viernes 12 de junio del 2026

No quiso ser

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“Lo malo no está en que la vida promete cosas que nunca nos dará; lo malo es que siempre las da y deja de darlas.”

De “La vida breve” (1950), Juan Carlos Onetti (1909-1994)

Cuando venís torcido, seguro funciona la Ley de Murphy: si algo puede salir mal, pues saldrá mal. Eso le pasa hoy a mi amada España, donde viví alguna vez, que viene de una rachita que ni te cuento.

Crisis. Desocupación. Un simpático Woodstock de indignados en Sol que en lugar de querer cambiarlo todo, como en el Mayo Francés, exigen un sistema más eficiente. Otra vez el PP, y con Rajoy, gran amigo del papá de Antonia. Don Felipe Juan Froilán de Marichalar y Borbón, Grande de España; nieto del rey Juan Carlos y no tan grande, porque recién anda por los 13, en plena edad del pavo, que va y se pega un tiro de escopeta en el pie como un boludo, mientras su abuelo, el Borbón más amado de la historia después del 23-F de Tejero, viaja a Botswana, Africa, en pleno plan de ajuste y se rompe la cadera mientras caza elefantes, ésos que van a morir de paz, como cantaba Spinetta. Ay. Pierden YPF y los 13 mil millones de euros con que engordaron su chanchito desde 1997… ¡y para colmo el Barça y el Madrid los dejan sin la final soñada de la Champions! No hay derecho. Que los vascos de Bielsa y los vecinos pobres de Simeone alcancen la final de la Europa League no sólo no sirve como consuelo: suena a cruel ironía. A chiste de argentinos.

“Vio turbio su mañana y se quedó en su ayer. No quiso ser”, escribió alguna vez Miguel Hernández. Y fue así, nomás.

El Chelsea retomó el viejo guión del Inter de Mourinho y le fue igual de bien, agregándole una intensa cuota de heroísmo después de perder a sus dos centrales titulares: Cahill por lesión y Terry, el villano, por estúpido, como Teo. Ramírez embocó una, tejieron una telaraña y se apoyaron en tres cracks. Cech, un arquerazo; Lampard, el patrón del equipo, y Drogba, un 9 que juega de Patoruzú. Ganaron injustamente, sabiéndose menos, pero bien, legítimamente.

Los de Pep murieron con la suya, lo que es digno pero fatal. Esta vez el 9 fue el vacío, y el equipo también. No hubo Plan B. Mala suerte. Si Messi no chocaba dos veces contra el mismo palo, hoy seguían en el Olimpo, por supuesto.

No me gustaron ni los equipos que armó ni sus cambios. Es fácil decirlo ahora, claro. Sus razones habrá tenido. Guardiola impuso un estilo, armó un conjunto que hizo historia y ganó, dando cátedra, 13 de los 16 títulos que disputó en cuatro años. ¿Qué podría decirle? Nada. Los invictos ni idea tienen de la vida, Pep. Eres humano, chaval. ¡Enhorabuena!

El Barça parecía de otro planeta. Cuando se alcanza semejante nivel de hegemonía, sin oposición casi, no es extraño sentir que, aun ganándolo todo, en realidad uno no gana nada. El equipo sufrió un enorme desgaste mental y físico. “No tienen más piernas”, me advirtió antes del partido Perfumo, un sabio. Este equipo lo dio todo. El técnico también. Por eso se va. Hace bien. Hay que cambiar.

Mourinho seguirá. La Liga le dará aire y el madridismo lo ama, como a Ronaldo, dos personajes hechos a imagen y semejanza de un club imperial que sin embargo no alcanza una final de Champions desde aquélla que ganó el 15 de mayo de 2002. En la última década invirtió casi mil millones de euros en jugadores para conseguir la Décima, mientras el Barça, con sus enanos gasoleros de La Masía, ganaba tres. Mm… A veces el dinero no lo es todo, muchachos. Menos mal.

Cristiano tuvo veinte minutos para el Oscar y desapareció, hasta fallar su penal, como Messi. Kaká entró sólo para demostrar que no está más. El pobre Xabi Alonso, el único capaz de tenerla para que el equipo descanse con la pelota y evite defenderse juntando soldaditos atrás, está fundido y muy solo en el medio. Su equipo apuesta a sus noqueadores, palo y palo. Con eso le sobra en la Liga, donde todos le juegan aterrados. En Europa, la historia es diferente.

El Bayern, por ejemplo, lo superó siempre, pese a la insólita definición por penales. Es un equipazo. Ribéry, Robben, Lahm, Müller, Schweinsteiger, Mario Gómez… De haber pasado el Barça, intuyo, también lo habría triturado físicamente.

Tengo debilidad por el Bayern. Me hice medio hincha en 1966, después de verlos jugar contra Racing la noche que Siemens los trajo para inaugurar la iluminación del estadio. En aquella ocasión me deslumbró el 6 de ellos, un tipo tan elegante como Perfumo, lo que ya era mucho. Be-cken-ba-uer. Aprendí su nombre de memoria.

Ese mismo año, Martin Heidegger, que volvía de dar unas conferencias en Heildelberg, se encontró en el tren con Hans-Reinhard Müller, director del teatro de Friburgo, que empezó a hablarle de teatro, del arte, de la angustia del Ser, esas cosas que, intuía, fascinarían al Maestro. Pero no. Don Martín  contestaba con monosílabos, desinteresado, hasta que, de pronto, comenzó a hablar maravillas… de un futbolista. Un joven que había visto en la televisión de un vecino, en la Selva Negra. Franz Beckenbauer. Lo maravillaba su precisión, su firmeza en el mano a mano, la delicadeza con la que manejaba el balón. Se levantaba de su asiento para imitar sus movimientos. Lo definió, solemne: “¡Großartiger spieler!”. (“¡Jugador genial!”). Müller asentía, atónito. No entendía nada.

El Bayern seguramente ganará la Champions y él, desde algún lugar, quizá sonría, satisfecho. Yo también. Por mi recuerdo infantil, por él –aunque no le perdone su fervor nazi, del que jamás se arrepintió–, por el Ser –que no es el yogur–, por su jerga que me da jaqueca, y hasta por Hannah Arendt.

En fin. Ya lo dijo Gary Lineker en 1990, después de perder las semis contra ellos en el Mundial: “El fútbol es un deporte que inventamos los ingleses, que juegan 11 contra 11 y en el que, al final, siempre ganan los alemanes”.

Buena frase. Todavía funciona, parece.

(*) Esta nota fue publicada en la Edición impresa del Diario Perfil