La intención original era, de algún modo, seguir con la agenda formal: Maradona no renovó su contrato, la sensación es que la AFA hizo lo imposible para evitar que Diego continuase y, a esta altura, para la sucesión ya se barajan más nombres de los que el buen gusto debería permitir. De esto se tratarán, más o menos, las líneas que siguen. Líneas condicionadas por una versión que sugiere que, mediante vericuetos sustancialmente lejanos del fútbol mismo, no habría que descartar la posibilidad de una marcha atrás y que, finalmente, Maradona siga al frente del seleccionado. Parece trasnochado, pero a veces no me avergüenza abrir el paragüas. Y en este caso, si el rumor se convirtiese en noticia, esta columna tendría poco sentido. Hecha la salvedad, sigo con lo previsto hasta antes de un llamado de esos a los que hay que tomarlos con pinzas, pero no por eso tomarlos en joda. Menos en la Argentina.
Ningún final de ciclo de un técnico de seleccionado nacional dejó una herencia menos pesada que esta de Maradona. Uno, que aun navegando en un mar de contrasentidos, siente en la píel y en el alma lo que Diego representa para nuestro instinto futbolero, debería pensar lo contrario. Por lo que el apellido Maradona representa por sí solo, porque nadie en la historia interpretó el fútbol como juego mejor que el Diego futbolista, porque bastaron su presencia y un par de victorias para que se convirtiera en el gran personaje de Sudáfrica 2010, que lo fue hasta el mismísimo momento en el que volvió a casa. Sin embargo, la salida de Maradona de Ezeiza no dejó una impronta futbolística, estética, estadística o ideológica con el peso suficiente como para que quien llegue sienta que, detrás de cada árbol del predio asoma la sombra del más maravilloso interprete que tuvo este juego. Probablemente, la real huella haya sido la de lo mediático: la celeste y blanca necesita reivindicarse con el fútbol que puede jugar, aunque su técnico y sus jugadores no emitan palabra durante los proximos cuatro años. Ergo, el fenómeno mediático es poco más –o menos- que una anécdota: pocos entrenadores menos mediáticos que Vicente del Bosque, cuya excelencia pasa por los ajustes que supo hacerle al entrañable embrujo a la pelota que hicieron sus futbolistas y no justamente por sus palabras, casi inaudibles inclusive a la hora de celebrar su condición de campeón del mundo.
En algún momento, la AFA, a travás de su vocero, quiso hacernos creer lo contrario: la oferta a Maradona sería por cuatro años y sin condicionamientos. Y no existía plan B. Todas mentiras. Como tantas que se han escuchado en estos últimos tiempos. Sepan los lectores que rara vez los protagonistas asumen un compromiso con palabras que den forma a frases veraces. Sepan, también, que alguna gente dedicada –ahora o antes- a la profesión de periodista, siente poco apego a esa especie de juramento hipocrático de las palabras que un hombre de prensa debería hacer y honrar de por vida.
La Era Maradona en el seleccionado murió antes de cumplir el año y medio. Poco tiempo para exponer una idea, supongo. Suficiente como para dejar un rastro extraño, tanto más vinculado con lo extrafutbolero que con aquello que, durante un par de semanas sudafricanas, creí que sería la revelación de un Maradona capaz de convertirse en un entrenador astuto, audaz y más próximo a su instinto de jugador que a la alquimia de las frases hechas y las características telefónicas que se han convertido en la plaga que neutraliza la utilización plena de nuestros talentos.
Y la AFA, para ser honesto, no ha dicho nada respecto de lo que se viene. En tanto uno asuma que Julio Grondona es la AFA y que aun asumiéndose como única voz y voto a la hora de decidir cuestiones de peso, tampoco son demasiadas las sugerencias a las que le presta atención, debo decir que la AFA –es decir, Grondona- aun ni esbozo públicamente una letra del nombre de los proximos candidatos. Sin embargo, entre voceros oficiosos, conocedores de despachos y periodistas que sugieren candidatos que piden figurar en las nominas, mas o menos se va armando el baile: Sabella, Simeone, Batista, Russo, Bianchi, Borghi. Hasta el autopostulado Pelado Díaz. Desde diversos rincones de la imaginación, los futboleros pretendemos darle alguna lógica a esos apellidos. Aunque algunos no tengan demasiada logica. Es que, después de un nuevo desencanto, queremos encontrar certezas en lo que se viene, sin aprender aún que, por suerte, el fútbol no da certezas a partir de los técnicos sino del fútbol que esos técnicos les permitan jugar a los futbolistas.
Lo curioso del asunto es que aquellos que van engrosando la lista no se toman ni el mínimo trabajo de evaluar quée sentido tiene armar una lista de entrenadores disímiles en sus apetencias, sus características y sus gustos. Es decir, estamos desesperados por saber quién será el sucesor de Maradona y no por saber que fútbol pretendemos jugar. Y quienes más nos desesperamos somos, justamente, quienes cuestionamos haber terminado el ciclo de Diego sin tener una línea de juego identificatoria.
Ya en la primera nómina –aquel trío Sabella-Simeone-Russo del cual algunos que han pasado vidas dentro de Viamonte 1366 dicen que saldrá el elegido- queda a la intemperie esa liviandad a la hora de aspirar a una idea: los tres tienen muchas más diferencias que coincidencias. Desde la forma de armar sus equipos hasta el modo de conducirse en el banco o fuera de la cancha. De los tres, creo que Sabella es el que está más a punto para la cuestión. Y creo que, a la larga, Simeone recalará en Ezeiza. Pero, si me apuran y me piden que les dé mi opinión, mi utopía viable sería Claudio Borghi: su diseño de equipo es perfectamente posible para la generación de notables de nuestro fútbol. Creo en su compromiso con la desdramatizacion del juego y sus zonas aledañas. Mi utopia idílica es Angel Cappa. Es el único capaz de intentar hacer jugar a la Argentina como lo hace el campeón del mundo. Al fin y al cabo, supongo que es legítimo aspirar a que podamos imitar a España, si con tanto énfasis nos vendieron las bondades del campeón del 2006 y otras porquerías por el estilo.
Pero es una confesión que hago por escrito porque para eso estoy y no porque crea que importe demasiado lo que yo piense.
Eso sí: no esperen que no me rebele sistemáticamente contra los que encolumnan candidatos de distinta extracción y criterio como si los que juegan fuesen poco más que un puñado de idiotas útiles.