viernes 12 de junio del 2026

El hit del verano

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“El odio del contrario es amor del semejante; y el amor de éste es odio de aquél. Así, pues, en sustancia, una cosa misma es odio y amor.” De “De la causa, principio, et Uno”. Giordano Bruno (1548-1600)

Lindo el show del superclásico. Emotivo, lleno de color, bien organizado. Salió bárbaro. Podrían hacer más, como Waters.

O salir de gira por las provincias, como las que organizaba el Negro Paletta con su cuñado y colega, tragabollos como él. Lo conocí en la primera nota importante que hice para la vieja Siete Días, la de Civita. La idea –tan melancólica como la revista que competía con Gente, “la Radiolandia del Barrio Norte”, según la implacable mirada de los años setenta–, era contar la vida de los boxeadores loser, los que tenían más derrotas que victorias en el récord y eran carne de cañón para los que surgían. Paletta era uno de ellos. En esa charla me contó la historia de las giras por la Patagonia. Una genialidad. El Negro y su cuñado tenían un colectivo que les servía como casa rodante y allí viajaban con las dos familias, ida y vuelta, desde Buenos Aires hasta Río Gallegos, si se podía. Paraban en cada pueblo donde podían armar el ring y allí nomás hacían una peleíta a diez rounds, aunque nunca pasaban del cuarto o quinto, depende del aire que les quedara. Caía uno, caía el otro y si se cortaban, mucho mejor. Cuando no daban más, alguien ganaba por nocaut. Salían peleones, claro, y enseguida arreglaban una revancha para la vuelta. La gente deliraba, pedía más y ellos se lo daban. Llenaban. De lo recaudado iban miti y miti, menos los gastos. Paletta era un perdedor, sí, pero sabía cómo rebuscársela. Un fenómeno, el Negro.

Como Capitanich, que abrochó cada detalle de su Superclásico chaqueño a la perfección. Por suerte era imposible que la violencia arruinara el evento. Lo supimos gracias a una prima suya, Marina Capitanich –la familia del Coqui siempre nos da tema, hay que agradecerlo–, que tranquilizó al país cuando avisó: “Los chicos vienen a alentar, sin ánimos de enfrentarse entre ellos”.

“Chicos”, llamó a los barras, estos khmer rouge con lobotomía; apretadores profesionales que se matan con sus rivales y entre ellos mismos, por un mango, o quizá dos.

Que bueno. Los “chicos”, de pronto, entraron en razones y viajaron sólo a alentar, pacíficamente. ¡Milagro! Enorme poder persuasivo del gobernador. ¿Cómo habrá amansado a semejantes bestias? Mmm… ¿Acaso temían un ataque furioso de Sandra Mendoza, esposa de Capitanich, lo que no es poca cosa? ¿Hicieron un retiro espiritual, como aquel de Menem con Beliz? ¿O sólo fue culpa, santo Sigmund?

No lo sé. Por alguna misteriosa razón, el tan temido primer choque entre el Boca campeón y el River de la B resultó un encantador viaje de egresados. Asistió una multitud. El 10 por ciento, policías. Unos 2.500, más o menos. Si los juntaban, llenaban una tribuna. Mar azul.

Hoy hay fiesta otra vez, en Mendoza, que no Sandra, por Dios. Intuyo que será otro éxito, con hinchas civilizados como suizos. ¿Cómo lo sé? Olfato de periodista, digamos. Porque información confirmada de algún acuerdo previo, no hay. Salvo un encuentro “casual” entre Francesco Schettino, ministro de Seguridad provincial, y Rafa Di Zeo, ex líder de la pyme conocida como La 12.

(…)

No, no. Perdón. Hay un error. Francesco Schettino es el capitán del crucero Costa Concordia, el que dijo, sin ponerse colorado: “Nunca abandoné el barco, solo que en medio de la confusión por el naufragio, alguien me empujó mientras trataba de rescatar a unos pasajeros, me resbalé y caí en un bote salvavidas”. El funcionario mendocino se llama Carlos Aranda y negó haber tenido ningún tipo de contacto con Di Zeo en la estación de servicio de España y Colón, donde coincidieron en la mañana del martes pasado.

“Fue un encuentro casual –explicó–, yo no lo conocía, era la primera vez que lo veía en mi vida y no hablamos sobre nada. Justo pasaba por ahí, vi mucha gente y bajé a ver si todo estaba bien”. Ah, perfecto. Todo aclarado. Pido disculpas por la confusión. A veces a uno se le mezclan los temas, los personajes, las declaraciones… Que nadie piense mal.

¡Uy, cierto que hay un partido! En Chaco todo fue tan profesional… Una pena lo de algunos jugadores de River, que llegaron tapándose la nariz, en medio de tanto gaste bostero. “Es parte del folclore, no quisimos provocar; lo hicimos para divertirnos un poco”, dijo Vega, inocente como Bambi. Menos candoroso se lo vio al Chori Domínguez en la cancha, pobre. Durante los primeros cinco pensé que Boca se comía cinco. Wrong. Gol de Blandi y chau. Patadas, expulsión, histeria. Vuelo bajo. Uf… No debí ver, unas horas antes, el Barcelona-Madrid. Eso me mató. Me pasa también con el boxeo. Uno compara y… parece otro deporte, ¿no?

Y bueh. Es lo que hay. Boca, sólido, criterioso, infalible, opaco. River desesperado; más ansioso que veloz, queriendo demostrar lo obvio: que no es un equipo de Segunda. No están tan lejos de Boca, así como el Madrid tampoco del Barça, su peor pesadilla. Es la cabeza lo que falla. El peso de la historia, la increíble coyuntura: uno campeón, el otro descendido. Too much. Conozco bien lo que se siente. Soy de Racing.

River tiene jugadores para ascender y aún para pelear el Clausura, si lo jugara. Boca podría armar dos buenos equipos y además sumó al Pelado Silva, un tipo con el estilo ideal para triunfar con esa camiseta. Veremos cuánto le pesa el género.

Si fuese el guionista de este reality futbolero, hoy haría ganar a River, así definen por penales y el perdedor no se va tan humillado. Uno y uno es mejor para el negocio, dirían el Negro Paletta y su cuñado, así hacemos muchas más y repartimos los porotos. ¡Esssa…!

Y si no, que gane el mejor, compatriotas; como se dice siempre y sólo a veces ocurre.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil

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