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14/09/2019

Argentina finalista: Generación Dorada, fase II

Luis Scola, entre dos franceses. El histórico jugador fue la gran figura para el pase a la final del Mundial. / AFP

Parecía que la despedida de la mejor camada había generado un vacío, pero este equipo actualiza la historia. Las razones.

Es difícil escribir algo cuando la historia se pone de frente, cuando se debe sintetizar en un texto a un equipo que desde ayer será inolvidable, pero que antes de ser inolvidable fue impiadoso, práctico, feroz. Perfecto.

Cualquier esbozo textual no será nada al lado del abrazo que se dieron Luis Scola y Manu Ginóbili después de la semifinal ante Francia, un símbolo de la transgeneracionalidad de un equipo que no tiene fin. Porque ahí hay una clave para celebrar este momento: todos hablábamos del final de la Generación Dorada, de que Scola era el último héroe, de que ahora venía una transición lógica, pero casi nadie hablaba de que este equipo podía estar a la par de los que llevaron al básquet argentino a lo más alto en las últimas dos décadas.

Casi nadie lo decía salvo Scola, que ayer lo recordó con una templanza increíble en medio de los festejos de sus compañeros, el cuerpo técnico, los colaboradores y los periodistas que están en Beijing. “Yo dije que este equipo tenía algo del de 1999, del de 2002. Me decían que estaba loco. Pero se ve que tan loco no estaba”, remarcó en la zona mixta. “Quizás para el resto es una sorpresa, para nosotros no”, continuó el otro referente, Facundo Campazzo.

¿Hay otra Generación Dorada desde ayer? ¿Es la misma, pero en otro estadío, en otra fase de la historia? ¿Existe un hilo conductor que enlaza a la pasada con la presente? Desde lo estadístico hay similitudes. Quizás resulten curiosidades, pero ofrecen algún parámetro. La última vez que un seleccionado llegó a la final de un Mundial sin jugadores en la NBA fue justamente Argentina, en 2002. Aquel equipo, que perdió con Yugoslavia el partido decisivo, pero que dos años más tarde ganaría la medalla de oro en Atenas, tenía seis jugadores que debutaban en un Mundial. Esta Selección tiene siete.

Aunque más allá de los números, lo que une a esta nueva Generación Dorada con la anterior es el espíritu y el sentido de pertenencia. Si en la era de Ginóbili, Nocioni, Oberto y Compañía lo que prevalecía era el talento, en este equipo lo que prevalece es la disciplina táctica, la enorme predisposición a planificar los partidos y cumplir a rajatabla lo que pauta su estratega, el entrenador Sergio Hernández. “¿Vos viste cómo jugamos? Somos un equipazo. Somos muy molestos”, le dijo Nicolás Laprovíttola al periodista José Montesano luego del 80-66 a Francia y ahí condensó todo un concepto: Argentina es una selección insoportable en defensa. Una potencia como Francia nunca pudo atravesar la muralla defensiva que le propuso el equipo argentino, que congestionó la zona pintada e impuso un ritmo frenético de inicio a final, incluso en los últimos segundos, cuando el destino del partido ya estaba juzgado. “El juego se respeta más allá del resultado”, aportó en la conferencia de prensa el Oveja, mientras celebraba esa disciplina, que combinada con el talento innato de los jugadores argentinos generó esta conmoción en todo el país.

La otra reflexión de ayer, ensayada con ciertas precauciones por algunos protagonistas, es el lugar común –equivocado– de creer que el nivel de una selección es directamente proporcional a la cantidad de jugadores que participan en la NBA. Argentina está demostrando que para ser de élite no hace falta jugar en Estados Unidos: que se puede estar a la par, o incluso superar con cierta holgura, a las estrellas de esa liga jugando en Europa, en China o incluso en la Liga Nacional. Quizás suene ingenuo, pero ahí también está otra de las lecciones de esta generación en su fase II: desmontar una colonización cultural y poner a las ideas y al equipo por sobre el show y la extravagancia.

(*) Esta nota fue publicada en el Diario PERFIL.

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