Boca festeja el festejo que Racing quería para sí. Orión atesora el record –de arco menos vencido– que prometía ser patrimonio del eficiente Saja. Godoy Cruz jugará la Copa Libertadores que Racing pretendía jugar. Y Tito Ramírez, casi un desafecto académico por su pasaje inocuo en el club, se vanagloria por ser el goleador del Apertura, ‘condecoración’ que para muchos tenía otro dueño, Teófilo Gutiérrez. Cuatro déficits que, todos reunidos, conforman lo que se llama fracaso. Otro más en Racinglandia.
Como todo fracaso este tiene propietarios y responsables. Curiosamente los principales son dos profesionales en los que este columnista apostaba. Y mucho. Uno, el técnico Simeone. Pero este Simeone, que dirigió a Racing en el Apertura, no es el que consagró campeón a Estudiantes. Se parece mucho más al que dejó último a River. No quiero meterme en la intimidad de nadie, pero sobrevuela la sensación de que algo cambió en la vida del entrenador desde su mediática separación que no fue tal pero sí lo fue y por ahí andamos.
Aquel Simeone, alegre en la vida y equilibrado a la hora de parar sus equipos, el bisoño entrenador de la dosis de audacia justa que todo equipo con pretensiones precisa, desapareció. Hoy no parece absurdo que los italianos del Catania lo hayan llamado para salvarse del descenso. Suena apropiado para eso. Construye armas para defenderse pero no fabrica balas para atacar… De repente surgió un nuevo Simeone, timorato, que depende de su ayudante, el ‘Mono’ Burgos, para hacer un cambio de mayor jerarquía, en medio de un partido y como le impone la historia racinguista. El triple cinco que ensayó en el primer tiempo contra Vélez, en un encuentro donde la única esperanza estaba basada en el triunfo, lo define y condena. Obviamente lo modificó en el segundo período. Y obviamente Racing perdió. Siempre que precisa ganar, Racing pierde. Es un estigma. Y una realidad más allá de Simeone.
El famoso ‘Cholo’, hoy un hombre triste que transmite a su equipo ese sentimiento, no solo fue nocivo desde lo táctico y estratégico con el excelente plantel que le ofreció su club de corazón. También lo fue desde la conducción. Nunca tuvo al grupo en sus manos. Y tampoco pudo corregir los resbalones del día a día. Jamás piso fuerte. No llegó ganador, llegó esforzado, como si el único valor en el fútbol actual fuese ese. Doble entrenamiento, mucha concentración mental, trabajos físicos, discurso sudado, pero sin fútbol ni resultados.
El otro responsable de este Racing afuera de (casi) todo –quedó el consuelo de la Sudamericana para el segundo semestre–, es el colombiano Teófilo Gutiérrez. Él, como Simeone, no sólo tuvo culpas adentro de la cancha, también las tuvo afuera de ella. Fue quien menos sumó dentro del grupo. Lo desafió a Simeone todo el semestre, marcándole que no era un jugador suyo. Los once goles del torneo anterior le hicieron creer que era él quien mandaba y disponía. Instaló una absurda y conspiradora Teocracia ya descripta en un artículo anterior, en tácita connivencia con la hinchada. El desafío se vio en peleas con compañeros y discusiones con el comando, en viajes que se negó a realizar y tardanzas para reincorporarse. En actitudes de matón barrial que desgarraron al equipo y en un bajísimo rendimiento goleador, cuando todo el esquema dependía de su definición. Metió la mitad de goles que en el Clausura anterior, siendo que ahora el equipo sumó más puntos y terminó mejor clasificado. Este Teófilo no fue aquél Teo
Teo, el famoso Teo que con una mano llama a Cristo y con la otra te pega duro, provocó un enorme desgaste interno en el plantel. Sus declaraciones, que inicialmente parecían divertidas, terminaron siendo un boomerang explosivo. Llegó al punto de decir que extrañaba a Miguel Angel Russo, el entrenador anterior y quien más colombianos importa; insistió que con Russo el equipo jugaba mejor. Y Simeone sin respuesta. Actitud cero. El técnico se mostró débil, que es lo peor que puede hacer un jefe de grupo. Hasta Yacob, el peor jugador del equipo, cuando lo reemplazó en el empate en San Juan se le animó con un reprochable ‘¿qué pasa Cholo, qué pasa?’ recogido por los micrófonos de campo. Mientras… Boca ganaba y sumaba.
