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17/10/2019

Boca y River, bajo los ojos de la retrotopía

River y Boca otra vez mano a mano por la Libertadores. // Telam.

Un concepto filosófico de Zygmunt Bauman para analizar el Superclásico que definirá a uno de los finalistas de la Copa Libertadores.

Empezó la cuenta regresiva para la segunda semifinal del BocaRiver y el tema acaparó los medios. «Los jugadores tienen que tener un día brillante», dijo un analista que supo ser protagonista. «Deben ser conscientes de que tiene que jugar el mejor partido de sus vidas», acotó el que estaba enfrente. «Tienen que estar unidos y concentrados, y si tienen que putearse o agarrarse a piñas, hay que hacerlo porque este es ‘el’ partido», reafirmó el primero y completó, «saben que si no se hacen las cosas bien van todos en cana. Acá no se salva nadie».

Zygmunt Bauman no era un amante del fútbol pero fue el ideólogo de la modernidad líquida y no es la primera vez que sus textos nos permitieron trazar paralelos con el juego. Testigo de la invasión nazi a su Polonia natal, emigró al centro de Europa pasada la Segunda Guerra Mundial y en Inglaterra, al igual que en otros países, ejerció el cargo de profesor: en la Universidad de Leeds. Bauman siguió dedicándose a la filosofía hasta sus últimos días y dejó un libro póstumo, cuando murió en 2017 a los 91 años.

«Retrotopía» nos permite interpretar a los futbolistas actuales en su contexto y vislumbrar el escenario del Superclásico eliminatorio de Copa Libertadores. Aunque los analistas no lo puedan o pretendan ver, los protagonistas de hoy no van a hacer lo mismo que supimos hacer. Los tiempos cambiaron y con ellos cambió el fútbol. Y es lógico que así sea. Cualquier observador neutral, descontextualizado de la historia, no podría sino sonrojarse con la hipótesis que se esgrimen sobre lo que tienen que hacer o dejar de hacer los futbolistas de Boca para dar vuelta la serie.

Bauman, de sólo escucharlos, se hubiese puesto colorado. Analizar a los jóvenes de hoy con los ojos del siglo pasado, proponiéndoles recetas que pudieron ser efectivas en un momento pero que hoy resultan anticuadas, es superficialidad. No se pueden resolver los conflictos actuales como hace veinte años. La tecnología y la transformación de la sociedad cambiaron las relaciones humanas.

Es cierto que los que jugamos al fútbol en la década pasada, para resolver un conflicto, nos hemos agarrado a trompadas adentro de un vestuario. Hemos hecho eso y otras tantas cosas a sabiendas o con la expectativa de que no fuera divulgadas. En ese entonces, no había gente merodeando con celulares. Hoy, en un mundo atravesado por las “autopistas de la información”, con periodistas en los pasillos y allegados que se transforman en informantes de sus redes sociales, no hay nada que pueda permanecer en lo oculto.

El cambio de la tecnología no solo afectó lo que pasa afuera del campo, también alteró el registro del juego. Los sistemas de scouting y el big data modificaron la forma de analizar el rendimiento de los jugadores. Hace veinte años los seleccionadores ponían el ojo en los equipos que mejores resultados había obtenido en la temporada y luego se fijaban quienes habían sido sus principales figuras. Hoy, no es necesario que al equipo le vaya bien para destacarse. En la actualidad, se estima que en diez minutos de partido se generan cerca de siete millones de datos sobre la interacción de los futbolistas. Un extremo que desborda diez veces por partido y envía un centro preciso a un compañero puede llamar la atención, sin importar si el centro delantero que lo recibe convierte el gol o la tira afuera. Todos esos datos están medidos y es lo que los scouters miran al momento de tomar una decisión. Entonces, lo que antes era progreso ligado a lo colectivo, ahora se observa y se mide en términos del propio progreso individual.

Aquí está la clave y el fundamento que sustenta la importancia del rol del entrenador ¿Qué podría hacer en este contexto un futbolista altruista si pensara en tales términos cuando los diez compañeros restantes pensaran exclusivamente en términos individualistas? Si no hay un actor superior que piense en lo grupal, ese jugador no tiene otra opción que transformarse en otro individualista para subsistir. ¿Para qué retroceder y hacer un esfuerzo extra para marcar si a mí me miden por los desbordes y tengo que estar fresco para desequilibrar? ¿Por qué, como defensor, achicaría hacia adelante y aumentaría los espacios a la espalda para marcar en un contexto que no me favorezca?

Así como Bauman en sus textos mencionaba a la “fábrica fordista”, por la empresa automotriz “Ford”, como modelo del viejo desarrollo del capital de trabajo; este modelo perfectamente nuclea a los futbolistas de antes, vinculados a un club por el resto de sus vidas y donde la suerte del club era su suerte.

La charla entre los dos ex protagonistas continuó dejando conceptos para analizar. «Seguro estarán hablando todos los días y algunos muchachos en el plantel estarán manejando todo. En este partido, primero tenés que ser inteligente. Al que sabés que es medio dormilón, hay que empezar a despertarlo. Y así con todo lo demás. Quiero pensar que es así» dijo Raúl Cascini, sobre lo que él imagina que debe estar pasando en el vestuario de Boca.

Seguramente habrá preocupación por el futuro, en ese vestuario, pero las dinámicas no necesariamente serán las mismas. Bauman lo escucharía y retomaría el concepto de “retrotopía”: ese acto poseedor de un anhelo utópico de rectificación de los defectos de la actual situación humana, resucitando los malogrados y olvidados potenciales del pasado.

En lo que fueron los tiempos pasados de la modernidad, la idea de progreso tenía incorporada al concepto de colectividad: no había progreso si el avance no era del conjunto de la humanidad y con vistas a mayores niveles de bienestar. En la retrotopía de la posmodernidad, su “legado” ideológico post mortem, el progreso como tal no existe. En la vida líquida, la sociedad se basa en el individualismo. La carrera deportiva se ha convertido en algo temporal e inestable. La búsqueda de nuevas experiencias, mayores remuneraciones y en ser ciudadano de mundo, se consigue en el fútbol emigrando a Europa. Los antiguos valores como la fidelidad y la duración han perdido significado.

Por eso, para el futbolista líquido, las piñas que recomienda Cascini como receta difícilmente sirvan y el «miedo a ir en cana» no asusta. Los antecedentes lo avalan o sino pregúntenle a los diez futbolistas de Boca que perdieron en diciembre en Madrid y que actualmente continúan sus carreras sin inconvenientes en otras latitudes: lejos de Boca y sin la gloria, pero no tienen inconvenientes para llegar a fin de mes. Ejemplos de la posmodernidad futbolera.

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