará en Londres 2012. Con un gran entrenador como Julio Lamas, discípulo directo del gran León Najnudel, que sabrá sacarles el jugo y las energías que quedan. Por todo eso y muchas cosas más, hay que verlos. Se lo merecen.

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