El culebrón habitual del fútbol argentino ha cambiado de personajes. Ahora, la historia la protagonizan los entrenadores, ante la enorme ausencia de talentos espectaculares, de la carencia de jugadores que reflejen un futuro de crack o que simplemente, conmuevan tribunas con sus apariciones y acciones. Quizá lo bueno sea el regreso del Coco Basile para dirigir a su club de toda la vida, Racing, más allá de que haya tenido una vinculación profunda con Boca en los últimos años. Basile llega como el candidato ideal, tras el intempestivo alejamiento de Diego Simeone, que criticó duramente a los dirigentes que ganaron las elecciones y tuvo tiempo para solidarizarse con Pablo Podestá, el ex-directivo oficialista que hizo una pésima elección. Simeone reclamó cariño, contención, responsabilidad e hizo todo lo contrario. Ya es nuevo entrenador del Atlético de Madrid, donde siempre quiso dirigir. Lo logró.
Apreciado por los hinchas racinguistas, Basile deberá enamorar a la dirigencia y lograr que Racing no se desmantele ni pierda poder de gol, con o sin Teo Gutiérrez. Es el único que sonríe ampliamente, porque volvió a su gran amor y estará de nuevo en carrera. En lo que mejor hace y más le gusta. Lo mismo que Nery Pumpido, que finalmente podrá demostrar su experiencia y sus conocimientos en un equipo que se pone metas altas, como Godoy Cruz. Lo dirigirá en la Copa Libertadores, un torneo que ganó con Olimpia, hace años.
Sacando a Basile y a Pumpido, el conflicto parece ser el tema principal de las relaciones entre los entrenadores y los dirigentes. Diego Cagna aún no se desvinculó formalmente de Newell's y todavía nadie apuesta en firme que Gerardo Martino será el nuevo DT. La grave situación en los puntajes del cuadro rojinegro apuró decisiones, relativizó contratos y afirmó creencias en que las figuras históricas pueden provocar milagros. Newell's duda y espera por Martino, San Lorenzo quiere creer en Madelón y sus mensajes optimistas en medio de un panorama casi desolador de dinero y de incorporaciones, Independiente confía en Ramón Díaz más allá de sus pontificaciones sobre lo enorme del plantel que ha heredado y sus quejas -públicas o no- sobre la herencia que le dejó Antonio Mohamed. El Turco, herido en su amor propio, no se ha quedado atrás con su crítica al entrenador riojano.
El histórico regreso de Ricardo La Volpe a Banfield, su club originario, el equipo de su barrio, duró poco menos que un suspiro. Su campaña fue pésima, tan mala como la que había hecho Sebastián Méndez, en sus primeros escarceos. Obvio que hay mucha responsabilidad del plantel de futbolistas que no han acertado a conformar un bloque compacto y eficiente. Sin embargo, el crédito abierto que La Volpe tenía entre dirigentes e hinchas del Taladro, se evaporó rápidamente: ocho caídas en trece partidos, roces permanentes con sus futbolistas, una tendencia a la ironía, al escarnio público de sus hombres, llevó a Carlos Portell a consultar a los futbolistas y a largar públicamente -en la contratación del uruguayo Jorge Da Silva como nuevo director técnico- que media docena de jugadores le pidieron que echara a La Volpe. Tan crudo y real como esto.
Mientras tanto, Falcioni se queda en Boca, Gareca sigue en Vélez, Arruabarrena continua en Tigre y los dirigentes de Olimpo se decidieron por Héctor Rivoira, para intentar estabilizar un barco que parece navegar sin timón y sin destino como el cuadro de Bahía Blanca, que ha rifado en el Clausura, lo bueno que había construido en la temporada anterior. Historia de técnicos, nervios, declaraciones cruzadas, arengas sin sentido, bravuconeadas, todo sirve para aparecer en los medios cuando escasea el buen juego. Habrá más.