Se cumplen 25 años del Topo Gigio de Juan Román Riquelme, ocurrido el 8 de abril de 2001 durante un Superclásico en el que Boca venció 3-0 a River. El festejo fue una protesta dirigida al presidente Mauricio Macri por conflictos contractuales. Riquelme declaró irónicamente que era un homenaje a su hija, pero el gesto quedó para siempre como un símbolo de rebelión e identidad xeneize.
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La historia detrás del gesto: Román vs. Macri
El clima previo a ese Superclásico estaba lejos de ser ideal. Riquelme mantenía una tensa disputa con el entonces presidente del club, Mauricio Macri, por la mejora de su contrato y una transferencia al Barcelona que se encontraba trabada. Román, fiel a su estilo silencioso pero letal, eligió el escenario más grande del mundo para responder. No necesitó micrófonos; le bastó con sus manos y un desplante que dejó mudo al palco dirigencial mientras la cancha explotaba en un solo grito.
Ese festejo no fue una ocurrencia del momento, sino un mensaje directo al poder. Cuando terminó el partido y los periodistas lo abordaron, Riquelme apeló a una ironía magistral que aún hoy se recuerda: "El festejo fue para mi hija, porque le gusta mucho el Topo Gigio". Nadie le creyó, pero todos lo entendieron. Aquel 8 de abril, el ídolo marcó la cancha y demostró que, en el Mundo Boca, el sentimiento del hincha siempre pesará más que cualquier chequera.
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Un legado que trasciende generaciones
A un cuarto de siglo de aquella gesta, el Topo Gigio dejó de ser un simple festejo para convertirse en una marca registrada del fútbol mundial. Desde Lionel Messi ante Países Bajos en Qatar hasta figuras de la NBA, el gesto de Román ha sido replicado como un símbolo de "escuchen ahora" o de rebelión ante la crítica. Para el hincha xeneize, es la síntesis perfecta de la esencia de su máximo ídolo: talento, rebeldía y amor propio frente a la adversidad.
Aquel equipo dirigido por Carlos Bianchi terminaría de consolidar una era dorada, pero la imagen de Román desafiando la autoridad desde el césped de Brandsen 805 es, quizás, el cuadro más fiel de su carrera. Hoy, con Riquelme sentado en el mismo sillón que ocupaba su destinatario en 2001, la efeméride cobra un valor simbólico aún mayor. La historia, caprichosa, terminó dándole la razón a aquel chico que solo quería que lo escucharan.
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