martes 09 de junio del 2026

El debutante que metió el dedo

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Una de las notas penosas que dejó la primera fecha del torneo Final fue la actitud antideportiva del chico Emanuel Brítez, debutante absoluto en Unión. Nacido en la capital santafesina y a punto de cumplir 21 años, el juvenil no tuvo mejor idea que aplicarle un pisotón a Pablo Lugüercio, que el mes próximo llegará a los 31 años de edad.

Al rato, Brítez fue a presionar a Lugüercio, que recibía un saque lateral y no tuvo mejor idea que meterle uno de sus dedos en la cola al delantero de Arsenal. La respuesta del Payaso fue aplicarle un golpe de puño y ganarse la inmediata tarjeta roja del permisivo Vigliano, el árbitro del partido. Lugüercio recibió su primera expulsión en casi 250 partidos oficiales disputados con las camisetas de Estudiantes de La Plata, Racing y el cuadro de Sarandí.

Ni el juez ni el asistente Zoratti advirtieron la grosera intervención de Brítez, que exageró el golpe de Lugüercio y cuando verificó la expulsión de su víctima, se levantó rápidamente. No le sirvió de mucho a Unión, porque en el final se equivocó el arquero Perafán y Arsenal selló el empate a través del delantero Benedetto. La racha de 24 partidos sin ganar (19 de mayo de 2012 ante San Lorenzo) es la peor de su historia deportiva en Primera División.

La televisión y los medios reflejaron la artimaña antideportiva de Brítez y el chico, vaya uno a saber envalentonado por quién, se despachó por radio diciendo que el fútbol era para los vivos y que no valía la pena reclamar. Lo lamentable es que lo hizo varios días después y que no mostró signos de arrepentimiento hasta el martes al mediodía, cuando pidió disculpas públicas a Lugüercio.

El único antecedente similar que se recuerde ocurrió en la cancha de Banfield, cuando el mediocampista local Santa Cruz aplicó el mismo “dedo magnético” a Riquelme y el conductor de Boca se lo sacó de encima estampándole un sonoro trompis que lo tiró y sacó de la cancha al crack, expulsado por Fabián Madorrán. Aquello sucedió el 28 de abril de 2002. Minutos después y enterado del hecho, Santa Cruz cometió una fuerte falta y recibió la tarjeta roja del juez.

Lo concreto es que Lugüercio sí pidió disculpas ante la TV y ensayó un breve análisis de lo que sufrió, explicando que a él lo habían educado con corrección y límites, señalando que era posible que Brítez no hubiese tenido buenos formadores. Dio en el clavo, Lugüercio, con toda su humildad. El chico de Unión –que pasará a la historia por el debutante del dedo invasor- intentó justificarse argumentando que en el partido recibió trompadas y patadas de los hombres de Arsenal.

Tres cosas. Una, Brítez quizá haya recibido golpes y algún “bautismo” adicional. Su actitud fue desleal y sin ningún tipo de respeto por los límites deportivos. Debería ser suspendido el mismo tiempo de Lugüercio, para establecer un mínimo de justicia deportiva. No ocurrirá, el Tribunal de Disciplina de la AFA responde a intereses timoratos, poco afectos a actuar de oficio y sin ningún afán de establecer justamente una cierta equidad entre quienes juegan.

El debate sobre el comportamiento de algunos juveniles que llegan a Primera, sobre la ausencia del respeto elemental que deberían tener dentro de un campo de juego –algo que se encargó de remarcar David Trezeguet sobre su larguísima campaña en Europa y que no sucede allá- está creciendo en la Argentina. Es la vieja intolerancia, la presión absurda e imposible de entender para aquellos que creemos en ciertos valores y el afán de buscar cualquier ventaja –aunque sea fuera de la ley- para lastimar al adversario, hoy enemigo.

Problemas de formación, problemas sociales, problemas culturales, la creencia de que ganar o perder modifica nuestras vidas, nos han llevado a estos ejemplos de mala conducta y a una sociedad que avala, permite y en algunos casos, festeja semejantes situaciones. El bidón de Branco en el Mundial de 1990, los alfileres o piquetes de ojo en algunos partidos, los codazos que se ven semanalmente en nuestro fútbol, nos hacen envidiar otros torneos, aunque todavía haya tiempo para recuperar honores y establecer límites a la deslealtad.

(*) Especial para 442