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22/04/2016

¡Que vuelvan los clásicos!

El segundo Super oficial del año tiene día confirmado. // Télam.

En esta particular fecha se debería vivir el pico de euforia del campeonato, pero los hechos demuestran lo contrario: indiferencia, conventillo, violencia y hartazgo.

Hubo un tiempo en la Argentina cuando las primeras preguntas sobre un nuevo campeonato tenían un solo destinatario. ¿Cuándo jugamos el clásico?, ¿de local o de visitante? El resto era anecdótico y pasaba a un segundo lugar, se daba por descontado que más tarde o más temprano tocaría jugar contra todos pero partido especial había uno sólo. Especial, porque su sola cercanía era capaz de opacar cualquier otro evento, llegando a un punto tal donde no había otro tema de conversación en el transcurso de la semana. Medidas de gobierno, accidentes naturales, hechos violentos o bochornosos quedaban bajo un manto de invisibilidad cuando se acercaba el clásico.

De tanto hablar sobre él, rápidamente se convirtió en el panegírico de las frases hechas (dichas y publicadas). “En los clásicos, no importa el puesto en la tabla”. “Los clásicos son partidos aparte”. “Da lo mismo como se llegue a un clásico”. “Un clásico es un clásico”. “Cada clásico es diferente”. “Ojalá sea una fiesta dentro y fuera de la cancha”. “El clásico es un partido bisagra”. “Los clásicos son para ganarlos”. “Los clásicos no se juegan, se ganan”. “Por la gente, queremos ganar el clásico”. “El que cometa menos errores gana”. “Sería lindo ganar el clásico”. “El clásico hay que ganarlo como sea”. “Si ganas el clásico, salvas el año”.

En la víspera de la fecha de los clásicos, se debería vivir el pico de euforia del campeonato. Eso sería lo lógico, lo que se hubiese imaginado a comienzo de año, pero los hechos demuestran lo contrario: indiferencia, conventillo, violencia y hartazgo.

Simplemente con hojear los titulares de cualquier diario y evocar cómo se vivía un clásico hace un par de años, es nítido el contraste. Las paternidades. La táctica del partido. La especulación sobre las formaciones. La ansiedad de los protagonistas en las entrevistas. Aspectos que hoy están lejos de ocupar un lugar de relevancia porque lo periférico tapó al juego, lo verdaderamente importante.

Los problemas de la AFA siguen siendo noticia frecuente. La lucha de poder, que se dirime en un “todos contra todos”, ya no permite ver de qué lado está cada uno: continuistas frente a innovadores, grandes versus chicos, Buenos Aires contra el interior, Primera vs. Ascenso. Así es posible seguir extendiéndose con los temas a medida que la política nacional se inmiscuye cada vez más por los pasillos de Viamonte 1366. A tal punto ha llegado la acefalía “afista” que algunos proponen, para obtener una mejor tajada circunstancial, escindirse para conformar una Liga paralela. Como si le historia no existiese.

Era esperable también que la ausencia de un poder real llevase a los seleccionados juveniles (que no corren con la urgencia) al abandono. Se espera confirmación sobre las nuevas autoridades para que decidan quienes quedarán a cargo pero, en el mientras tanto, se acumulan las camadas de chicos que pierden sus oportunidades de desarrollo y competencia: experiencias que nunca habrán de recuperar.

La violencia también acapara titulares y repercusión. “Matar o morir” decía el cartel que colgaba del alambrado, en el coloso del Parque de la Independencia, durante el habitual banderazo previo al clásico: decorando el escenario de la popular de Newells, por detrás del cartel, colgaba un “trapo” grande con los colores de Rosario Central.

En estos días, la violencia ha sido verbal y también fue física. Alan Ruiz, jugador de Cólon recientemente vendido al Sporting de Lisboa, fue agredido por la barra y terminó abandonando la ciudad como un prófugo, en la mitad de la noche, mientras los violentos ya disfrutaban de su libertad jactándose de lo realizado. La dirigencia del club dice que intentaron hasta último momento convencerlo para que no se vaya pero no dicen nada sobre su accionar en relación a la hinchada.

Hubo un tiempo, en el fútbol argentino, cuando también se decía que “un clásico era un partido de 6 puntos”. Única frase hecha que no corre más y probablemente otro motivo por el cual, en esta fecha de clásicos, de fútbol casi no hablamos. El campeonato bizarro se esfuma con pena y sin gloria, mientras la Copa Libertadores cobra relevancia. El análisis del juego brilla por su ausencia porque la noticia urgente nos tapa lo importante. En ese rumbo andamos, ¿todavía hay tiempo para desandarlo?

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