“En búsqueda de olas visité muchos lugares hermosos, pero me di cuenta que al paraíso ya lo conocía y estaba en Mar del Plata. Por eso un día volví para quedarme, para disfrutarla, para amarla y para seguir mi vida en mi ciudad. Hace varias décadas que comencé a coleccionar tablas y objetos de surf y haber hallado esta casa fue encontrar el mejor hogar para la colección. Así que acá estamos, haciendo realidad este sueño”.
Fernando Aguerre está feliz y se le nota. Abraza a su novia Vicky, la arquitecta que dirigió la restauración del chalet patrimonial, y sonríen, juntos, disfrutando el momento durante la fiesta de inauguración del lugar que tuvo 200 invitados. En su mano tiene un cuadro que le faltó colgar y pide ayuda para encontrarle un lugar. Lo pone y pregunta: “¿Queda bien acá?”. Cuando recibe el okay, el padre del surf olímpico sigue contando la historia detrás de este sueño.
Preservar esta residencia, frente a Playa Grande, era una ilusión que “casi abandonamos en su momento. Hace años habíamos comprado otra casa, en Avenida Colón, pero en esa época yo no vivía en el país y la terminamos vendiendo en la pandemia, así que el proyecto del museo quedó trunco... Pero luego volvimos a mirar esta propiedad que estuvo en venta por nueve años y a comienzos de 2025 nos convencimos de que era la indicada”, cuenta mientras da precisiones sobre algunos de los objetos exhibidos en este museo de 950 metros cuadrados distribuidos en cuatro pisos repletos de historia.
Más de 20 años le llevó a Fernando lograr que el COI admitiera el surf como deporte olímpico, algo que nadie creía posible. Construir un museo de su deporte en Mar del Plata lucía como otra utopía —y más aún hacerlo en una emblemática casa frente al mar—. “Por suerte la residencia siempre siguió en la misma familia y aún era de los nietos de la dueña original (María Luisa Wollmann de Soulignac la construyó en 1942) cuando quisimos comprarla. A ellos les interesaba saber el destino posterior a la venta y la idea del museo les encantó. Y a nosotros nos interesaba no sólo la casa sino lo que hay adentro, su historia. La venta fue con todos los muebles incluidos y siempre la idea fue adaptar el nuevo destino a la casa, a cada lugar, siempre con la guía de Vicky, que ama lo patrimonial. El plan era que siguiera siendo lo que fue: una casa de playa, para potenciar lo que es nuestra cultura de playa. Siento que la Capital Nacional del Surf merecía un lugar así”, explica Aguerre.
Ubicado en la esquina de calle Roca y la costa, el espacio tiene como distintivo la gratuidad y el estar abierto al público. “Es lo más lindo que decidimos: que cualquiera pueda venir. La gente puede entrar a tomar un café, a comer algo rico y saludable, a conocer una casa histórica que siempre vio desde afuera, a leer un libro o simplemente a contemplar el mar. Acá no es necesario comprar algo”, comenta quien es presidente de la International Surfing Association desde 1994. El Ala Moana Surf Chalet termina siendo un lindo paseo ubicado en un lugar muy icónico de la ciudad, al lado del Parque San Martín y frente al mar.
Fernando siempre tuvo una idea clara: “Queríamos un museo dinámico, donde la colección invada y se mezcle y coexista con el café y el shop. Buscamos que la gente llegue para llevarse una experiencia, que vea la historia, que disfrute de otras cosas”. Es un lugar especial que propone un deslumbrante e informal recorrido por la historia del surf argentino e internacional. Cada rincón muestra la evolución de las tablas —desde las primeras de madera hasta las avanzadas de fibra de carbono de hoy—, de la indumentaria y los trajes de baño de los últimos 120 años.
“¿Contaste 144 tablas? Nos gustaría llegar a tener cerca de 250. Hace 50 años que colecciono objetos para usar en las olas, principalmente tablas. En mi casa de California también tenemos un museo y ya empezamos a trasladarlo acá”, informa. La colección incluye tablas de principios del siglo XX provenientes de Hawái —hasta una réplica de la de Duke Kahanamoku, considerado el padre del surf— y otras de campeones mundiales y olímpicos que le fueron donadas, además de varias emblemáticas de la historia del surf argentino.
La inauguración estuvo llena de abrazos y hang loose (el clásico saludo de los surfistas), con gratitud por la apertura del sitio. Hubo varias generaciones de surfistas y varios visitantes ilustres, como los hermanos Weimbaun, aquellos que hicieron historia con el programa MdQ Para Todos. Ellos son surfistas de pura cepa que no van a eventos, “salvo que sean muy especiales, como éste. Nos parece mágico esto de poder aunar un museo con una casa tan querida. Nuestra ciudad tiene mucha impronta y encontrar que se hagan cosas así, respetando esa identidad, son bienvenidas. Y más si vienen de alguien tan talentoso como Fernando. Aún recuerdo aquel primer Ala Moana en la galería Sao, donde yo iba a comprar mis primeras cosas de surf, en 1979. Y ahora estar acá, en otro lugar, evolucionado, 45 años después, es emocionante”, comenta Eugenio, el mayor de los dos, poniéndose serio, mientras su hermano Seba, para distender, tira el clásico gesto del brazo estirado y la mano cerrándose hacia la cámara que repetía en su programa.
Sonriente, Fernando se suma a la dupla y cierra: “La casa estará siempre abierta. Ahora a disfrutarla y a compartirla”.
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