martes 09 de junio del 2026

El Salieri de Messi

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“Lo que alguien es comienza a delatarse cuando su talento declina, cuando deja de mostrar lo que él es capaz de hacer. El talento es también un adorno; y un adorno es también un escondite”. De “Más allá del bien y el mal”, Sección cuarta: Sentencias e interludios, 130 (1886) de Friedrich Nietzsche (1954-1900)

Cristiano Ronaldo, pobre, lo tiene todo. Suena medio ridícula la palabra “pobre” cuando uno habla de él; un futbolista extraordinario, un hombre elegante, muy seguro de sí mismo, de rostro perfecto, físico imponente, contratos de seis cifras, decenas de novias y una carrera notable. Alguien que lo tiene todo para ser el mejor del mundo. ¿Lo es? No.

Porque existe Messi.

Un chico que nació sin ese irresistible carisma. Que no es ni tan bonito, ni tan musculoso, ni tan seductor con las chicas. No tiene esa sonrisa perfecta capaz de venderlo todo y los trajes de marca nunca le quedan tan bien. A su lado, en esas pomposas fiestas que organiza la FIFA para premiar a sus superestrellas, parece insignificante. Un petisito tímido que sonríe, se esconde y apenas habla. No califica.

Pero en la cancha, la calabaza se convierte en carroza y la Cenicienta en princesa. Messi repite, con asombrosa naturalidad, genialidades que pocos han logrado en la historia. Cristiano Ronaldo, pobre –de nuevo “pobre”, ¿no es gracioso?–, no tiene la culpa de ser su contemporáneo. Sucede. La historia está llena de grandes talentos opacados por esos genios excepcionales.

Salieri, por ejemplo.

Gracias a Amadeus, la espectacular pero tramposa película de Milos Forman, el nombre de este músico italiano, contemporáneo de Mozart, es el primero que aparece cuando alguien intenta simbolizar a un mediocre envidioso del éxito ajeno. Nada más injusto. Antonio Salieri, como Cristiano Ronaldo, era un capo, muchachos. Entérense.

Maestro y gran compositor, fue el músico más prestigioso de la corte del rey Josef II de Habsburgo y además, se dio el lujo, en 1778, de inaugurar La Scala de Milán con una ópera suya, L’Europa riconosciuta. Pero ahí lo tienen, estigmatizado como el mejor ejemplo del berreta resentido por culpa del cine. Y bueh. Hollywood, como algunos periodistas, nunca permite que la verdad les arruine una buena historia.

Schopenhauer, un genio de pésimo carácter que recién fue reconocido como se merecía cuando ya era sesentón, detestaba a Hegel. Por cuestiones filosóficas y además porque en 1822, cuando ambos coincidieron en la Universidad de Berlín, los alumnos llenaban las aulas donde disertaba su archirrival, dejando semivacías las suyas. A partir de allí, su odio fue… infinito.

¿Qué habrá sentido íntimamente Stirling Moss, aquel exquisito piloto inglés que tuvo la desgracia de coincidir en las pistas con Fangio? Resignación. Fue cuatro veces seguidas subcampeón y pasó a la historia como “el campeón sin corona”. ¿Y el gran Tony Bennett, siempre a la sombra del inevitable Sinatra? ¿O Adolfo Bioy Casares, un fantástico escritor canibalizado como “el amigo de Borges”?

Repasemos más casos. A ver. George Harrison y Brian Jones, dos talentos maniatados por los dúos que lideraban sus grupos: Lennon-McCartney y Jagger-Richard. El caso de Jones fue aún más evidente: sin él, los Stones perdieron originalidad, vuelo creativo, y empezaron a repetirse. Harvey Keitel, que compitió y perdió con su amigo Robert De Niro –los dos alumnos top del Actor’s Studio– por conseguir el papel de Taxi Driver que Scorsese filmó en 1974 y necesitó años para reconstruir su carrera. O Renata Tebaldi, soprano espléndida y diva de la ópera, que jamás alcanzó la popularidad de María Callas, su competidora. El karma de Clerc, un enorme tenista, fue Vilas y el de Frazier, Alí. OK, la lista es interminable, así que mejor volvamos a lo nuestro.

A Cristiano Ronaldo y Lionel Messi, su cruz.

No me cae simpático Cristiano. Con él es blanco o negro, se lo ama o se lo odia. Yo no llego a tanto, pero digamos que su imagen resume casi todo lo que desprecio o no me interesa. Demasiado soberbio aún para el star system, el hombre cosecha lo que siembra. Por eso la gente que no es del Madrid disfruta burlándose de él cuando las cosas no le salen. Y le cantan, en todas partes, para que enfurezca: “¡Meeesiii, Meeesiii…!”.

Cristiano es demasiado perfecto para ser amado. Tal vez no sea su culpa. Quizá lo que esté a la vista sea sólo una construcción del marketing. Quién sabe. Compararlos es inútil. Ronaldo tiene la potencia de Figo por las bandas, define con la frialdad de su tocayo brasileño, tiene un juego aéreo temible y a la hora de patear tiros libres puede elegir: pegarle con un fierro como Roberto Carlos o acariciarla y ponerla en un ángulo, a lo Juninho Pernambucano. Es un crack, caballeros.

Pero Messi es un anormal, si me permiten el exabrupto.

Si uno repasa el inolvidable sprint de Maradona esquivando ingleses en el Estadio Azteca, México 1986, podrá notar cómo su empeine zurdo va guiando sabiamente la trayectoria del balón con toques suaves. Lo de Messi es otra cosa. El pica a fondo, de 0 a 100 como un Fórmula 1, con la pelota pegada al pie, literalmente –no exagero: “pegada” es la palabra, como si formara parte de su cuerpo–, y apunta hacia donde es imposible pasar. Allí donde lo espera una multitud de defensores. Y pasa igual. No me pregunten cómo. Atraviesa la materia quizá, o tiene los tobillos de goma. Pasa. Es… de otro planeta.

Conclusión: CR/7, el fenómeno, el jugador más vendible del mundo, es nomás el Salieri de Messi.

Lo siento por él, un virtuoso que merecía mejor suerte. Pero no por su papá, José Dinis Aveiro, un humilde operario de la isla portuguesa de Madeira que en 1985 lo llamó Ronaldo para homenajear al entonces presidente Reagan.

¡Por Ronald Reagan, compatriotas! Mirá que hay que ser boludo, eh.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil

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