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25/01/2019

Independiente festeja el cumpleaños de Bochini

Ricardo Bochini cumple 65 años. El mundo de Independiente lo celebra.

Los hinchas del Rojo tienen dos grandes motivos para celebrar cada 25 de enero. La hazaña en Córdoba y el natalicio del mítico ídolo. El recuerdo.

Cada 25 de enero es especial para los hinchas de Independiente, que tienen doble festejo. Uno es por aquel inolvidable campeonato Nacional del ’77 en el cual, con tres hombres menos, empataron con Talleres, en Córdoba, y lograron el título. El segundo es que el mismo día se celebra el cumpleaños número 65 de un ídolo mítico en el mundo rojo: Ricardo Enrique Bochini.

A continuación, repasamos un fragmento del libro «El partido Rojo», en el cual se retrata con detalles aquella final en Córdoba. Las siguientes líneas son dedicadas a Bochini y aquel golazo inolvidable.

La mayor hazaña de la historia del fútbol argentino tiene un comienzo exacto: a las 22.47 del 25 de enero de 1978. En ese momento el partido se reanuda después de haber estado parado diez minutos por las tres expulsiones y los reclamos. La primera intervención de Ricardo Bochini es una patada. Un patadón, en realidad. No es un toquecito para desacomodar al rival, como esos que él recibe en cada partido. Es una patada como jamás pegó en sus 19 años como jugador. Una patada a lo Hacha Brava. La víctima es Victorio Ocaño, que no tiene mejor idea que pasar cerca en un momento de extrema calentura. Entonces el Bocha, nublado, desencajado, le pega de atrás, sin la más mínima intención de tocar la pelota. Ocaño lanza un grito, se revuelca y queda tirado en el césped. Algunos jugadores de Talleres se atreven a pedir que expulse a Bochini, pero Roberto Barreiro solo cobra la infracción. No le muestra la roja, no hace falta, el trabajo sucio ya está hecho y otra expulsión, además, sería más escandalosa aún. Es el peor error del árbitro: lo da otra oportunidad. Y esa oportunidad llega ocho minutos después.

La jugada arranca en el área de Independiente. Ricardo Cherini encara con la pelota al pie, tiene dos o tres compañeros para darles el pase y que definan, pero intenta gambetear a Pagnanini, el defensor se la saca, avanza unos metros y se le ocurre dar un pase al medio, pero Galván y Larrosa no están, no hay ninguna camiseta roja para recibir, el mediocampo está despoblado, entonces hace una gambeta larga y se va por la raya, llega a la línea central y ahí se la da cortita al que se la tiene que dar. Bochini encara, como siempre. Faltan compañeros para tirar paredes, pero encara; hay un árbitro que juega para ellos, pero encara; hay una cancha que ya festeja, pero encara. Y cuando el Bocha encara puede pasar cualquier cosa. Los jugadores de Independiente lo saben; los de Talleres, también.

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La primera pared es con Bertoni, como en el Olímpico de Roma en la final de la Intercontinental de 1973, como en Avellaneda de manera casi rutinaria, como cada vez que se juntan en una cancha. Bertoni se la devuelve. Dos jugadores de Talleres quedan fuera de carrera. Sigue el Bocha por el medio. Bertoni lo acompaña a la izquierda, Biondi unos metros a la derecha. El Beto Outes, que había dejado la defensa, se suma al trío. Bochini amaga un pase a Biondi pero sigue con la pelota, otro jugador de Talleres queda en el camino, ya está cerca de la medialuna, entonces sí, se la pasa a Biondi, Guibaudo intuye lo peor y sale disparado del arco para achicar espacios, Biondi lo ve venir y engancha para adentro, el arquero sigue de largo y choca con un compañero, la pelota a Biondi se le va larga y le cae justo a Bochini. El instante es magnífico: el Bocha sabe que no hay arquero, que un defensor viene a la carrera para cubrir el arco, que no tiene tiempo para pararla, que es una pena que le haya quedado para la zurda, que ya no es necesario seguir tirando paredes, que es el momento de definir, que el destino le dio el lugar de héroe. Entonces lo hace: se acomoda y con la zurda la acaricia con precisión bochinesca, alto para que el defensor no llegue a cubrir el remate, pero no tan alto para que no termine estrellada contra el alambrado. La pelota entra cerca del travesaño y queda mansita allá en el fondo de la red. La obra maestra del Maestro está consumada. No hay tres jugadores más, no hay árbitro, no hay palco lleno de milicos. Este gol derrumbó todo. El Bocha ahora es el Che Guevara en Sierra Maestra, es San Martín al pie de los Andes, es un caudillo que lidera un ejército diezmado y lo lleva hasta a la victoria.

El héroe festeja su gol con una corrida demencial. Está desencajado, con los músculos tensos, y corre. Esquiva jugadores de Talleres inmóviles y se abraza y choca con los compañeros, que también corren. Correr y gritar es la única manera de desahogarse. Correr hasta quedarse sin energías, gritar hasta quedarse sin voz. La carrera del Bocha termina en la mitad de la cancha, en los brazos de Pastoriza, que saltó del banco, se metió en la cancha y, como todos, corrió y gritó.

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El Bocha siempre inventa jugadas. La sorpresa es su mejor arma. Hace lo que nadie espera, detecta lo que nadie ve, encuentra espacios donde no existen. A veces ni sus propios compañeros sospechan lo que propone. Su magia se sostiene en lo inesperado. Es algo que ocurre desde que debutó en junio de 1972 y que seguirá ocurriendo hasta su último partido, en mayo de 1991. Pero lo que hizo esta noche supera todo. Es mucho más que una jugada imprevisible o sorpresiva. Este gol no estaba en los planes de ningún rival, de ningún compañero, de ningún hincha de Talleres ni de Independiente, de ningún árbitro, ningún dirigente ni ningún milico. De los 97 goles que convirtió en su carrera, éste es su Gioconda, su Adiós Nonino, su Citizen Kane. El Bocha acaba de entrar a la historia. Así, con un toque suave, de zurda.

(*) Autor del libro «El partido Rojo».

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