Llegar con el plantel en buenas condiciones al Mundial parece ser un prerrequisito tranquilizador para muchos entrenadores. Sin duda la agenda apretada y las exigencias previas por la definición de copas, ligas y campeonatos supone un mayor desgaste para todos los jugadores involucrados. De allí que la posibilidad de lesiones sea el fantasma temido que acecha la integridad y capacidad competitiva de sus equipos.
Debemos tener en cuenta que las lesiones no sólo son producto de un mayor desgaste y exposición física, sino que en muchísimas ocasiones son predispuestas o facilitadas por condiciones emocionales. Lo anímico repercute en el cerebro, y a través de esta vía en los sistemas periféricos que regulan entre otras cosas el tono muscular.
Existe un tono óptimo para el desempeño deportivo, balance entre los mecanismos de activación e inhibición regulados por el sistema nervioso autónomo (periférico). Músculos demasiado contraídos, o demasiado flojos para lo que se necesita en situaciones de competencia y fricción con los adversarios dispone a “malos movimientos” o pisadas, calambres, desgarros y fracturas.
Lo precitado evidencia cómo somos una unidad psicosomática. Que lo que ocurre mentalmente influye sobre lo corporal, y viceversa, cómo lo corporal influye sobre lo anímico.
Si bien los jugadores de nivel de selección nacional se supone poseen un fogueo que les permite afrontar exigencias sin tantos inconvenientes; un campeonato del mundo implica siempre un plus.
La ansiedad por ser confirmados como convocados para algunos, la presión por tener que demostrar y revalidar lauros para otros, el agobio y la necesidad de descanso físico y también psicológico para otros tantos van a repercutir sin dudarlo en el ánimo de los jugadores.
El miedo a lesionarse puede rondar la cabeza de varios de ellos, ya que es mucho lo que se juegan en lo personal y en lo deportivo al participar de la copa del mundo.
Si este temor es controlado y de magnitud moderada, no tendrá excesiva repercusión. Pero de ser intenso, puede transformarse en una preocupación importante que genere montos de ansiedad, y bajos rendimientos auspiciados por el temor. En ese caso puede repercutir corporalmente del modo antes expuesto.
A estos factores puramente deportivos debemos agregarles otros, personales de cada uno respecto de situaciones familiares (desde conflictos a problemas de salud de cónyugues, padres, hijos), ambientales, contratos, etc, que ciertamente ejercen su influencia.
Sería aconsejable poder trabajar psicológicamente de modo preventivo con quienes vayan a participar de este evento a los efectos de poder mejorar su potencial, evitando que se lastimen y queden marginados tempranamente.
(*) Ricardo Rubinstein es médico, psiquiatra y psicoanalista. Acaba de publicar el libro "Deportes al diván".