“En las bellas tragedias el desenlace se conoce por anticipado; no puede ser otra cosa que lo que es: ni el poder del hombre, ni a veces el del dios (y esto es propiamente trágico) pueden mejorar ni modificar la suerte del héroe.” Fragmento de ‘Cultura y tragedia. Ensayo sobre la cultura’ (1942), de Roland Barthes (1915-1980).
¿Qué hacemos? ¿Nos arriesgamos y lo jugamos igual? ¿Ponemos más policías que público? ¿Lo hacemos a puertas cerradas? ¿O mejor lo suspendemos para evitar males mayores? ¿Puede ser que un partidito de verano se convierta en un drama?
¿Qué podría pasar? Cualquier cosa. Donde se juegue o en cualquier rincón del país. Un grito, dos, golpes, heridos. Algún muerto, por qué no. Todo porque River descendió, Boca salió campeón y hay gente con escasa tolerancia a las bromas pesadas. Para muchos, el fútbol ya no es un juego. Es su vida, su bandera, el sentimiento inexplicable, esas cosas. De verdad matan o mueren por los colores.
No jugar este clásico –aunque especial, por la realidad que viven uno y otro– sería rendirse. Darle la razón a la conjura de imbéciles que maneja el negocio desde la tribuna y los escritorios. No jugarlo sería una locura.
Pero jugarlo también; si pasa algo, lo que muchos temen que puede pasar. Passarella se preocupa y con razón. Será él quien deba poner la cara si todo sale mal. En cambio Angelici, el apostador, desea que Defensores de Macri disfrute su momento. Surge, así, un apasionante superclásico presocrático: ¿Lo jugamos y dejamos que todo fluya, como diría Heráclito, o al grito de “¡Lo que es es, y lo que no es no es!”, vamos con la barra de Parménides y lo suspendemos? Mmm…
Una sola cosa es cierta. Si este partido no se puede jugar, entonces no se puede jugar ninguno más.
Porque a mitad de año, descenderá otro equipo y sus hinchas volverán a romper todo, como pasó en el Monumental. No necesito ser mago para saberlo. Habrá amenazas, corridas, gases, piedrazos, gente armada. Lo de siempre. Y River ascenderá; habrá otro partido y Juanito, el del Juego de la Oca, ¡ops!, volverá al punto de partida.
Otra vez los debates sobre la violencia en el fútbol. Gente que pide justicia, acusa, propone soluciones, discute el rol del Estado, critica el negocio, a los barras y a los poderosos que los protegen. En fin. Todo durará hasta que la pelota vuelva a rodar y la historia, circular, nos sorprenderá en el mismo punto un año más tarde. Ya me tienen podrido. Ya lo dijo Einstein, en su frase más citada: “Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y no estoy tan seguro de la primera”.
A ver. ¿Cómo llegamos a este increíble estado de cosas? ¿Qué nos pasó? Bien. Seré breve, compatriotas.
En menos de tres décadas este país vivió: a) Una feroz guerra interna de un Estado contra sus ciudadanos. b) Una guerra externa contra la OTAN. c) Una hiperinflación donde la moneda perdió su valor. d) Diez años de capitalismo salvaje, desguase y falsa convertibilidad que multiplicó renta y marginalidad de manera geométrica. e) Un default festejado con papelitos en el Congreso. Uf… Cuesta abajo, cantaba Gardel.
Pensemos en todo eso antes de sacar conclusiones apresuradas. Hay mucha plata en juego y demasiado tarado vocacional. Pero también una masa de marginales que sobrevive jugándose lo que menos valor tiene, para ellos mismos, y para la sociedad que supo excluirlos: su vida. Son los hijos de los noventa. Sin nada para perder, si te la pueden dar, te la dan. Por 50 pesos, por un partido o porque sí.
Así fue que quedó instalado: “El que pierde no existe”. Pero no siempre ha sido así. Permítanme probarlo con un recuerdo infantil: el aplauso cerrado que escuché en Racing mientras el Independiente de Bochini y Bertoni salía del túnel con las tres copas ganadas en 1973: la Intercontinental, la Libertadores y la Interamericana. Tragué saliva, los maldije por dentro, pero también lo hice imitando a los hinchas más grandes. Por respeto y porque no quería ser menos que ellos. Cuando Racing ganó su Copa en 1967, los jugadores de Independiente recibieron a sus colegas formando un pasillo de honor, aplaudiéndolos. Increíble, pero real.
Ganar es bárbaro, pero no es lo único, muchachos. Desmiento ese dogma que afirma: “El campeón siempre es el mejor”. Minga. Y ya que estoy, aprovecho para decir que tampoco creo eso de que “los pueblos nunca se equivocan”. Pues sí que lo hacen. Remember…
La Holanda de Cruyff y la Hungría de Puskás fueron los mejores y no salieron campeones mundiales. ¿Y? ¿Los expulsa eso de la historia? De ninguna manera. Pensar algo así sería… no saber pensar. Percibir sólo lo obvio, el trazo grueso; encandilarse con la luz, como las liebres y otros animales de escaso vuelo. A ver, ¿qué han sido tipos como Ruckauf, Víctor Martínez, Cobos o Solano Lima? Vicepresidentes. Es decir, todo lo que quería ser Eva Perón y no pudo. Pero ellos sí y allí están, en el Olimpo de la historia y la estadística. Fahhh… Ganadores.
Desconfío de la certeza de los números, aunque esto me acerque a la ironía borgeana que definía la democracia como “un abuso de la estadística”. Mmm… En todo caso prefiero ese abuso a otros, brutales, que ya hemos padecido. Nada es tan sencillo, colegas. En cuestiones humanas; sean deportivas, románticas, sociales o políticas, dos más dos no siempre suman cuatro. Por suerte, ¿no?
¿Boca o River? Cualquiera, con tal que no ganen los imbéciles de siempre. Intuyo que jugarán con cierta prudencia… y empatarán. No estaría tan mal. Así todos podrán seguir con sus vidas; tan aliviados, conformes, felices, y con los cheques al día.
Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil