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10/12/2018

Una copa que gotea

River campeón: la copa más deseada, también la más manoseada de la historia. //AFP

Necesitaron mucho talento para convertir la final de Libertadores más intensa de la historia en un partido más. Hicieron muchos méritos y lo consiguieron.

Sos hincha de River y no lo podés creer. Seguro que fuiste al Obelisco, o tal vez preferiste llenar la noche de bocinazos o en una de esas saliste a revolear la camiseta por tu barrio, da lo mismo. Necesitabas que el mundo no sea indiferente porque estás convencido de que River te regaló la mejor ofrenda posible. El susto por la volea de Pablo Pérez ya es historia, el gol de Benedetto apenas quedó como un número perdido en las estadísticas y el penal que no le cobraron a Pratto es una anécdota. Ese alarido de “River campeón” tiene mucho de desahogo, de tensión contenida. Ahora sacás pecho, y está bien, porque fue contra Boca, en una final. Lo demás, todo lo demás, importa poco. Por lo menos por ahora.

Sos hincha de Boca y no lo podés creer. Irías al Tribunal de La Haya para reclamar por la expulsión de Barrios, volverías a mirar el gol de Juanfer Quintero solo para identificar a los responsables, te seguís lamentando por el tiro de Jara en el palo cuando ya estaban con nueve e insistís con una pregunta que te persigue: por qué otra vez Gago. Buscás argumentos, complicidades, necesitás un consuelo que va a tardar mucho tiempo en llegar. El bicampeonato no te alcanza, porque Boca es así, siempre exige más, entonces buscás culpables y ahí empezás a dudar: ¿serán tan capaces los mellizos? ¿será Angelici un dirigente eficaz? Necesitás respuestas que expliquen este bochorno. Lo demás, todo lo demás, importa poco. Por lo menos por ahora.

Sos hincha neutral y no lo podés creer. El destino no te hizo de Boca ni de River, pero igual habías tomado partido, porque un futbolero nunca es imparcial. En un zapping te cruzás con un encuentro de la segunda división de Bielorrusia y sin nada que lo justifique te ponés del lado de alguno de los dos equipos. Con más razón en semejante final. Pero todo fue tan manoseado que poco a poco perdiste interés. Pasaste de la fascinación a la indiferencia. Ni siquiera te quedó lugar para el morbo. Como si se tratara de una confabulación universal, el mundo conspiró: los barras, la Policía, los funcionarios del Ministerio de Seguridad, los dirigentes de la Conmebol, los de la AFA y los periodistas/hinchas. Hicieron todo lo posible para que te agotaras. No fue sencillo, ojo. Necesitaron mucho talento para convertir la final de Libertadores más intensa de la historia en un partido más. Tuvieron que hacer muchos méritos para que el Superclásico más adrenalínico termine generando apenas más atractivo que un amistoso de verano. Y lo lograron. Llevar el partido a 10 mil kilómetros es solo la porción más visible de una serie de decisiones escandalosas.

Sos hincha del Negro Fontanarrosa y te acordás de una escena de su novela La Gansada. Resulta que hay dos mujeres que se envidian, se odian y compiten todo el tiempo. Cuando una de ellas cumple años recibe una escultura suya hecha de hielo, regalo de su archienemiga. La agasajada queda fascinada con el obsequio y, por supuesto, lo exhibe en la fiesta. Ahí está la trampa: a medida que pasan las horas la escultura se derrite, se deteriora a la vista de todos los invitados. El homenaje se convirtió en humillación.

Ahora mirá la copa, esa que ganaste, que perdiste o que padeciste como neutral. Fijate bien: seguro que empezó a gotear.

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