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30/10/2016

Gente que piensa

Paula Pareto, Santiago Lange y Chapa Retegui pusieron a la Argentina en lo más alto del podio. //CEDOC

Las medallas argentinas en Río 2016 llegaron como consecuencia de una idea, de un plan de trabajo. Algo que al fútbol argentino le falta hace mucho.

En algún momento del segundo tiempo de la final olímpica entre Los Leones y Bélgica, Sergio Vigil, ese comentarista de lujo que me regaló Río 2016, se volcó sobre el borde de su silla y marcó cómo el equipo de Retegui decidía que el rival estuviese obligado a atacar por la izquierda, ese lado incómodo desde que el hockey es hockey.

Esa fue una de las muchísimas ideas que el seleccionado argentino de hockey sobre césped aportó a su plan maestro: hacer todo lo necesario para ganar su primera medalla olímpica. Que si eso no sucediese, fuese sólo por mérito del rival. Y que llegar a la dorada no fuese una circunstancia sino una consecuencia.

La Argentina atravesó distintos estadios durante su marcha triunfal. Debutó con un empate ante el favorito, Holanda, después de estar 3 a 1 abajo. Repitió el empate –esta vez 4 a 4 y doloroso– contra Alemania, otro favorito, luego de revertir otro 1-3 y dejar escapar el triunfo en la última jugada ante un rival sin arquero. Perdió ante la India, quizás en el peor partido. En cuartos soportó el trance más difícil cuando le ganó a España con un penal cuestionado hasta por conocedores argentinos de este juego y de su reglamento.

La principal virtud ante un derrotero sinuoso fue la de convertir en una idea cada instancia de aprendizaje.

Sobre todo de aquel 4 a 4 con los alemanes. Porque Alemania volvió a ser rival en las semifinales, y se le encajó una goleada de 5 a 2 que no fue sino hacerse cargo de la certeza de superioridad que se tuvo en el partido de la semana anterior, ese que no se logró definir.

Y porque la última jugada de la final, la del 4 a 2, la del gol de Agustín Mazzili, fue la demostración de haber comprendido cómo había que actuar ante un rival, nuevamente, sin arquero. La foto final fue esa maravilla de Mazzili y Manuel Brunet sentados juntos dentro del arco. Pero el concepto profundo fue comprender cómo se debía jugar ese momento ante las urgencias de ese rival. Fue la última jugada del último escollo camino a la mayor alegría que jamás podía imaginar ese grupo de hombres. Fue en la circunstancia de mayor presión. Fue entender el juego cuando se está a segundos de la gloria absoluta.

Los Leones cerraron su campaña dejando en claro que, por encima del talento, el esfuerzo, el compromiso o la garra, no hay nada que supere a la idea.

Cuando días antes del comienzo del torneo olímpico de tenis se supo que a Juan Martín del Potro le tocaría debutar contra Novak Djokovic, no hubo mala palabra que no dijéramos los argentinos, expectantes por ver la vuelta del tandilense a un torneo de semejante relevancia. Que sea, al menos, un partido decoroso, pensamos muchos.

Del Potro había perdido 10 de las 14 veces que se habían enfrentado. Y 7 de las últimas 8, después de los Juegos de Londres. Pero Djokovic no podía saber con qué Del Potro iba a encontrarse.

El tandilense, que semanas antes de los Juegos, en la Copa Davis, jugada en Pesaro, no daba la sensación de estar para jugar singles en gran nivel de continuidad, diseñó una idea: por lo pronto, no salir a ver qué pasaba.

Esa noche, en Río, Del Potro asumió que, si se trataba de trascender y no de transcurrir, debía arriesgar al máximo; al fin y al cabo, ¿por qué no honrar la idea de que se trata de un jugador “sin ranking”, de esos cuyo lugar en la clasificación es casi una curiosidad y no se vincula ni con sus recursos ni con su jerarquía?

Ante el enorme número uno de estos años, el tandilense se regaló un triunfo fundacional. Y no fue a partir de un rato de inspiración, sino de una idea. Casi podría decirse que, para ganarle al mejor de todos, lo primero que hizo fue asumir sus debilidades. A partir de ello, decidió que, para compensar, debía aferrarse a sus virtudes hasta un nivel de exigencia que muchos considerarían un absurdo.

