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OPINIóN | 19-05-2019 10:45

La peor rueda que gesta el fútbol

El caso Mauro Zárate expuso el círculo vicioso de violencia e irracionalidad que siempre orienta a los hinchas. Nadie perdona y todos condenan.

Siempre se dice que lo que más duele de la traición es que jamás viene del enemigo. Así se deben sentir todas las partes de esta historia que ya tiene casi un año, pero tomó una relevancia mayor por estos días, cuando Mauro Zárate volvió al Amalfitani y enfrentó por primera vez al club que lo vio nacer. “El que no salta es un traidor” fue el canto que tapó a la banda militar que tocaba el Himno y perforó la coraza del delantero de Boca. La performance del equipo de Gustavo Alfaro durante ese partido fue floja y la de Zárate también: se lo vio cabizbajo, en los pocos contactos que tuvo con la pelota una silbatina caía de las tribunas y dejaba en claro el disgusto general. También sorprendió verlo, con el encuentro ya terminado, en la mitad de la cancha en soledad, mientras sus actuales compañeros saludaban a sus ex compañeros. Final de visitante. Ahora, a la Bombonera.

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La cancha de Boca recibió a Zárate como a un héroe, lo acobijó y lo hizo propio luego del maltrato y el rechazo que sufrió en lo que alguna vez fue su casa. Otro flojo partido del Xeneize. Esta vez, Zárate tuvo una actuación un poco más decente, donde tuvo un tiro en el travesaño, varios desbordes y fuertes cruces con los jugadores rivales (algunos ex compañeros y otros no, como Leandro Fernández y Gastón Giménez). Coronó su noche convirtiendo en la definición por penales. Y ahí se desató la polémica (¿polémica?): el grito con el alma, los golpes en el pecho y las miradas a la hinchada que le dio todo su apoyo. Puedo entender el dolor del hincha de Vélez, aunque lo que se vio fue un tipo que descargó todo el peso que llevaba en su cuerpo. Porque, como dije al principio, esta historia lleva casi un año. Las primeras semanas de este suceso no fueron fáciles para el ex delantero de Lazio e Inter. Amenazas a su esposa, hostigamiento constante en redes sociales, amenaza de bomba al colegio de su hija. Todo ese componente emocional que cargó durante largos meses explotó en ese grito. No soy quién para juzgarlo: al igual que la mayoría de la sociedad, jamás estuve en ese lugar. La declaración pospartido tiene otro componente. “Pasó el equipo grande”, le dijo a Marcelo Benedetto antes de despedirlo. Lejos de poner paños fríos, Zárate revoleó otra trompada a una situación con mucha carga violenta. Y redobló la apuesta al otro día con un texto que envió al programa de radio Perros de la calle donde lanzó un tajante: “Lo que me hicieron en el Amalfitani no me lo olvido”. Y todo contribuye a la peor rueda que gesta el fútbol. Ese círculo vicioso de violencia e irracionalidad que siempre orienta a los hinchas. Nadie perdona y todos condenan. Muchas veces la expresión del amor más increíble se siente en una cancha de fútbol. Miles de personas aman e idolatran a una persona que no conocen más que cuando tiene la pelota en el pie. Sienten el amor por un gol o una atajada. Y lo dejan en claro, te convertís en el héroe de la tribuna, el ídolo de los niños y el fetiche del periodismo. Este caso es a la inversa. Mauro Zárate se transformó en el enemigo número 1 del club del cual siempre dijo ser hincha. El mundo del fútbol repudió su accionar. Parte del periodismo justificó su decisión, ya que el futbolista también es un trabajador y así hay que pensarlo. Pero otra parte lo condenó y alimentó la polémica. El hincha no perdona fácil. A veces, solo tenés que conformarte con la indiferencia. Este caso parece no ser de los que se vayan a resolver con un final feliz.

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Ser funcional a un sistema violento no es la respuesta a nada. Suena obvio, pero no lo es. El dolor que sintió el jugador es tan real como el que sintió la hinchada. ¿En qué momento creemos que ese dolor puede calmarse con más chicanas baratas u hostigamiento constante?

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En este caso en particular, los protagonistas son la hinchada de Vélez y Mauro Zárate. Pero esta conducta de decisiones irreversibles se esparce a lo largo y a lo ancho de toda la sociedad en la que no podemos concebir un cambio de idea. Las posturas pueden cambiar de acuerdo a las coyunturas. Nunca digas nunca y nunca digas siempre.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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