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06/08/2017

La guerra de las brochas

El clásico enfrentamiento entre las barras de Newell’s y Central se trasladó a las paredes de la ciudad. //CEDOC

El clásico enfrentamiento entre las barras de Newell’s y Central se trasladó a las paredes de la ciudad. La lucha por las pintadas marca la disputa por el territorio.

Acá es más importante ganar el clásico que salir campeón”, resume un hincha cualquiera en una calle cualquiera de la inestable y hermosa ciudad de Rosario. La imprudencia con la que se vive en cada esquina la rivalidad entre Newell’s y Central excede los maravillosos conceptos del Loco Bielsa y las mágicas historias del Negro Fontanarrosa. Hay palabras prohibidas, cumpleaños que terminaron a las trompadas, glorias desterradas por perder un clásico y jugadores que no pudieron volver a sus hogares luego de un descenso. Esa esquizofrénica pasión que separa familias y hasta prohíbe jugar un clásico de hockey con las dos hinchadas generó una fisura imposible de sanar. Lo que antes se padecía únicamente los días de partido hoy se sufre de manera silenciosa a lo largo del año. Los balazos son moneda corriente y la muerte no tarda en golpear la puerta de una ciudad futbolera que trasciende las acciones de un partido. Es por eso que la madrugada más calma puede desatar una batalla que no respeta fronteras y por lo general se traslada a los barrios más humildes.

“Antes, la guerra era por las banderas, ahora es por la pintura”, explica un hincha de Newell’s que regresa encapuchado tras haber prendido fuego un mural de Rosario Central con cuarenta cubiertas y treinta litros de nafta. Días atrás, un grupo de Arroyito había actuado de manera similar ante una obra de arte leprosa: “Este es un partido que se juega con cuadrillas en la calle todos los días. No se puede dar una noche de ventaja porque vienen los otros y tapan todo. Acá, el que afloja pierde”, argumenta un simpatizante canalla, mientras custodia armado una pintada del Che Guevara a pocos metros de un shopping.

La hinchada que gana la calle se adueña del territorio, con lo cual maneja la venta de droga en puntos estratégicos de la ciudad. La barra de Central gobierna una parte de zona norte como el Barrio 7 de Septiembre y Empalme Graneros, mientras que la hinchada leprosa conserva la zona sur y centro de la ciudad santafesina. Incluso Villa Diego, histórica trinchera de Villa Gobernador Gálvez y, a su vez cuna de Los Monos, la banda narco más importante del país. Allí, más de veinte barrios, entre ellos Las Flores, responden a referentes de la Gloriosa Banda del Rojinegro, como se hace llamar la barra de Newell’s, una de las más peligrosas del país. Algo similar ocurrió en Granadero Baigorria, importante ciudad del conurbano rosarino, que si bien en algún momento fue bastión auriazul, tras violentas batallas logró transformarse en un búnker rojinegro.

Esta misteriosa guerra cuenta con matices insólitos para el resto de las barras del fútbol argentino. Tanto es así, que el núcleo violento de la hinchada de Newell’s le exigió a la dirigencia un convenio con alguna pinturería a cambio de publicidad en la camiseta o estática en el Estadio Marcelo Bielsa. “Nosotros no queremos plata, pero necesitamos que nos bajen quinientos litros de pintura para seguir ganando la calle y poder demostrarles a los más chicos que somos los dueños de la ciudad y el más grande del interior”, reveló un integrante de Los Pibes Tienen que Pintar, como se conoce al grupo de artistas. “A veces se acaba la pintura y tenemos que hacer una mezcla con cal para salir a tapar los murales de ellos”, agrega otro miembro de la agrupación.

El caso de Central es más curioso aún, al punto tal de no necesitar proveedores. De hecho, la propia CD canalla hace algunos años le ha obsequiado a Los Guerreros, el núcleo violento, dos máquinas de hacer pintura: “Los comercios de la ciudad muchas veces se quedan sin stock, por eso ahora la fabricamos nosotros”, anunció un ladero de Julio César Navarro, alias Cara de Goma, uno de los ex líderes de la institución de Arroyito, asesinado el año pasado en un hecho confuso. Como si eso fuera poco, en el estacionamiento del club de Avellaneda y Génova habitualmente descansa una camioneta Trafic blanca, sin patente, que por las noches recluta soldados por los barrios con el único objetivo de salir a pintar.

Carlos Cardozo, concejal por Cambiemos, en diálogo con PERFIL, mostró su indignación en referencia a esta novedosa contienda: “No hay voluntad política por parte de las autoridades de la Municipalidad de Rosario para tratar de frenar el vandalismo que se genera por las pintadas de las hinchadas. No se puede permitir que el mobiliario público, paredes de edificios públicos, propiedades privadas, canteros centrales de avenidas y cordones de la calle sean permanentemente intervenidos de manera descontrolada. El municipio y los clubes deben firmar un compromiso para revertir esta mala costumbre, que excede los términos de folclore”, argumentó.

Por su parte, Diego Maio, director de Coordinación de Seguridad en Competencias Deportivas y Espectáculos Masivos de Santa Fe, mantiene reuniones semanales con dirigentes de ambos clubes para intentar solucionar esta problemática: “Hemos logrado disminuir la cantidad de pintadas, pero sabemos que todavía hay mucho por hacer. De hecho, desde la municipalidad, en conjunto con el Ministerio de Seguridad, Justicia y Desarrollo Social, estamos llevando a cabo un programa llamado Juventudes Incluidas, en el que los chicos en situación de vulnerabilidad social realizan diferentes talleres, entre ellos pintura callejera”.

Mónica Fein, intendenta de Rosario, también hizo hincapié en el tema: “No se puede pintar media ciudad sin que los clubes sepan. Nosotros queremos recuperar la ciudad, trabajar en la convivencia y vivir un clásico normal porque creemos que son las minorías violentas las que impiden que el fútbol sea realmente un deporte”.

Lo cierto es que, mientras los equipos realizan la pretemporada de cara al nuevo torneo, las hinchadas juegan su propio clásico, de noche y bien lejos de las tribunas. Galpones abandonados, postes de luz, cordones de las veredas, autopistas y hasta las propias viviendas se transforman en manifestaciones artísticas manchadas con sangre y cargadas de violencia. Leprosos y canallas se disputan el territorio, en una guerra silenciosa y abrumadora que no tiene arcos ni pelota.

Arte para encubrir

Esta semana se conocieron los proyectos ganadores del concurso “Puentes, arte público de acá hasta allá”, que lanzó la intendencia de Rosario para pintar diez puentes con intervenciones de artistas de la ciudad. De esta manera, las estructuras de cemento que los barras de Newell’s y Central se disputan en la guerra territorial de las brochas lucirán con coloridos diseños artísticos. En principio, un grupo de especialistas hizo una preselección de las propuestas presentadas, hasta que la decisión final estuvo en los votos de los cerca de 30 mil ciudadanos que eligieron uno de los dos diseños que había para cada puente.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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