Que Del Potro esa noche le haya pegado a la derecha más fuerte y más veces que durante toda su carrera no fue un rapto de inspiración. Fue parte de una idea.

Santiago Lange es uno de los más grandes olímpicos de nuestra historia. Y el navegante deportivo más trascendente de estas tierras. Su sueño dorado comenzó en Seúl hace casi treinta años. Hasta 2004, cuando la vida le cruzó a Carlos Espínola como compañero de embarcación, tuvo varias frustraciones y hasta alguna ausencia. Después de dos medallas ganadas en Atenas y en Beijing, en Londres ni siquiera estuvo.

Santiago podría haber cerrado una historia enorme. El programa olímpico eliminó de los Juegos de 2012 la clase en la que había logrado esos dos podios. Y Espínola había comenzado ya una poco ponderable carrera política.

Sin embargo, para Lange, navegar, competir y ser olímpico representa la vida misma. Esa vida que le volvió a cruzar asuntos poderosos. Una nueva esperanza deportiva llamada Nacra 17, la primera categoría mixta del yachting olímpico. Una compañera poderosa, Cecilia Carranza Saroli. Y un cáncer que, lejos de vencerlo, lo potenció, lo revitalizó, le puso una sonrisa constante a su conmovedora capacidad para conmoverse.

Para diciembre de 2012, luego de dos Juegos Olímpicos, Cecilia Carranza Saroli sentía que su historia en la clase láser estaba encajonada. Pese a que cierta dirigencia le advirtió que, de cambiar de clase, perdería su beca –supongo que eso, finalmente, no sucedió–, Cecilia tenía la certeza de que, pasándose a la nueva clase mixta, podía trascender. Arriesgar lo que ya tenía para conseguir algo superior.

A su enorme convicción, a su entrañable condición humana, la vida le cruzó a Santiago Lange.

Más allá de las posibilidades de financiamiento, Lange y Carranza decidieron instalarse en Río casi ocho meses antes de los Juegos con un solo objetivo: descifrar los misterios de la Bahía de Guanabara.

No se gana una medalla sólo por eso. O por sumar al equipo ese profesor de yoga que le permitió a Cecilia estar permanentemente en zona. Mucho menos, una dorada. Pero Cecilia y Santiago elaboraron una idea. Y eso acercó su talento y su empeño al podio soñado.

Paula Pareto llegó a Río de Janeiro varios días antes de su gran día. Vivió todo lo que pudo fuera de la Villa Olímpica, acompañada por un grupo de afectos bien específico y entrenándose fuera de los lugares oficialmente dispuestos para la ocasión.

A 48 horas de la competencia –en judo, cada categoría comienza y termina el mismo día–, Peque se fue a entrenar casi en secreto al mismo club carioca de las últimas jornadas. Fue casi en secreto porque los medios televisivos que cubrieron los Juegos fueron avisados del asunto. Les pidieron expresamente que no filmaran, pero las dos cadenas internacionales no cumplieron con el pedido y mostraron el trabajo de Paula. Para colmo, en vivo.

Pareto practicó algunas técnicas que no suele utilizar. Un factor sorpresa para rivales que la estudian como a nadie. La idea dorada de Pareto fue, entre tantas cosas preexistentes, sorprender incorporando a su repertorio recursos ajenos a su historia. Ningún éxito se sustenta sólo en el factor sorpresa. Pero también eso ayuda al éxito.

Todo formó parte de una idea.

Ideas en el hockey. Ideas en el tenis. Ideas en el yachting. Ideas en el judo.

Gente que piensa, que se compromete, que se mueve en grupo, de modo solidario. Gente que comprende que nada se consigue solo. Que para ganar se necesita un equipo de su lado tanto como otro enfrente, ese rival sin el cual no serían nada y ganar sería menos que un eufemismo.

Quienes forman parte del deforme fútbol argentino deberían aprender de estos ejemplos. Preguntar. Escuchar. Mirar con lupa. Dirigentes, entrenadores, jugadores, hasta hinchas.

Incluso, o especialmente, los de buena voluntad. Los que aún tienen la posibilidad de ser sabios.

Porque lo que se ve a diario no apunta más que a potenciar el cuentapropismo, el desorden o la indecencia.

La podredumbre.

Pero, sobre todo, la falta de ideas.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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