jueves 11 de junio del 2026

El 9 es el vacío

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“Las cosas que vemos están en nuestra alma y no en las cosas. Por ejemplo, si Velázquez copia una fotografía lo mejor que sabe y puede, le sale un Velázquez. Si un tonto copia una foto, le sale una tontería. Y si la copio yo, sale un Dalí.” Salvador Dalí (1904-1989), reporteado por Joaquín Soler Serrano en 1977.

Es curioso ver a ciertos boxeadores cuando el árbitro los llama al centro del ring, antes de la pelea. Algunos lo escuchan con los ojos clavados en el piso, otros apuntan hacia las luces del techo. Evitan mirarse. Los perturba ese duelo invisible. Benvenutti, por ejemplo, sintió un puñal de hielo en su estómago cuando se topó con Monzón. Es mental, inmanejable. Temor y temblor, diría Kierkegaard.

El poderoso Madrid de Mourinho ya no puede sostenerle la mirada al Barça de Guardiola. Cuando lo hace, estalla en furor. Se paraliza. Se desborda. Se pierde.

Muhammad Alí, que hace unos días cumplió los 70, boxeaba como juega el Barcelona. Jab, jab, jab, toque y movilidad, buscando el hueco donde descargar su mano. Se deslizaba casi sin tocar el suelo, como Iniesta, y de pronto, ¡zas!, metía la estocada. Letal como una diagonal de Messi, su cross; tan inubicable y sorpresivo como Cesc. O el que llegue y alcance la blue note. Eso que tumbó al Oso Feo, el temible campeón mundial a quien Cassius Clay, todavía con su “nombre de esclavo”, le había dedicado una de sus rimas: “¡Sonny Liston is great, but he’ll fall in eight!” Wrong. Fue antes. Abandono en el sexto. Y nocaut en el primero en la revancha, con aquella mano que ni Liston ni nadie alcanzó a ver.

Ya no era tan joven ni tan fuerte el 30 de octubre de 1974 en Kinshasa, antes de pelear contra Foreman. Norman Mailer lo contó todo en un libro fantástico, The fight. Alí tenía 32 y nunca fue el mismo después de esos tres años sin boxear por negarse a ir a Vietnam. “Ningún vietcong me llamó fucking nigger, ¿por qué debería ir a matarlos?”, dijo, en 1967. Marche preso. Su título lo tenía Big George, 25 años, una bestia que venía de tirar seis veces en menos de dos rounds a Joe Frazier, nada menos. Alí no podía ganarle. Angelo Dundee, su mánager, hasta temía por su salud.

El plan previo era obvio: mantenerse lejos de esos puños asesinos. Pero Alí hizo todo al revés. Retrocedió. Apoyó la espalda contra las cuerdas y lo esperó. Foreman pegaba, furioso. Alí bloqueaba y hablaba: “¿Eso es todo lo que tienes, George? ¡Oh Dios, no puedo creer que seas tan poca cosa! ¿Acaso no sabes quién soy? ¡Soy una leyenda! ¡No puedes ganarme!”. La mente destrozó al músculo en el octavo. Foreman cayó a sus pies de bruces, enorme, imponente como un viejo roble. Nocaut.

Mourinho intentó copiar algo de esa táctica cuando su Inter áspero y rocoso eliminó al Barcelona de la Champions en el Camp Nou. ¿Lo recuerdan corriendo, brazo en alto, dedo índice apuntando hacia el cielo? ¡Number one! Y sí, Mou. Uno. Una. La única. A veces pasa.

Llegó al Madrid para terminar con la intolerable hegemonía barcelonista pero nunca pudo superarlos. Salvo una escuálida excepción que confirma la regla: aquella desdichada Copa del Rey, la que se le escurrió de las manos a Sergio Ramos y fue aplastada por las ruedas del bus que paseaba al equipo por la Cibeles. Nada.

Su Madrid jugó siete clásicos en el Bernabéu. Perdió cinco y empató dos. Guardiola, pobre, lo tiene alquilado. En los tres años y medio que lleva dirigiendo al Barcelona, su equipo ganó 13 de los 16 campeonatos que disputó. Uf… Acojonante, tío.

Mou llegó exitoso, soberbio, pedante. Hoy lo destrozan. Fracasó, es cierto, pero nadie puede negar que lo intentó todo. Seguirá buscando, si lo dejan. Tiene con qué. Lo que no tiene, se ve, es estatura de leyenda, como Alí. Eso no se compra ni se alcanza con la formalidad de un título, muchachos. Ni con más de dos.

En su primer clásico de local Mou salió a atacarlos. Les dio libertad y se comió cinco. El mazazo lo llevó otra vez a las cuerdas y decidió inventar al villano perfecto. Pepe, un zaguero de buenos recursos y pésimos modales que lideró un trivote destructivo de medios destinado a cortar su circuito creativo. Funcionó… de a ratos. La impotencia los quebró. Terminaron furiosos, pegando a mansalva. Un papelón.

Los dos últimos duelos en el Bernabéu empezaron igual. Error del arquero visitante –Valdés pifia con el pie: gol de Benzemá; Pinto cubre mal su palo, el zurdazo de Ronaldo se cuela entre sus piernas– y el Madrid que pasa a ganar, tempranito y en casa. ¿Y? Nada. El Barça, impasible, jugando a su estilo. Y el Madrid con ataque de pánico, cediendo pelota, terreno, deseo, todo. Entregado.

¿Quién juega de 9 en ese equipo de Pep? El vacío. Nadie. O todos. Porque el Barça, sartreano, arroja a los suyos al campo de juego sólo para llenar ese vacío. La existencia del Barça es la pelota. Rotan. Triangulan todo el tiempo para tener, al menos, dos opciones de pase. Pura escuela holandesa. Moverse, crear espacios y ocuparlos. Sorprender, siempre. Así bailaron y golearon al Santos de Neymar en Japón con aquel ¡3-7-0! Un juego condenado a la libertad.

¿De qué juega Xavi? De circuncentro. ¿Qué es eso? El punto central del círculo que se forma uniendo los vértices de cualquier triangulo. Allí vive y dirige. El es Von Karajan y Messi, Paganini, el solista virtuoso. Mantienen una idea. Una identidad. Por eso juegan así, simple, lo más difícil de lograr. “Tan sencillos como Bach”, diría Mingus.

Mourinho piensa sólo en ellos. Eso lo condena.

No le haría mal imitar a otro catalán, un demente que soñaba con destrozar a martillazos a El pensador de Rodin y detestaba a Decartes. “Porque ellos piensan. Yo jamás pienso, yo juego.” Su nombre era Salvador Domènec Felip Jacint Dalí i Domènech.

Dalí. Un distinto, dirían acá.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil

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