Racing estaba debajo de Atlético Rafaela y soñaba con el título. Bien dice el refrán que “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver”. Racing no tenía que mirar la tabla de posiciones, que de cualquier modo empezaba a reflejar su realidad. Racing tenía que mirar la tabla de lavar y lavar la ropa sucia rápido si quería vestirse de campeón. No lo hizo por falta de comando. En el equipo y en el club. Porque a Simeone le faltaron tirones de oreja. Los dos líderes institucionales, el presidente Molina y el vice Podestá –inoportunamente– empezaban a pelearse por las últimas medialunas de un mandato que, en el fondo, no pasó de un desayuno. Nunca hubo un almuerzo importante o una cena de gala en este ciclo. Lanús, Vélez, Banfield y Boca se comieron todo. Hasta Argentinos Juniors picoteó lo suyo.
Eso es Racinglandia; mas landia que Racing. Eso sigue siendo Racing. Que necesitó de una ‘gerenciadora’, presentada como la venta del alma al diablo, para ser una vez campeón en los últimos ocho siglos. Pero es fácil criticar a quien critica con la indemostrable acusación de que no sabe lo que dice, o el clásico “no es hincha del club, no puede hablar…” esperando que el domingo llegue un buen resultado que desmienta al articulista (aunque sea por cinco minutos). Esperanza vana en Racing. El resultado que desmiente o desautoriza nunca llega. Como fue vana la esperanza de los goles de Teo que ni siquiera los metió para taparnos la boca a los que no le vamos a perdonar, nunca, la actitud más sintetizadora de su esencia, la de la tarde-noche en la Bombonera. La fecha en la que la ilusión firmó su certificado de defunción. La jornada que definió todo.
Definió todo porque quedó claro que en Racing los crímenes de guerra no se castigan. Y sin esa disciplina justiciera no se puede pedir más que aquello que cae del cielo. No debió importar cuántos goles podía meter Teo Gutiérrez desde allí hasta el final del torneo (finalmente marcó sólo uno y de penal…), su actitud debió ser punida severamente. Por la AFA y por el club. La AFA le dio un reto de dos fechas. Y el club nada. No hay que ir muy lejos en la historia, que está llena de ejemplos, para ver que los héroes nacionales (los verdaderos) también son juzgados y condenados por sus crímenes de guerra. Aún de la misma guerra que consagró su heroicidad.
En abril de este año, el popular héroe croata Ante Gotovina, el militar que expulsó de Krajina a los serbios invasores, fue condenado por el Tribunal de La Haya a 25 años de prisión por sus crímenes de guerra. El mismo tribunal legitimó la guerra, elogió la operación ‘Tormenta’ que Gotovina dirigió, pero no pudo perdonarle que permitiese que sus soldados saquearan y quemasen hogares y matasen ancianos. Si un auténtico y condecorado héroe de guerra puede ser castigado, un goleador mucho más aunque parezca desmesurada la comparación. En el fondo es lo mismo. El bien y el mal están presentes en las grandes cosas y en los pequeños detalles. La justicia y la injusticia valen en la ONU y en el patio de mi casa.
