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11/10/2018

Equitación: la historia de superación de Kierkegaard

Richard Kierkegaard y una historia de superación. Foto: COA

Con un apellido ilustre dentro de la equitación argentina, el jinete de 15 años sufrió un accidente que lo tuvo en coma dos días y casi lo deja sin poder volver a caminar.

Dentro de la numerosa delegación argentina, hay una historia de superación que merece ser contada. Es la de un atleta que hace tres años estaba en coma y peleó por su vida, y no solo que se repuso, sino que además se convirtió en un atleta olímpico. Richard Kierkegaard. O el hombre que salió de un paro cardíaco y pudo montar de nuevo un caballo antes de volver a caminar.

Es poseedor de un apellido tradicional de la equitación argentina, gracias a su papá, miembro de la Selección de equitación durante dos décadas, ex campeón argentino y olímpico en Atlanta 1996; y de su tío Christian Ahlman, su tío alemán, medallista de bronce en Atenas 2004 y Río 2016.  Todo hacía indicar que el legado continuaría hasta el joven, que hoy tiene 15 años, sufrió un accidente que le pudo cambiar la vida. En declaraciones a Clarín, el jinete contó su drama: “Era una prueba con una altura mucho menor a la habitual que hacía yo. De hecho, había entrado más que nada para que el caballo conociera la pista. Venía todo perfecto y en un momento el caballo no saltó, se trabó con los palos y nos fuimos juntos al piso”.

Richard quedó atorado entre los palos, pero el caballo se levantó, con la mala suerte que el joven estaba enganchado del cuello con las riendas. Lo subieron a una ambulancia y de camino al hospital le agarró un paro cardíaco, lo reanimaron y una vez internado estuvo en coma dos días. Pero su amor a los caballos fue más fuerte, y solo un mes después ya estaba montando, a pesar de que los médicos que lo atendieron calificaban de utopía que vuelva a caminar. “Para volver a caminar tardé tres meses, pero antes de tener el alta para hacer mis actividades normales, ya me había subido al caballo”, recuerda.

Él quería viajar a Europa a competir, y lógicamente, ningún médico lo autorizaba a subirse a un avión. Fue tocando puertas hasta que encontró al que le dio el visto bueno. Después de decirle ‘loco’, le dio una medicación contra las convulsiones. Ahí entendió que no podía poner en riesgo su vida y abortó su misión. Pero siguió luchando hasta llegar a su sueño: ser olímpico.

Esto que estoy viviendo es un sueño. Compartir una Villa con 4000 atletas de edades similares y de todo el mundo es único. Estos Juegos fomentan la amistad. No es como parecen los Juegos de mayores, en los que cada deportista está en la suya. Acá hay un sentimiento grande de equipo y de compañerismo”,  sentencia el único jinete de la delegación argentina. Para él la bandera del país no es una excusa para conocer atletas de otros países.

A la hora de hablar de los caballos Richard no tiene ningún problema en asegurar que “a mí me dieron todo, crearon la persona que soy y no me imagino un día sin ellos. Son mi cable a tierra. Por ellos tengo mis amistades, millones de recuerdos, valores; por ellos me formé como persona. El caballo no es parte del deporte, sino otro ser vivo. Crear un vínculo con ellos es algo que no podés comparar ni tiene precio. Los míos son como mi familia y aunque no hablen, me ayudaron a pasar un montón de momentos, estuvieron siempre ahí conmigo. Son mi todo. No tengo otra manera de definirlos”.

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