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DEPORTE Y POLíTICA | 11-07-2020 10:49

A 25 años del genocidio de Srebrenica: cómo el fútbol ayuda a cicatrizar la herida

Durante la Guerra de Bosnia, el ejército serbio asesinó a 8.373 personas en pocos días, la mayoría hombres musulmanes. “La única forma de desconectar era jugar al fútbol con una cinta adhesiva”, dijo un exiliado. El recuerdo de Edin Dzeko y el trabajo de integración de un club.

Agustín Colombo
Agustín Colombo

Periodista

Asmir Selimovic se había acostumbrado a escuchar de fondo los bombardeos y balazos, pero nunca pensó que la guerra podía tocarle tan de cerca: era 11 de julio de 1995 y los serbios estaban entrando a su ciudad, Srebrenica, hasta ese momento calificada como “segura” por la ONU y supuestamente protegida por cascos azules de esa organización.

Comandado por Ratko Mladic, el ejército serbiobosnio y sus escuadrones de la muerte habían llegado a esa zona, donde predominaba la población de origen bosnio musulmán, para separar a hombres y niños musulmanes y ejecutar el último tramo de su limpieza étnica. El resultado fue –se supo después– la matanza más numerosa en Europa desde la Segunda Guerra Mundial: 8.373 personas asesinadas en pocos días. Años más tarde, el Tribunal Penal para la Antigua Yugoslavia lo calificó como un genocidio porque pudo probar que se intentó terminar total o parcialmente con una población por el solo hecho de existir.  

La segregación étnica en ese sector de los Balcanes había comenzado con la Guerra de Bosnia, en 1992. Las fotografías del campamento de Omarska, donde llevaban y torturaban a los hombres de origen musulmán, evidencian el horror: se parecen mucho a las de los campos de concentración nazis, pero con la diferencia de que son a color y sacadas hace tan sólo 25 años.

25 años Srebrenica
Aunque pasaron 25 años, hoy se realizó un funeral para nueve víctimas del genocidio de Srebrenica.

Selimovic, que era un niño, se salvó porque su madre lo disfrazó de mujer y eludió los controles serbios en la ciudad. Su historia es una de las que aparecen en el libro The War is Dead, Long Live the War, del periodista y escritor británico Ed Vulliamy, sobre la guerra que sufrió Bosnia entre 1992 y 1995 y que convirtió a Sarajevo, la capital de ese incipiente país, en la capital mundial del horror.

El ídolo del país y estrella de la Roma, Edin Dzeko, nació y creció en Sarajevo en aquellos años: su casa fue destruida por una bomba y toda su familia debió refugiarse en un departamento de 35 metros cuadrados en el que vivían sus abuelos. “Fue una mierda”, dijo cuando le preguntaron por su niñez en la capital bosnia.

“La única forma de desconectar era jugar al fútbol con una pelota hecha con cinta adhesiva”, le dijo Selimovic a Vulliamy cuando recordó cómo se vivía en Srebrenica hace 25 años. Él, como casi todos los habitantes de esa ciudad, participa cada año de los actos para recordar a las miles de víctimas civiles y para reflexionar sobre lo sucedido. “No olvidar” son las dos palabras que sintetizan siempre esos actos. Incluso el de este año, con mucha menos gente por la pandemia de coronavirus. 

Aceptar. Aunque está lejos de ser el club de mayor nivel futbolístico de Srebrenica –el Gradina OFK juega en la segunda división bosnia y estuvo en la Premier hace dos temporadas– el FK Guber se ha consolidado como el mejor ejemplo de la difícil convivencia entre bosnios y serbios en esa región. Es el primer equipo multiétnico de Bosnia: allí juegan, además de los dos grupos mayoritarios del país, croatas y gitanos.

La integración, como cualquier integración entre seres humanos, llevó mucho tiempo. El club no sólo trabaja con los jóvenes futbolistas de la zona oriental de Bosnia; también con sus familiares, que en un principio se mostraban reticentes a dejar que sus hijos compartieran el mismo color de camiseta que sus vecinos de otros orígenes.

Con una economía crítica, que nunca pudo recuperarse de la guerra, el gobierno bosnio no otorga ningún apoyo al Guber, que se sostiene gracias al aporte de las federaciones de fútbol de Dinamarca y de Noruega, del club holandés ADO Den Haag, y por la contribución de Munir Pašagić, un filántropo que nació en Srebrenica y huyó en los noventa a Eslovaquia, donde amasó una fortuna en la arena empresarial y política.

FK Guber Srebrenica 25 años
El FK Guber, un club que apostó a la integración en esa zona de los Balcanes.

Ese vergel de fútbol y aceptación en que se convirtió este pequeño club empieza a dar sus primeros resultados. Un caso es el de Jovan Lazarevic, al que el periodista español Joaquín Ruíz de la Torre definió, en su portal Fútbol que estás en la tierra, como el “Messi bosnio”.

Los compañeros de Jovan lo empezaron a llamar como el crack rosarino por sus gambetas, su velocidad y su cuerpo minúsculo. De origen serbio, con padres ortodoxos, la historia de Jovan es un mosaico de lo que generó el Guber: un espacio –quizás el único– donde es posible aceptar al otro.

Si la selección de Bosnia que jugó contra Argentina en el Mundial de Brasil 2014 fue la consagración de los “niños de la guerra” –todos jugadores que, como Dzeko, nacieron en esos años trágicos–, estos nuevos jóvenes representan el triunfo de la igualdad: crecieron todos juntos, sin distinción de religiones o etnias, y comparten cualquier ámbito con naturalidad.

“Se llevan de maravilla. Estamos recogiendo el fruto de años de duro trabajo, sobre todo con los padres. Con ellos hubo que hacer una labor de concienciación muy importante para que permitieran a sus hijos relacionarse con los de las otras etnias”, le contó a Ruíz de la Torre Namik Mustafic, uno de los integrantes del cuerpo técnico del FK Guber. Y aseguró: “El deporte ayuda como ninguna otra actividad a que los chicos se conozcan mejor y crezcan juntos en una atmósfera sana, en la que no hay lugar para el odio y las rencillas del pasado entre sus familiares”.

En esa frase podría resumirse todo lo que significa Srebrenica: su tragedia, pero también el intento para lograr su reconstrucción.

Agustín Colombo

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