Salgamos de Krajina y vayamos a Liniers. Así llegamos a la noche de la última esperanza. La del lunes de los tres partidos que decidían una plaza, la última (nunca la primera) en la Copa Libertadores. Tres candidatos, los tres con la necesidad de ganar. Godoy Cruz, quien menos precisaba del triunfo, sin embargo ganó. Independiente, el de menos esperanzas, también ganó (triunfo que finalmente, en la tabla acumulada, lo dejó arriba de su vecino… Por eso, también, lo de Racing fue fracaso aunque por diferencia de goles haya sido segundo). El único que no hizo su parte –una vez más– fue Racing. Tres cinco en la media cancha y cero gol en el arco contrario justificaron ese mal final. Entre un DT que solo piensa en la defensa y el rey del off-side en el ataque, Racing consumó su último papelón del año…
El papelón no fue perder, es parte del juego. El papelón tampoco fue no clasificar, porque se sabía que dos quedarían afuera. Y ni siquiera quedar 12 puntos atrás de Boca en un torneo corto. El papelón lo hizo la hinchada que entregó un momento que jamás pensé que presenciaría: FESTEJÓ EL FRACASO. Primero, con el consabido ‘Y Teo no se va’ y después con una inusitada fiesta, en los últimos minutos, generando la humareda que el equipo no precisaba, aunque lo definía (puro humo), que obligó a suspenderlo un par de minutos.
Era un momento triste, era un momento de lágrimas si se quiere, de silencio y retirada. Se había perdido lo que se fue a buscar, lo último que quedaba. Sin embargo, hubo fiesta. Fiesta en el fracaso. ¿Civilidad? ¿Desdramatización del fútbol? Sí, de acuerdo con todo eso, pero sin ridículos. La derrota se transformó en algo tan normal en Avellaneda, que la hinchada parece necesitarla. Como en un ritual vudú bebe de su propia sangre aunque eso le debilite el cuerpo y trastorne la mente. Tanto se instaló el papelón y tan cotidiano es el ridículo, que se festeja la derrota. Nunca visto.
Si se equivocan los jugadores, no acierta el técnico, se pelean los dirigentes y la hinchada le ríe a la adversidad es Racinglandia. Así no hay futuro. Sólo utopía. Y mientras tanto Boca continua festejando.
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COLUMNA CANTADA: el lector puede escuchar la versión original de este twist de Maria Elena Walsh, interpretado por Sandra Mihanovich en http://letras.terra.com.br/sandra-mihanovich/200443/, o entretenerse con la adaptación tergiversada en ‘Twist del Nueveliso’.
Twist del Monoliso
¿Saben, saben lo que hizo
el famoso Nueveliso?
Jugando por la Copa
se peleó con la pelota.
¡Qué coraje, qué valor!
Aunque se olvidó el cuchillo
entre los dientes, cholillo,
la peleó con deshonor.
La pelota se pasea
de la zaga al goleador:
“No me tiren con cuchillo,
tírenme al peleador”.
A la hora del regalo
la pelota le dio al palo…
Fue tan raro el Nueveliso
que del poste no la quiso.
El valiente goleador,
ordenó a su comitiva,
que se la guardaran viva
en el ilusionador…
Nueveliso tocó bocina
en la Copa Argentina;
porque en el día a día,
la pelotita no metía…
Nueveliso con rigor
al fin la empujó un poquito,
de penal dio un pasito,
la pelota sin error.
La pelota Nueveliso,
la rebota por el piso.
Otras veces, de visita,
la metía en la jaulita…
Pero un día fingió un teatrón…
Y se imaginan lo que hizo
el valiente Nueveliso; dijo:
“Ayyy que papelón...”
La pelota se pasea
de la zaga al goleador:
“No me tiren con cuchillo,
tírenme al peleador”.
A la corte del rey Cholo
fue a quejarse por error.
Muy miedoso el rey promete
triple cinco y al ‘cuete’,
para dar frenesí…
De repente dice al Cholo:
“Allá están, arriba de mi trono,
las pelotas que perdí”.
Y al hincha, sin permiso,
el valiente Nueveliso
negó en la Bombonera.
La cabeza paseandera
Nueveliso la perdió.
La tribuna estaba loca,
y la ilusión se acabó...
NOTA: en negrita las palabras adaptadas.
(*) Director Asociado Diario Perfil/primera época; creador de SoloFútbol.