viernes 12 de junio del 2026

Brancaleone, veloz, ruega por un cafecito

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"Yo he hecho eso, dice la memoria. Yo no pude haber hecho eso, dice mi orgullo y permanece inflexible. Al final, cede la memoria.” De ‘Más allá del bien y del mal’ (1886), Friedrich Nietzsche (1844-1900).

No estoy de humor. Murió Spinetta, el tipo al no que paré de escuchar en los últimos cuarenta dos años de mi vida y gordas lágrimas rodaron por mis mejillas durante todo un día. El dolor mutó en perplejidad cuando advertí la súbita, unánime, oleada de buen gusto en los medios que reproducían sus canciones y destacaban su obra, aun sin tener mucha idea de lo que decían.

Milagros de la maldita muerte. Mmm… Lo que realmente creo es que los medios no tenemos piedad, ni entre nosotros.

También impiadoso, pero consigo mismo, San Lorenzo parece atrapado en una ontología del desastre. Uno lo ve avanzar hacia el abismo, con paso firme. No le sale una. Transmite esa sensación trágica de derrumbe que se siente en las tripas, por ejemplo antes de una separación amorosa. Su gente ni siquiera tuvo ánimo para el reproche o la furia después de la humillación contra Lanús. El equipo intenta rebelarse, le pone garra, voluntad… y es peor. Lo aclara Sun Tsu en su Arte de la guerra cuando dice, pragmático, irónico que es preferible tener un general incapaz y cobarde que uno malo y voluntarioso.

Abdo, atrapado en un mal sueño, todavía sueña con escaparse en medio de la boda. Los demás dirigentes tratan de abandonar, con escaso éxito, la bolsa de gatos donde suelen pelearse y Madelón hasta ensayó algunos gags en los entrenamientos para bajar las tensiones, levantar el ánimo y construir una mística. Le costará. Su equipo sale a jugar con la misma mirada vacía que teníamos todos en 2001. Ojalá reaccionen. Cuentan con una tradición no menor: son un club que sabe sufrir, como los grandes boxeadores. De ese sufrimiento, por ejemplo, surgieron los camboyanos, heroicos en las malas, cuando hace falta. Ojalá el milagro se repita.

¿Qué más? Boca ganó como siempre: sólido, efectivo, sin brillar. Ya sin Spinetta, quizá la luz nos quede a todos más lejos. Quizá exagere. Quizá no.

Racing, según una encuesta editada por Clarín con la opinión de técnicos y jugadores, ni figura entre la lista de candidatos a campeón que encabeza, con lógica irrebatible, el pétreo Boca. Es más: suma más votos que nadie en el rubro “Decepción”. ¿Qué digo yo? Dos cosas:

a) Racing me recuerda a Blind Faith, un supergrupo que reunió en 1969 a los mejores músicos ingleses: Clapton, Ginger Baker, Ric Grech y Steve Winwood. Fue un fracaso. No se logra una buena banda sólo con solistas. Hace falta armonía, buen tempo, complementación. Veremos si el Coco Von Karajan puede arreglarlo con su partitura de memoria.

b) La única manera de que a Racing le vaya bien es que nadie lo tenga en cuenta, incluyéndome. Eso sí es auspicioso. Así funciona su exótica dialéctica.

Pero basta ya de ciencia ficción. Vayamos a otro rubro más divertido. La ópera buffa. El teatro del absurdo. Un sainete criollo con LSD (que no son teles, justamente).

¡Volvió nuestro viejo Brancaleone! Ya no en cruzada hacia tierra santa sudafricana para recuperar el Santo Grial, sino despachándose a gusto desde Dubai, el paraíso en donde vive su injusto exilio. Maradona, aburrido entre tanto oro y desierto, harto de dirigir a Donda –que no Victoria, una pena–, Mercier y nueve pinochos de madera, repitió una vez más su increíble rutina.

Habló sin filtro, tal su estilo. Y dijo, sin pudor, lo contrario a lo que antes juraba por lo más sagrado. Un show que sus fans esperan y él entrega con enorme placer; enfático, pontificador, dueño de un nueva verdad revelada. La misma historia de siempre; un guión escrito por un loco.

Mancuso dejó de ser Mancu, el tipo por el que ponía las manos en el fuego para convertirse en “ese muchacho” que lo estafó. El mismo caso de Guillote, hoy Guillermo a secas, el amigo del alma que quería quitarles el pan a sus hijas. Nunca le envidié el trabajo a Cóppola, pese a que gracias a él vivió como un jeque. Lo ignoro todo sobre cuestiones contables, pero no debe haber sido nada fácil ordenar sus números en su mejor momento con semejante actividad y nivel de gastos; y encima haciendo magia o apilando comprobantes que, en algunos casos, la gente es medio reacia a entregar. Difícil.

Lo que ahora quiere Maradona es reunirse con Grondona. Don Julio, ¿lo tienen? El que les hizo tomar “café veloz” cuando Argentina jugó contra Australia por el repechaje. El que lo entregó cuando saltó lo de la efedrina en el Mundial. El mafioso. El que le mintió en el vestuario después del 0-4 contra Alemania. El que iba a denunciar ante el Inadi por discriminación y en la Justicia por administración fraudulenta, lavado de dinero, coimas y participaciones en empresas fantasma. El que quería ver preso por corrupto. Bueh. Ese.

Quiere reunirse con él y decirle que tenía razón cuando no quería a Mancuso. Maradona de verdad piensa que fue la incondicional defensa de su ayudante lo que lo eyectó de la Selección. Mancuso, por las dudas, recordó que fue testigo de muchas cosas, que si habla se pudre todo pero que ése no es su estilo.

Mientras Mancuso se muerde la lengua, Maradona la usa. Dice que no trabaja porque en Argentina “hay que transar con los dirigientes” y promete dirigir a Boca “cuando les pase el amor a Falcioni y haya gente que sepa lo que es una pelota”. Ah.

Delicioso. Así era la desopilante Armada Brancaleone, camino al Mundial. La que aportó, hay que reconocerlo, una frase para la cultura popular nativa: “La tenés adentro”. En fin… Toda esta pavada sería sólo divertida si no se reflejara, al mismo tiempo, el patético deterioro de un mito de la argentinidad. Aunque, cierto es, el concepto de “verdad” poco tiene que ver con la ontología del mito.

Vale por lo que significa, por lo que representa. Y Maradona –me gusta repetir– todavía es una bandera; no un póster como Messi, apenas el mejor futbolista que haya existido jamás.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil

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